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20.07.08 -

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C ada semana se cae espectacularmente alguno de los pilotos que participan en las carreras de motos. Se deslizan por el suelo a gran velocidad y se levantan como si fueran de goma, generalmente con ligeras contusiones, o leves fracturas de las que se recuperan milagrosamente para la semana siguiente. La diferencia sustancial entre esos circuitos y las carreteras es que los primeros fueron diseñados pensando cuidadosamente en esas contingencias.
El peligro, por tanto, no está sólo en subirse a las motos de gran cilindrada, no está sólo en que el piloto va desprotegido y al albur de cualquier error, propio o ajeno, sino también en que las carreteras no se parecen suficientemente a los circuitos de competición donde se miran los moteros. Habrá quien piense que nadie les manda cabalgar esos traicioneros bisontes de feria siempre dispuestos a derribar a sus jinetes, esos artefactos «llenos de cohetes tronadores», como aquel caballo volador, Clavileño, que montaron valerosamente Don Quijote y Sancho Panza, pero se trata, naturalmente, de un legítimo derecho individual que, por temerario que pudiera parecernos, debe llevar como contrapartida la responsabilidad pública de protegerlos.
Cada vez es mayor el porcentaje de accidentes de moto respecto del total de los de tráfico. Si bien la causa más frecuente es la imprudencia, las consecuencias podrían atenuarse actuando sobre las carreteras, en particular sobre los guardarraíles. Vivir es, a fin de cuentas, ir sorteando peligros hasta tropezar con el definitivo, al que no hay que ponérselo fácil. No todos los peligros vienen de frente, y pocos son tan evidentes como el que corren los moteros.
Es archiconocido que se golpean, cuando se caen, con las bases de los quitamiedos que, lejos de protegerles, actúan como trampas, a veces mortíferas. Con un diagnóstico tan claro, sólo queda hacer algo y con la mayor rapidez. Sería una grave irresponsabilidad moral no hacerlo. La Diputación va a actuar próximamente sobre los puntos negros, es decir, los lugares de riesgo luctuosamente contrastado. Cabe esperar que, después, continúe con el resto.
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