Sus rostros reflejan el paso de los años, la marca de la experiencia acumulada y, sobre todo, el cansancio de quienes han sufrido el mayor ajetreo de sus vidas durante el último mes. Las personas que hasta hace poco menos de una semana se encontraban en la bilbaína residencia Reina de la Paz asumen «con resignación» sus nuevos destinos, lejos de muchos amigos y del barrio al que tan acostumbrados estaban. A Gurena, en Leioa, han comenzado a llegar algunos de los realojados, con sus maletas llenas de recuerdos de su anterior hogar.
«Ha sido un cambio brutal, nadie sabe todo lo que hemos llorado hasta llegar aquí», confiesa Victoria Navarro al echar la vista atrás. Esta mujer, que disfruta con las tertulias entre compañeros después de cenar, reconoce que «la salida fue muy dura y, si por mí fuera, jamás me habría movido». Cuando Victoria pisó por primera vez la residencia de Leioa, hace semana y media, sólo pidió «estar la mitad de bien de lo que había estado en la Paz».
Sin embargo, el buen ambiente que ella conoció cuando llegó hace un año al edificio de la BBK en Ibarrekolanda nada tenía que ver con el rumbo que había tomado en los últimos tiempos. «Estaba enrarecido», constata José Mari, que prefería mantenerse al margen de las habituales discusiones que el traslado generaba, porque «no soy muy peleas». Él ocupa ahora un apartamento en Gurena junto a su mujer, que se muestra encantada de algo que nunca hubiera imaginado: «¡Vivir en un chalé!».
Incertidumbre
El futuro del Reina de la Paz y de sus inquilinos había creado cierta tensión en el centro, donde muchos de los que se marcharon recibieron gritos de «esquiroles» como despedida. «La residencia se había convertido en un nido de bulos», recuerda José Mari. Lo que más le preocupa a este hombre es «la incertidumbre de no saber si algún día podremos volver» pues, asegura, se enteraron de todo lo que estaba pasando por la Prensa y nadie les ha dado tampoco explicaciones sobre lo que ocurrirá tras las obras. «El día que llegue el momento de regresar, ya veremos lo que hacemos», concluye ahora que sabe que el centro se convertirá en un gran complejo para mayores, discapacitados y jóvenes con dificultades para acceder a una vivienda. «Lo sabían desde el año 2005. Debían haber previsto desde entonces el aluvión que se les venía encima», advierte.
Simón comparte la angustia de José Mari y destaca, como primera buena noticia en mucho tiempo, «la gran acogida» que les dispensaron cuando pusieron sus pies en Gurena. «El recibimiento ha sido inmejorable por parte de todo el personal», recalca José Mari. La directora del centro, Marisol Couceiro, reconoce que la llegada de tantas personas a la vez supuso una auténtica revolución. «Queremos respetar, en lo posible, las actividades a las que estaban acostumbrados y que eso no afecte a los que ya vivían aquí», explica la responsable.
Llevarles el desayuno a sus habitaciones o contratar un autobús diario al centro de Bilbao son algunas de las medidas adoptadas para que el cambio no les resulte tan brusco. La lejanía de la villa era precisamente una de las principales preocupaciones de los trasladados a Gurena. En Ibarrekolanda «estábamos rodeados de comercios y podíamos comprar en cualquier momento lo que necesitáramos», insiste Paquita que, tras cuatro años en la anterior residencia, no acaba de acostumbrarse a algunos elementos de la nueva. «Tiene cosas demasiado modernas, como el ascensor, con el que no consigo entenderme», se queja.
Victoria se muestra comprensiva con el cambio y con el personal que ahora se encarga de atenderles. «Somos un batallón y tienen que adaptarse poco a poco», observa. Los recién llegados necesitan también acomodarse a su nuevo hogar, en el que echan de menos algunas de las zonas de recreo que les ofrecía el Reina de la Paz. Simón, por ejemplo, destaca «la belleza del entorno» en el que se levanta Gurena, pero lamenta no disponer de una biblioteca «como la de antes».
Amistades
A Emilia González, en cambio, lo que le falta es una pequeña sala de cine. En la anterior residencia «nos ponían películas de nuestra época y nos divertíamos mucho», comenta esta enamorada de actores como Kirk Douglas o Cary Grant. Otros recuerdan con cariño la celebración de los cumpleaños y los santos, porque «se acordaban de todos y siempre tenían algún detalle con cada uno». «Eso se lo tenemos que decir a la directora», añade la dicharachera Victoria.
Sin embargo, el mayor vacío que les ha provocado el traslado es haber tenido que dejar atrás muchas amistades. «Les llamamos por teléfono y les animamos a que vengan», dice José Mari. Los nuevos vecinos de Gurena no quieren obligar a sus amigos a cambiarse de residencia porque, insiste Victoria, «lo más importante es que nosotros no hemos venido coaccionados por nadie». Paquita, que intentará, poco a poco, aclararse con los botones del ascensor, no duda de que «lo esencial» de toda esta experiencia es que la hayan podido vivir «con salud».