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DEPORTES LA RIOJA

Barredo criticó su racanería en una etapa marcada por el registro del coche del padre de los Schleck
25.07.08 -

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Este Tour está lleno de 'Schleck'. Franck es el segundo de la general y Andy, la revelación. El futuro. Y cada día, por delante de ellos, parte en un coche de la caravana Johnny, el padre, antiguo gregario de Ocaña, testigo del grito del conquense caído en una curva amarga del col de Mente (Tour'71). Todos los Schleck son protagonistas. En la carrera o en el kilómetro 30 del recorrido alternativo, el que llevaba ayer a la prensa y los patrocinadores desde la salida a la meta. Allí, agazapada, aguardaba la policía de aduanas. Pasaban los vehículos con matrículas francesas, las holandesas... Stop a las luxemburguesas. Criba. «Soy periodista», aclaró un conductor a los agentes. Vía libre, pues. «Soy Johnny Schleck». ¡Alto!
Pistola en mano, uno de los policías hizo salir al padre de los Schleck del coche. Husmearon el maletero; lo desmontaron. En busca de productos dopantes. No había. «Sólo llevo 'Aspegic', para el dolor de rodilla». Alivio. Johnny, como el Tour, pudo seguir adelante. El ciclismo es un deporte disecado desde 1998. El año del 'caso Festina'. Cuando también la policía de aduanas registró otro vehículo, el de Willy Voet, el auxiliar del Festina que llenaba su nevera con yogures y EPO. El Tour vivió ayer, otra vez, en vilo por el contenido de un maletero. Vacío.
Mientras la escena policial paralizaba la vía alternativa, en la otra carretera, en la primera etapa de Sastre condecorado con el maillot amarillo, Carlos Barredo se subía a este Tour. Llegó preocupado por la aorta de su padre, que había reventado poco antes. Y llegó congestionado. Con un catarro poniendo algodón en los pulmones. No iba. Casi se fue él. «No es mi Tour», repetía. Y ayer tampoco iba a ser su día. Se gastó durante hora y media para colarse en la escapada. Él y el alemán Burghardt. El CSC les dio sedal. La de ayer y la de hoy son etapas puente hasta la contrarreloj de mañana. «Haremos volar a Sastre», confió Riis en 'Onda Cero'.
Era una tarde bien dorada. Hacia Saint Etienne. De vuelta al brasero del Macizo Central. Barredo nació en Oviedo y es de Gijón. Y le gusta Flandes. Las clásicas de piedra. Ayer pasó casi tres horas mirando a Burghardt. Tan alto que le quitaba el sol. Una tapia con piernas. Uno de los lanzadores de Cavendish. Especialista en afilar codos en el velódromo. Verdugo de Freire en la Gante-Wevelgem'07. Definitivamente, era más rápido. A Barredo sólo le podía salvar el empeño. Lo tiene. A los 15 años vivía para el fútbol sala. Una tarde, en plena siesta, le sobresaltó el timbre de la puerta. Brincó del sofá y se dio contra la mesa de cristal. Tajo: 23 puntos de sutura. El pie tronzado. Se acabó el balón.
Al ciclismo. Pero no tenía más bici que una 'mountain bike' color roña. Insistió en casa: quería correr. Una bici de carreras. Y el padre, para quitárselo de encima, le propuso un reto: «Vale, la compro si vas desde el Picu (el pueblo de los abuelos) hasta los Lagos de Covadonga». Unos 60 kilómetros y la cuesta final. Imposible. Dos días después, Carlos Barredo descolgaba su primera bicicleta de un escaparate gijonés.
Ahora tiene otra. De 6,8 kilos. De carbono. De aire. Alada. No dejaba de mirar a Burghardt. Detrás, Astarloza, Feillu y Le Mevel ya no les cogían. Ni el pelotón de Sastre, el maillot amarillo, y de Freire, el verde. Barredo recorría con los ojos la interminable espalda del germano. Lo notaba. «A 60 kilómetros de la meta, ha empezado a dar relevos de mentira», maldijo. Le plantó cara: «Vamos o no vamos. O tiramos o no». El alemán se hizo el sueco. Barredo no quería ser mero testigo de otra victoria ajena. Los puertos del día no dolían. Y buscó la sorpresa. Nada. Cada vez que arrancaba, regresaba al poco el jadeo teutón. Juntos se metieron en el kilómetro final. Del tamaño de un velódromo.
Burghardt sacó su ojo giratorio. Se colocó primero. Tanteando. Vuelto hacia Barredo. El sprint era como un laberinto de espejos. Todo miradas. A cámara lenta. Barredo es un ciclista labrador. De carreras de pavés. El otro es veloz. De pista. Burghardt impuso el lugar para detonar el sprint. Corto. Cerca de la meta. Lejos para Barredo. Los dos levantaron las manos. Uno para festejarlo y el asturiano para arremeter contra el manillar. «Daba relevos de mentira», repetía. Así es: guardó su pedaladas para el momento de la verdad. Dos agentes escoltaron a Burghardt hasta el podio. Para protegerle; no para registrarle.
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