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Sociedad

TROTAMUNDOS | Camino de Santiago
4ª ETAPA | PORTOMARÍN-PALAS DE REI

Proliferan los ladrones de albergues. La Xunta ha contratado vigilantes por las noches. A un peregrino alemán de 77 años le ha desaparecido una cámara digital cargada de fotos

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Una apetecible sombra junto a un tradicional cruceiro congrega en Lameiros a un grupo de peregrinos, que aprovechan la parada para tomar un tentempié: tomate fresco, bocata de queso, agua... Max, el jubilado alemán que conocimos en la segunda etapa, se nos acerca. «Tengo una historia para ustedes», nos anuncia. Al hombre le robaron anoche la cámara de fotos digital en el albergue privado de Ferramesteiro, en Portomarín. La tenía en la mochila y ha volado. Está disgustado, no por la cámara, que «no vale nada», sino porque ha perdido todas las fotos que había ido haciendo por el camino, entre ellas una con nosotros. A primera hora de la mañana corrió indignado a poner una denuncia al cuartel de la Guardia Civil. Allí se enteró de que también anoche le quitaron dinero a una pareja de austríacos en el mismo lugar. Nos pide que lo contemos en el periódico.
Nuestros amigos de Benidorm, Jesús y Mari Tere, nos anunciarán después que una patrulla de la Guardia Civil estuvo indagando al respecto. Les paró en mitad del camino y les preguntó dónde se habían alojado y la hora a la que habían salido. Buscaban a alguien, tal vez al ladrón del albergue. Proliferan, y por eso la Xunta de Galicia ha contratado a vigilantes de una empresa de seguridad que, sin armas, custodian los refugios por la noche.
En Portos saciamos por fin nuestra curiosidad. Desde hace varios días nos encontramos en medio del camino todas las mañanas con una mujer que camina en sentido contrario. «¡Hola!», le saludamos cada vez y nos preguntamos por qué diablos irá a la contra. De repente, en mitad del camino la vemos sentada en un banco con un hombre que resulta ser su marido.
Están comiendo jamón serrano entre pan y pan que parten con una navaja 'Lagiole' modelo clásico. Beben vino de una botella de burdeos recién descorchada. Leroyer y Danielle, que viven en Biarritz, nos desvelan su fórmula. Mientras uno lleva el coche hasta el final de la etapa, el otro recorre el camino a pie. Cada día se alternan los papeles. El que ha dejado el vehículo hace el recorrido a la inversa hasta encontrarse con el otro en mitad de la etapa, en este caso en Portos. Así pueden cubrir juntos la segunda mitad. Eso les permite no tener que ir cada día a buscar el automóvil. «Caminar al revés es muy difícil -se queja Danielle- porque no hay flechas. Cuando llegas a un cruce, ¿a dónde vas? Tienes que esperar a ver si se acerca por alguno de ellos algún peregrino para comprobar cuál es el camino correcto. Nos hemos perdido ya varias veces». El año pasado la pareja completó el tramo Roncesvalles-León, y esta vez el León-Santiago, a donde llegarán en tres días. Allí les esperan unos amigos.
Danielle, que tiene unos preciosos ojos verdes que resalta con una sombra del mismo color, lleva un podómetro adosado al cinturón. El medidor de pasos marca que hoy ha andado 16,68 kilómetros. Leroyer acumula ya tres caminos, dos a pie y uno en bici. No sabe cuál de los dos es peor. «La bici es más rápida, pero en las subidas...», gesticula.
Al salir de Portomarín a primera hora nos encontramos una escena auténtica. Un ciclista se ha echado a dormir en un banco de piedra en un parque. Se cubre con un saco verde caqui y ha dejado sus alpargatas en la hierba y la mountain-bike apoyada en un árbol. Sobresale de la alforja un paquete de galletas abierto que probablemente le sirvió de cena. Las 900 camas que ofrece el pueblo, más del doble de los 400 habitantes, se han quedado cortas.
Mirlo y croar de ranas
