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IRÁN

El presidente islamista se prepara para la reelección en un clima adverso por lacrisis económica que azota al país persa

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«Hoy comienza una nueva era». Éstas fueron las primeras palabras de un entonces desconocido Mahmud Ahmadineyad que acababa de arrasar en la segunda ronda de unas elecciones presidenciales de las que esta semana se cumplen tres años. Su victoria final, aunque ensombrecida por las acusaciones de un fraude electoral de seis millones de votos en la primera vuelta, tuvo mucho mérito, ya que había logrado barrer en las urnas a Hashemi Rafsanyani, ex presidente y clérigo de gran peso en la vida política y económica. Ahmadineyad obtuvo 17,2 millones de votos (61,69%), por los 10 millones de su rival (un 35,92%), gracias a la movilización de sus antiguos compañeros paramilitares del Basij y de la Guardia Revolucionaria.
Licenciado en Ingeniería, profesor en la Universidad de Elm-o-Sanat y alcalde de Teherán durante dos años, este hijo de herrero nacido en Aradán, pueblo agrícola situado a escasos cien kilómetros al este de la capital, se autodesignó como «el elegido de los pobres» y llegó a la presidencia para «construir una sociedad islámica ejemplar, desarrollada y poderosa».
El 13 de septiembre de 2005 tuvo su puesta de largo internacional en la 60ª Asamblea General de Naciones Unidas. Ante los dirigentes mundiales, el sucesor del reformista Jatamí, anunció que su mandato sería transitorio hasta «la llegada de un ser humano perfecto, heredero de profetas y hombres piadosos», en referencia al duodécimo imán, Mahdi, desaparecido en la ciudad iraquí de Samarra en 874. Aunque no alcanzó la repercusión mediática de su última presencia en la ONU, cuando fue invitado a la Universidad de Columbia y declaró que «en Irán no hay homosexuales», ese primer viaje mostró al mundo al nuevo presidente persa.
Borrar a Israel
A su vuelta a Teherán, el nuevo mandatario volvió a dejar a la comunidad internacional boquiabierta al declarar que «hay que borrar a Israel del mapa». Una frase recogida de un viejo discurso del imán Jomeini que más adelante completaría con otras como que «habría que recolocar el Estado judío en Europa» o la calificación del holocausto como «mito». Posteriormente organizó una conferencia en Teherán para tratar de argumentar esta teoría.
Pero por encima de sus polémicos discursos, la carrera nuclear se ha convertido sin duda la piedra angular de su política. Nada más hacerse con el poder, Ahmadineyad resucitó el programa, que llevaba siete meses suspendido por el anterior Gobierno reformista. El líder fundamentalista ha logrado a lo largo de estos años llevar a su país a formar parte del club de las potencias atómicas, una entrada que con el paso de los meses provocaría la transferencia del caso nuclear al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y la imposición de tres rondas de sanciones. El ex alcalde, sin embargo, ha defendido siempre el derecho a disfrutar de una «energía atómica con fines civiles» y ha mantenido el puño bien alto desde el comienzo de las distintas reuniones en las que la suspensión del programa, nunca ha estado sobre la mesa.
Campaña electoral
Las próximas elecciones están previstas para la primera mitad de 2009. Con unos reformistas prácticamente borrados del mapa, los conservadores se dividen entre los partidarios y los contrarios al presidente, que parecen cada vez más numerosos. Pero Ahmadineyad se sigue guardando la baza paramilitar del Basij y la Guardia Revolucionaria, así que su reelección es perfectamente posible.
Estos tres años de gobierno ultraconservador han borrado las huellas de la etapa de Jatamí, eliminando toda esperanza de cambios que pudieran significar una occidentalización. La aparente victoria en el campo ideológico, sin embargo, no ha venido acompañada por una mejora de las condiciones de vida de un pueblo como el iraní, que, pese a ser el segundo productor del mundo de petróleo, se ve obligado a racionar la gasolina desde junio. La economía es la gran losa de un presidente que en unos meses será el candidato a batir.
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