Estuvo buena parte de la tarde desconectado. Comió con la familia, apagó el móvil y se echó la siesta. Como cada día, como siempre. «A mí estos no que quitan el sueño. No me lo han quitado nunca y menos ahora, con tantos años». Nada de aislamientos, miedos o precauciones. Ramón Rabanera se ausentó durante «horita y media» del mundo que le sitúa en el macrabo punto de mira de ETA por un «sueñecito», por echarse una siesta reparadora. «Qué te voy a decir. Uno ya está vacunado contra este tipo cosas», aseguró con una tranqulidad tan desconcertante como pasmosa. «Más que miedo, siento pena», lamentó.
Quizá por ello, antes de entrar a valorar su situación personal o su estado de ánimo, el que fuera durante ocho años diputado general de Álava y ahora senador del PP quiso ofrecer «todo su ánimo y cariño» tanto al juez de la Audiencia Nacional Fernando Grande Marlaska, como al concejal socialista de Eibar Benjamín Atutxa, también objetivos del desarticulado 'complejo Vizcaya'.
En un tono cercano y sereno, reflejo de su alabado don de gentes, explicó a EL CORREO que se enteró de la noticia durante la mañana del sábado. «Me llamó el propio ministro de Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, y me dijo que, según las informaciones recogidas tras la detención de los etarras, mi nombre había aparecido de forma reiterada». La noticia, «para qué engañarnos», no le pilló por sorpresa.
Empezó a olérselo cuando escuchó en las noticias «lo de Ezcaray», localidad riojana donde pretendían asesinar a Marlaska. «Tengo una casa allí. Yo no soy de los que se esconde. Por ello, me imagine que podrían haber recabado información sobre mí», apostilló.
En efecto. Rabanera volvía a ser objetivo prioritario de ETA, como lo fue en otras dos ocasiones anteriores. En una de ellas, en abril de 2000, la fortuna se alió con el ya diputado general de Álava (1999-2007) ya que el coche bomba colocado en en Vitoria por el comando 'Ituren' y que iba a explotar al paso del vehículo oficial donde viabaja no estalló por un fallo en el detonador.
«Me tienen ganas»
«La verdad es que estos me tienen unas ganas...», ironizaba. Ya en tono más serio y tras reconocer que este tipo de situaciones «llegan a cansar un poco», advirtió de que quien pretenda cambiar su forma de pensar o actuar con este tipo de actos, lo tiene bastante crudo: «Esto me empuja a esforzarme con más empeño en la defensa de mi libertad y en la de miles de personas», proclamó.
Tan asumida tiene la lacra terrorista que en pleno siglo XXI sufre el País Vasco, que el ahora senador del PP recuerda que cuando fue nombrado diputado general se fue con su esposa a hacer un testamento «porque no sabía lo que me podía pasar. Soy una persona bastante religiosa -añade- y cuando bajaba todos los días las escaleras de casa, rezaba porque no sabía si iba a volver por la noche». Así de simple y así de duro.
Para Rabanera, la receta para acabar con ETA pasa por «el aislamiento social de su entorno: de los de EHAK, ANV...». Por eso, lanzó un aviso a navegantes: «No basta con pedir la desaparición de ETA. Hay que aislarlos en el trabajo, en el bar... en todas partes», recalcó.
«Emocionado» por las muestras de cariño recibidas, reiteró que su vida «seguirá siendo la misma». Hoy, a eso de las cinco, no llamen a Ramón. Estará en la siesta. Como cada día, como siempre.