El primer pueblo español después de Portbou se llama Cólera, aunque fijándose en los carteles es Colera, sin tilde. Pero tiene más gracia pensar que es el otro nombre, como un aviso a navegantes de que se entra en territorio del ancestral cabreo hispánico. Lo segundo que se ve es el símbolo por excelencia del Mediterráneo español, que ha dejado de ser el pino o el olivo para ser la grúa. El viajero no dejará de verlas hasta la punta de Tarifa. Colera por ejemplo ya tiene aceras y farolas en medio de la nada, como un municipio importante. Es esa cosa llamada plan general de ordenación urbana, que trae tanta prosperidad, un mito de nuestro tiempo.
Más adelante, Port de la Selva también tiene sus grúas y unas casas marrones terribles a medio construir, bien a la vista. El viajero piensa fascinado en fundar un comando romántico y altruista dedicado a volar horrores urbanísticos. Todo el mundo conoce uno en alguna playa. Sería bonito: una llamadita con el anuncio de la hora del espectáculo, el público iría con los niños y palomitas y, hala, triunfaría el bien, como en las películas.
Pero Port de la Selva no está mal, comparado con lo que vendrá en los siguientes días. Luego comienza un rato de bosques de pinos y olivos. Hasta se oyen los pájaros. Sin duda algún concejal pagará caro este descuido. Dejarse escapar así un buen polígono. Debe de ser porque empieza el parque natural del Cabo de Creus. Es el atardecer, perfecto para bajar la capota del descapotable, de ahí su nombre. El viajero ya ha aprendido tres cosas de su bólido, el Peugeot 207 azul. Una, o mantiene el techo en las horas de sol, porque se quema la cocorota, o se compra una gorra. Dos, tiene que ponerse crema. Y tres, debe corregir su costumbre de dejar el dinero tirado por ahí, si no quiere lanzar billetes como si fuera una avioneta de publicidad. De momento se compra una crema. La señorita de la tienda le pregunta si para la cara o el cuerpo, y si quiere crema o fluido. Le muestra el fluido y al viajero le parece que eso es crema. «No, no, es menos pastosa», aclara la dependienta. Menos pastosa y más cara. El viajero está impresionado de cómo se sofistica todo.
Diez kilómetros antes de llegar a Cadaqués, el primo del viajero, copiloto de ocasión, llama al primer hotel de la guía y reserva una habitación. El Hotel La Residencia, familiar y abierto en 1904, cuesta 95 euros con desayuno y vista al mar, y eso que allí durmió Picasso. Esta gente ha hecho mucho daño con sus viajecitos en los precios de los sitios. Pero esta vez no hay problemas. Resulta que no hay mucha gente. Según cuentan en el pueblo, están al 75% y este año va mal. Además el cielo está cubierto. Eso no es malo, es uno de esos días tan hermosos de ponerse el jersey cuando llega la tarde. Entran remordimientos de no ser pintor.
«Esto es un residuo de paz y tranquilidad», dice un turista, y eso que ha pensado la frase.
Cadaqués es como se imagina, precioso y razonablemente oscuro cuando llega la noche. Es todavía un pueblecito, pese a lo que ha crecido, con algunas casas junto al mar a la venta que hacen soñar al viajero. Hay una que le gusta y, por curiosidad, pregunta en la inmobiliaria. Cuesta 2,2 millones, le dice el empleado riéndose por alguna razón. Es que tiene 214 metros cuadrados en tres pisos. Se alquilan apartamentos para dos personas en agosto por 650 euros. El viajero no tiene piso en propiedad, porque los precios de los últimos años no le parecían normales, y por eso cada vez que viene a España los conocidos le dicen que es tonto. Porque es una inversión y nunca se pierde dinero. Tenía que haberles hecho caso, al menos ahora no perdería dinero prestándoselo para que algunos pudieran pagar sus casas. Otro mito que ha caído. En el pueblo, como pasará a lo largo de toda la costa, junto a las grúas hay bastantes carteles de 'Se alquila' y 'Se vende'. Al viajero le parece un poco confuso, casi contradictorio, aunque, como se ha dicho, no entiende de eso.
