No es fácil medir el Alpe d'Huez. No es el más duro: 7,9% de pendiente media. Ni el más largo: 13,8 kilómetros. Tampoco el más alto: 1.860 metros. Pero nadie sabe cuánta gente cabe allí cada vez que se arrima el Tour. Cientos de miles de voces. Un millón, quizá. El Alpe d'Huez son 21 curvas abarrotadas. Una carretera delimitada por una hilera de caravanas. Banderas y voces. Pantani midió el tiempo del sufrimiento: 37 minutos y 35 segundos. El récord. Al público eso le da igual. Nadie cronometra nada. Algunos pasan más de dos días en esa cuneta para ver el paso sudoroso y breve de los ciclistas. A repartir aplausos: al primero y al último. Alpe d'Huez es el templo del Tour moderno, la prueba de que este deporte aún resiste pese a diez años enfangado en dopaje. El público lo sostiene.
El exhibicionisno queda prohibido. En el ciclismo y en los parques públicos. Nada de salir a una etapa y reírse de los rivales. Aplastarles. Abrirse la gabardina es delito. El dopaje es trampa. Sin los despliegues contaminados de EPO de Riccò, el Tour se calmó. Regresó a su origen. No es un deporte de velocidad, sino de resistencia. Más soso, quizá. Más real. Con ídolos que pagan sus esfuerzos. Con Menchov, que ataca y se funde. Con las arrugas de Sastre. Con temor al sobreesfuerzo. Ya no quedan campeones perfectos. La lucha antidopaje ha cercado a los líderes intocables. La gesta de Landis en el Joux Plaine (2006) tenía un nombre: testosterona. La de Rasmussen en 2007 se llamaba 'mentira'. Mintió para evitar los controles.
El Tour llegó el miércoles a Alpe d'Huez con cinco corredores metidos en un minuto. Apretado . Igualado. Ni una exhibición por el camino. Y aun así, el puerto rebosaba. «Medio Luxemburgo está aquí», se felicitó Frank Schleck. Caben de sobra los poco más de medio millón de habitantes del ducado. La subida, otra vez, era un mosaico de banderas. Puzzle idiomático. Fiesta nocturna. Discoteca alpina. El 'Maracaná' sobre ruedas. 'Ciclismo sí, doping no', se leía, junto a miles de nombres de ciclistas rotulados sobre el lienzo de asfalto. A cada país, una curva. La '7' es la holandesa, ocupada por 200 devotos naranjas. Noche caliente a 8 grados. Ahí estaba el domicilio de la esencia ciclista: en la número '7'.
La audiencia televisiva es un buen calibre. La segunda semana del Tour ha tenido en Francia una audiencia media de 3,7 millones de espectadores. Bien: el 40% de 'share'. Casi 200.000 más que en 2007. En ascenso. El domingo, en la etapa de Prato Nevoso, 6,4 millones vieron los kilómetros finales. En Alpe d'Huez, la media fue de 4,4 millones y el pico máximo superó los seis. Francia mima su patrimonio: el Tour. Es fiel. El éxito de la lucha antidopaje anima al público. En diez años, Francia no ha tenido un campeón. La del martes de Dessel fue sólo su vigésima victoria de etapa en ese periodo. Tan escaso. Y, sin embargo, ahí siguen. El Tour se apoya en el hombro de su gente.
España es otra cosa. La audiencia arracó bien: 1.166.000 espectadores subieron las rampas de Super Besse, el primer final el alto. Luego, el dopaje apagó muchas pantallas. Los positivos de Beltrán, Dueñas y Riccò provocaron un cortocircuito. La expectación bajó a 851.000 en Prato Nevoso. El dopaje ahuyenta. Sastre y Alpe d'Huez dieron aire: la audiencia remontó hasta superar los dos millones. España ultima ahora la creación de una Agencia antidopaje. En Francia hace tiempo que funciona y, como en el caso de Riccò recurre al laboratorio de Barcelona, capaz de detectar la CERA. La lucha antidopaje es una cuestión de voluntad. Ayer, en las cunetas de Alpe d'Huez, ningún aficionado contó el tiempo que tardó Sastre en subir: más de 39 minutos. Tan lejos de Pantani. Daba igual.