También coincidimos con Natalia y su hermana, dos de nuestras amigas de Benidorm a las que conocimos el primer día en el alto do Poio bajo un intenso aguacero. Natalia padece una tendinitis de rodilla y su hermana una inflamación de tobillo que les impiden caminar. Han decidido hacer la etapa en coche, descansar e ir al médico para recuperarse y poder entrar en Santiago a pie. Se sienten derrotadas, pero enseguida les subirá el ánimo. No son las primeras bajas. James, uno de los dos amigos suecos de Laura, la dueña de la perrita 'Bruxa', también cubre las etapas en autobús.
En el camino se escucha el trinar de un mirlo y el croar de un puñado de ranas junto a una charca. Los rayos de sol se cuelan entre las tupidas copas en un robledal. Son las ocho de la mañana y el día despunta. Va a ser caluroso. Estamos teniendo mucha suerte con el tiempo. Sólo lloviznó el primer día, algo insólito en Galicia; los demás ha salido el sol sin agobiar con una temperatura agradable y una brisa que alivia. La temperatura irá 'in crescendo' hasta que, entrado el verano, abrase a los peregrinos sobre el asfalto, especialmente en la ancha Castilla.
A las diez y media de la mañana, la visión del cartel de un bar llamado el Descanso del Peregrino, en Golzar, nos obliga a parar. Aquí alcanzamos a la otra mitad del grupo de Benidorm. Están sentados en la terraza. Jesús masajea las piernas con Trombocid a su mujer. El camino desestresa. Quien se embarca en él se preocupa en primer lugar de cosas tan aparentemente banales como el dolor de piernas o dónde va a comer. Se altera la escala de valores y lo que antes martirizaba pasa a un segundo plano.
-«Se me ha remontado un gemelo y me duele», se queja Mari Tere. «Ya vale, cielo, que me están saliendo pelotillas del polvo del camino de tanto frotar», le agradece con sorna a su marido.
Los dos matrimonios se conocieron hace 30 años en unas vacaciones en Gandía, y han mantenido la amistad hasta hoy. Jesús y Mari Tere nos cuentan que se hicieron novios en Laredo y que cada vez que visitan la localidad cántabra les trae muy buenos recuerdos. Forman una pareja envidiable. Viven en Madrid, aunque tienen un piso en Benidorm al que se acercan cada quince días en busca del sol, gracias a que él acaba de prejubilarse. Pero sus hijos y, sobre todo, sus dos «nietecillos» les tiran. Mari Tere cuenta entre risas que le ha dicho a su hija por teléfono lo mucho que la echa de menos. «Pero mamá, si te acabas de ir», le contestó ella. El camino propicia largas conversaciones. En poco tiempo se pueden llegar a saber muchas cosas del interlocutor. La pareja ya piensa en volver a completar la ruta francesa entera, «con una mochila y dos mudas de quita y pon».
Atravesamos aldeas habitadas en las que es fácil no ver a nadie. Huele a hierba fermentada y a abono. Olor a pueblo. Los perros están atados, pero sus ladridos asustan.
67 picaduras de chinche
Los granos que nos salieron con las picaduras de chinches se avivan con el sol. La farmacéutica de Portomarín, donde entramos a comprar pomada, nos desveló que el año pasado hubo una plaga de chinches y pulgas en algún albergue del camino, sin revelar cuál, y que una peregrina llegó a contarse 67 picaduras en el cuerpo. La crema Neosayomol debe aplicarse cuatro veces al día para aliviar el picor. «¡Ah!, y no hay que rascarse», aconseja.
Nos adelantan los peregrinos más rápidos, entre ellos James, uno de los amigos suecos de Laura, la dueña de la perrita 'Bruxa'. Le explica a su acompañante que somos «the reporters from Bilbao». Algunos peregrinos ya nos identifican como los periodistas de Bilbao. James tuvo anoche fiesta, era el cumpleaños de Laura, y hoy se ha levantado con resaca. No ha arrancado hasta las nueve de la mañana, una hora tardía para un peregrino, pero lleva buena compañía. «También se pueden celebrar fiestas en el camino, ¿verdad?», se justifica.
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