Echa mano de la guía de España en inglés, a ver qué dice en el capítulo inicial que explica el país a los turistas en dos páginas, bajo el título 'De un vistazo'. Empieza con la muerte de Rocío Jurado como un shock nacional, porque la edición es de marzo de 2007, y el viajero duda de que sea un poco superficial, pero luego pone, ya entonces, que los signos de crisis económica son agudos: «La deuda nacional y de las familias está aumentando y gran parte del crecimiento económico se basa en dos fuentes poco de fiar a largo plazo como el turismo y la construcción. Ésta última es especialmente impresionante, pero por sus errores». Luego habla de las barbaridades que se han hecho en la costa. Los de la guía, de un vistazo, ya lo vieron hace años. Quizá para enterarse había que ser extranjero.
Genio y logotipo
Cadaqués tiene un casino donde ponen los gin-tonics a 4,50 euros. Hay pocos turistas, casi todos franceses y otros extranjeros, y en los restaurantes ya no dan de comer a las diez y media. Todos los camareros son sudamericanos. El primo del viajero ha perdido las gafas en un golpe de viento, en Collioure, porque se cayeron al mar. Por eso va con sus gafas de sol graduadas. Lo que pasa es que de noche se tropieza con las aceras y al entrar en el restaurante les toman por italianos. Tras comer una dorada a medias (26,50 euros), tienen problemas con el postre.
-La crema catalana es sin quemar, porque es que hemos apagado ya la cocina.
-Vaya por Dios.
-Pero le podemos poner caramelo, a mí me gusta más así, más que quemada.
-Bueno, si usted lo dice...
Al final la trae sin quemar y sin caramelo. Luego da el cambio en monedas de 5 y 20 céntimos, por si acaso a los comensales no se les ha ocurrido dejar propina. Que podía ser. Por la noche, el viajero y su primo ven un rato la tele en la habitación. Greenpeace denuncia que en la costa hay suelo calificado para construir tres millones de viviendas más. En los anuncios, venden operaciones de cirugía estética y unas galletas para no engordar «más listas que el hambre». Hay anuncios de móviles en los que la gente es extremadamente feliz y se exalta la amistad y el amor, aunque de lo que se trata es de pagar una factura de teléfono. Hay anuncios de compañías eléctricas en los que sale gente en un prado, cuando deberían aparecer unos señores con corbata en un consejo de administración, o en una presa. El viajero también recuerda un bote de espárragos cojonudos de Navarra de un área de servicio que, si uno lo leía bien, no eran de Cintruénigo, sino de China. Al viajero le parece que la publicidad miente cada día más, pero peor. Es otro mito que da pena que se pierda. El viajero recuerda que de pequeño se llamaba a la familia cuando llegaban los anuncios en la tele, porque eran algo distinto y divertido. Con estas tonterías en la cabeza, los primos se duermen.
Al día siguiente, dan un paseo por Cadaqués. En la entrada hay una estatua de la libertad con los dos brazos levantados, según un dibujo de Dalí, y a partir de ahí todo es Dalí. Se empieza de genio y se acaba de logotipo. Cada pueblo se agarra al pretexto turístico que puede. En la habitación del hotel no hay un Dalí, sino tres. Los vecinos cuentan de memoria que por el pueblo pasaron Einstein, Disney, los surrealistas,... A principios de siglo eran tres horas desde Figueras en coche de línea, y antes en tartana, esquivando bandoleros. El viajero piensa que esos viajes sí que debían cambiar la vida, como cuentan las biografías de los artistas: en el año tal se fue a no sé dónde, un viaje fundamental que cambió su vida... Hoy la gente viaja a ver si cambia algo, pero vuelve y sigue igual. El pobre García Lorca, por ejemplo, fue a Nueva York y no fue el mismo. También estuvo de veraneo en Cadaqués, sufriendo por amor, como siempre. El primo del viajero, que para eso es literato, se acuerda de un verso suyo sobre la pérdida de la inocencia: «Era mi voz antigua/ ignorante de los densos jugos amargos». Al viajero, bien mirado, le parece un poco porno. Como lo de las grúas.