F ue festejo larguísimo, que suele querer decir duro de ver y sentir. O interminable. Especialmente desafortunado con la espada Álvaro Montes, por cuya cuenta corrió el mayor derroche de tiempos muertos. De dos estocadas traseras y ladeadas y ocho descabellos tumbó al tercero de la tarde. De cuatro pinchazos y estocada al sexto. Al arrastrarse el tercero de los seis toros de Bohórquez se había cumplido sin apenas acento alguno una hora y veinte minutos. Demasiado.
El toro que rompió plaza se apagó tras un rejón de castigo caído. Lo mortificaron banderillas largas y cortas prendidas como al trebolillo en acerico. Murió de bajonazo con vómito. Ese toro y todos los demás se soltaron con divisa. De Bohórquez los seis. O los siete, porque el tercero, loco de salida en galope de lamer las tablas, se tronchó contra ellas un cuerno por la cepa y fue devuelto. Álvaro Montes lo esperó a porta gayola con la sedicente intención de ahormarlo y correrlo a garrocha. Pero se olvidó de lo fundamental, que era reclamar al toro. O no lo vería el toro, de desatado ímpetu. Antes de aparecer en escena, Montes se comió casi cinco minutos. No aparecía por lo visto la garrocha que para nada sirvió después.
Pablo Hermoso estuvo sobrio con un segundo de corrida distraído de salida pero bien estirado después. Muy sangrado el toro y a menos. Dos ataques con la espada sin fe y, pie a tierra, dos descabellos. Montes no paró de hacerle al sol brindis antes de cada embroque. Lentas transiciones, clavadas a grupa y poco afinadas, mala puntería. Casi nunca vino encelado el toro. Montes lanzó a su caballo 'Chambao' unas cuantas veces. Con toro o preferiblemente sin él. Muchas vueltas. Algo cargante. La banda de música le dio también tres vueltas, tres, al preludio de 'El Gato Montés'. Agotadora primera parte en las estrechas bancadas de Cuatro Caminos, donde toda incomodidad tiene su asiento.
Tardó en enmendarse el entuerto. El cuarto toro, tan hermoso como exageradamente desmochado, no tuvo apenas gas. En tarde de mucho perdigonazo, Bohórquez tuvo la mala pata de clavar traserísimo el rejón de castigo, que fue casi letal y dejó al toro para el tinte. Del Bohórquez caballista bueno sí hubo muestras. No faltó, tras dos pasadas en falso, ese par a dos manos cuarteando en corto que lleva siempre la firma propia. Tres pinchazos, una fea estocada trasera con el toro defendiéndose todas las veces.
Casi dos horas iban cuando volvió a salir Pablo Hermoso. Y entonces se removieron las aguas del estanque. El brío vivo de un quinto de corrida que no dio ni 500 kilos en báscula pero tuvo calidad, corazón y entrega. Y Pablo en su sitio. Con autoridad. Soberbia la manera de parar y fijar de salida al toro a lomos del tordo 'Estella', que va para caballo grande de primer tercio. Francamente bien el castaño 'Chenel' para suavemente sacar al toro de querencia, obligarlo y abrirlo. Y mejor todavía ese caballo nuevo en la cuadra, llamado 'Ícaro', que es de una flexibilidad felina. De no mucha alzada, pero de un valor extraordinario: va con los pechos de cara, se deja llegar mucho los toros, bate en la cara, sale sin violencia. Con ese caballo en acción la corrida de rejones pareció al fin lo que suelen ser esas corridas. Una fiesta.
Pero luego volvió a ser turno de Álvaro Montes: un rejonazo de castigo trasero, cuarteos con ventaja, despegados, a grupa o a toro pasado. Y alardes de doma ajenos al toro: caballos lanzados que parecían de subir y bajar. De corto vuelo