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Ante la grave crisis política que afronta Bélgica, Alberto II apuesta por la negociación entre flamencos y francófonos como solución para lograr una sociedad democrática
27.07.08 -

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«Sire, sortez nous de là!» (¡Majestad, sáquenos de ésta!). El alarido con el que un periódico local francófono, algo tremendista, abría su edición hace un par de semanas, en plena crisis política suscitada por la dimisión del primer ministro, Yves Leterme, refleja a la perfección las esperanzas que una parte de la población de Bélgica, -pero no toda la población, tiene puestas en Alberto II como ancla de una Bélgica evanescente, cuyos contornos van difuminándose bajo los embates del separatismo flamenco.
El monarca de los belgas es Bélgica. Le da una imagen física al país, identificable por encima de la realidad cartográfica. Es también la argamasa del Estado federal y una cierta garantía de derechos para los más débiles -los francófonos- en su feroz disputa con los flamencos por las condiciones de una convivencia que cada vez se formula menos en su etimología ortodoxa del «vivir con», y que presenta a diario múltiples evidencias de que se trata ya de un «vivir sin» flamencos o valones.
Por eso y porque contra este Estado unitario milita una parte significativa de la mayoría flamenca del país, la monarquía belga está en entredicho, y quien ocupa su trono, Alberto II, príncipe de Lieja, vive estos días una situación para la que él, como su predecesor Balduino I, han sido específicamente entrenados por una Casa Real que no deja absolutamente nada a la improvisación.
Porque la ruptura de flamencos y valones no es una situación imaginada desde pesadillas recientes.
La tensión entre las dos comunidades la vive el reino prácticamente desde su fundación, en 1830, cuando los flamencos abrazaron el francés como una lengua de hombres libres.
La Ilustración francesa era el Orden Nuevo frente al Viejo que encarnaban las provincias bajas holandesas del imperio Austrohúngaro, en las que la Flandes de hoy aprendió el Neerlandés que la separa, junto con otras muchas referencias, de la Valonia francófona de aromas ligeramente mediterráneos.
A fin de cuentas, no es difícil identificar estos días la frontera lingüística belga con la marca medieval que separaba el área de influencia latina de la de ascendencia germana y nórdica.
De modo que Alberto II está lidiando el toro que se sabía que un monarca belga tendría que encarar algún día: la división del Reino. Naturalmente, la situación no se presenta tan clara: la formulación es mucho más insidiosa.
No se trata de romper el país, dicen los flamencos y los liberales francófonos -históricamente poco cálidos con una Corona belga de raíces católicas de las que esta principal familia política belga renegó hasta bien entrado el siglo XX- sino de «dar más poder» a las regiones, restándoselo al nivel federal.
Fuente de consejos
Alberto II no está pasando mal la prueba. Deja hablar a los políticos mientras ejerce su función principal, la de mediador. La Constitución belga otorga al rey poderes enormes, pero, en realidad, su margen de maniobra está fuertemente constreñido por el hecho de que sus actos tienen que contar con el endoso de los miembros del Ejecutivo.
El rey, en Bélgica, reina, pero no gobierna. Mayormente, es una fuente privilegiada de consejos, que prodiga entre quienes le van a escuchar. Quizás por eso, porque está por encima de la batalla política cotidiana, sus puntos de vista son apreciados. La gente que decide en este país, políticos o empresarios, le escuchan y luego actúan. Y son muchas las informaciones que llegan a oídos del monarca, en audiencias públicas o privadas, sabidas y no.
Hay quienes se preguntan, en esta crisis, si Alberto II ejerce sus funciones de mediador como lo hubiera hecho Balduíno. Son los que creen que el príncipe de Lieja, con su pasado más o menos alegre de mujeres y motos de gran cilindrada y un matrimonio estelar con la bella Paola Ruffo di Calabria, a la que cantaba Adamo y ensalzaba Frederic Mitterrand hasta límites de sonrojo público, es la persona más adecuada para llevar el timón entre semejantes remolinos.
Además, y seguramente no por casualidad, la familia real belga ha sido objeto de campañas sistemáticas de denigración estos últimos meses, que han encontrado en el benjamín Laurent un filón a explotar sistemáticamente, por sus múltiples torpezas.
Hace pocos meses, la prensa flamenca y parte de la francófona criticaban con severidad algunas partidas de la Lista Civil (el presupuesto de la Casa Real), en el que figura comprendida una dotación específica para la viuda de Balduino I, Fabiola, que comparte el título de reina de Bélgica con Paola.
Pero hasta el momento, el rey no lo ha hecho ostensiblemente mal. Es posiblemente el responsable de que Yves Leterme haya moderado algo su discurso intransigente, para adoptar posiciones más posibilistas. El problema es que su partido está anclado en la intransigencia; por convencimiento propio o porque le lleva de las orejas la pequeña formación nacionalista radical flamenca, la NV-A de Bart de Weber, con la que el CD&V de Leterme está coaligado.
Alberto II no ha aceptado la dimisión de Leterme; ha puesto a hablar a los flamencos con los valones y a los valones y bruselenses con ellos mismos, en busca de un nuevo equilibrio para sacar al país entero de la crisis. Y con él al frente. En el envite le va el puesto.
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