Otro verano más teniendo que recurrir a la piedra Rosseta (más rosa que roseta en este caso) para intentar descifrar los folclóricos jeroglíficos que le lanza la Pantoja a Julián Muñoz desde el escenario. Y es que Isabel ha vuelto a caer en el vicio de cambiar de pronto la letra de una canción. Y lo ha hecho de un modo tan intrigante y enigmático que su público, sin haber leído a Chandler ni a Conan Doyle (incluso, sin haber leído), se pone a la fuerza perspicaz e intuye: «Aquí, este pedazo de artista ha querido decirnos algo...»
Menos mal que la relación entre Pantoja y Muñoz es puramente sentimental y que las canciones de la tonadillera hablan principalmente de amor. De lo contrario, cabría sospechar que esos mensajes cifrados por bulerías están encubriendo las claves de un plan de fuga.
Pero no es de la Pantoja de quien quería hablar hoy, sino del apuesto Cayetano. Torear es tener un misterio que decir... Y decirlo. Dicen que sentenció Rafael, 'El Gallo'. Pues bien, Cayetano, como torero, acostumbra a ser muy elocuente en la plaza, pero como civil es de los que tienen no uno, sino muchos misterios que decir...Y se los calla.
Por eso me ha sorprendido tanto verle brindando, no uno, sino dos toros dos a la misma rubia. Y luego (si no quieres caldo...) hasta le lanzó una oreja recién cortada (¡Puag! con lo que debe de pringar eso. Y no te digo nada, el rabo). El caso es que la rubia se fue de la plaza encantada. Le esperó más tarde en el hotel, y los dos se marcharon rumbo... ¿a la suite? ¿al bar? ¿al spa? Esto ya no lo sé. Pero iban bien cogiditos de la cintura. Me sorprende Cayetano. Primero, porque él no es de demostrar querencias en público y menos tan a las claras. Y segundo y principal, porque la rubia en cuestión está entradita en carnes, y yo creía que a él le gustaban morenas y tirando a escuálidas. Pero me alegro de que este hombre sea capaz de encandilarse con chicas que rebasen los 60 centímetros de cintura. Más ahora, cuando la orondez empieza a estar perseguida. E incluso, penalizada.
Ya saben que en Japón han empezado a poner multas a los gorditos rellenos. Allí la antigua curva de la felicidad es ya la de la culpabilidad. Y si me apuran, la del delito. Bueno, en Japón, a Ronaldo directamente lo empapelaban. Y eso que él no es que esté gordo. Es solidario con su novia, que está embarazada, y se ha propuesto acompañarla, metabólicamente hablando, en ese viaje al infinito. Al infinito perímetro.Y mientras en Japón meten en cintura a los gordos, Naruhito venga a pasearse por La Mancha como si la cosa no fuera con él. Desde luego, Cervantes y Almodóvar (por cierto, que te espera una multa en Tokio), cuánto daño habéis hecho a esas mentes niponas... Naruhito quería ver girar los molinos y, a falta de viento solano, se los tuvieron que mover manualmente. Nada, la próxima vez ponen a un montón de tíos a soplar y acabamos con el paro. Y hasta con la obesidad.