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El inicio del interrogatorio a las víctimas de Amstetten obliga a preguntarse de nuevo cómo este crimen o los casos Kampusch y Saitama se pueden dar en sociedades tan avanzadas
20.07.08 -

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El padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, hubiera desarrollado miles de teorías sobre las mentes criminales de sus compatriotas Wolfgang Priklopil y Josef Fritzl. Austria, un país avanzado y dispuesto a esconder cualquier escándalo que pudiese ensuciar su buen nombre -como intentar hacer creer a toda la humanidad que Hitler era alemán y Beethoven austriaco- se vio en poco tiempo salpicada por dos de los sucesos más truculentos de toda la historia. Secuestros, violaciones, abusos, incesto... Una realidad que supera a la más cruel ficción.
Pero este país centroeuropeo no es el único que ha visto crecer 'monstruos' en sus entrañas. En Japón también se ha desatado la histeria por sucesos sacados del guión más enrevesado de Hitchcock. Estos ogros han roto la normalidad de una sociedad ajena a las barbaries, que ahora comienza a mirar con recelo y desconfianza a sus vecinos.
Los mismos expertos ya advierten de la actitud que deben asumir los ciudadanos. «Tienen que ser más sensibles, estar más atentos a su entorno y no dudar en acudir a la Policía cuando tengan la más mínima sospecha de que algo podría andar mal», afirma la psicoanalista Rotraud Perner.
Todos coinciden en que hay que abrir más los ojos, dejar de mirar para otro lado. Las estadísticas de psicólogos y terapeutas demuestran que una de cada seis niñas y uno de cada nueve niños austriacos sufren algún tipo de violencia sexual, según la psicóloga Charlotte Aykler, responsable del Centro de Protección contra la Violencia de Baja Austria, estado federal donde se enclava la ciudad de Amstetten. Estas cifras son el reflejo de un mundo solitario donde las víctimas se encuentran siempre en una encerrona psicológica.
Bajo sospecha
Los austriacos tienen fama de esconder la cabeza bajo el ala. Resulta casi sospechoso que nadie dudase ni por un segundo de un perspicaz Josef Fritzl, que compraba grandes cantidades en el supermercado para alimentar a su amplia familia. Y eso que tuvieron 24 años para recelar. Pero la culpa debe recaer totalmente en este padre capaz de enclaustrar a su propia hija y robarle su alma. Hace dos semanas que las víctimas del 'monstruo de Amstetten' comenzaron a testificar. Su hija Elisabeth, de 42 años, a la que encerró y violó sistemáticamente, y sus tres hijos y nietos, han revivido esa pesadilla durante los interrogatorios. Al menos no se verán obligados a hacerlo cerca de su agresor, ya que sus declaraciones serán grabadas con cámara de vídeo para evitarles, asimismo, un cuadro de estrés.
No es la única estratagema que se ha empelado, ya que para evitar el acoso de fotógrafos y de la prensa hacia las víctimas, los jueces adelantaron el interrogatorio. Pese a contar con una grabación del testimonio, será muy complicado ver el rostro 'machacado' de la joven apresada por su padre. Se preservará en secreto hasta que ella decida lo contrario.
De momento, sus declaraciones han sido confrontadas esta misma semana con las de su opresor. Así que ya queda poco para que la acusación termine el acta y se celebre el esperado juicio, que prevén «tendrá lugar este año». Aunque ayer se supo que los dos hijos adultos se niegan a testificar contra su padre.
El tiempo ha pasado y esta familia desestructurada vuelve poco a poco a la normalidad, dentro de lo que se puede considerar normal. Aún viven en el complejo de la clínica de Amstetten bajo estrictas medidas de seguridad. Una de las hijas de Elisabeth Fritzl acudió hace poco a un campamento y se reencontró con sus viejos amigos, por primera vez, desde hace dos años.
El peligro de habituarse
No son los únicos que han seguido adelante después de sufrir una experiencia tan traumática. El ejemplo perfecto es Natasha Kampusch, quien se ha convertido en una estrella mediática tras su cautiverio durante ocho años en un sótano. Con sólo diez fue secuestrada por Wolfgang Priklopil, quien la sometió a todo tipo de vejaciones, abusos sexuales e incluso se rumorea que la dejó embarazada, aunque abortó. Nunca se sabrá lo que realmente sucedió entre esas cuatro paredes, pese a que la joven austriaca desveló todos los pormenores en distintas cadenas de televisión. Su historia conmocionó a todo el planeta. Ahora, en cambio, tristemente, el mundo se está 'acostumbrando' a escuchar sucesos igual de escalofriantes.
Todavía se preserva caliente en la cabeza de muchos el crimen de un hombre arruinado en Bolsa que asestó varios hachazos a su mujer, su hija de siete años, sus padres y el suegro. Su intención, tal y como declaró manchado de sangre, era «ahorrarles la humillación». Como casi todos estos monstruos evitó preguntar si querían otro destino.
Austria se ha ganado el número uno en el ranking de asesinos. El último escándalo se produjo cerca de donde estuvo cautiva Kampusch. Un hombre de 66 años asesinó a sus dos hermanos y a sus parejas, respectivamente. Su motivación, hipotética, fue el odio que sentía por disputas con la herencia.
La Policía aún está buscando a este nuevo monstruo de Amstetten que confesaba en una carta el rencor que sentía hacia su familia. El desenlace de este caso aún está en el aire. Y la sociedad austriaca vuelve a respirar intranquila. Casi ahogada. No se sabe si por miedo o por pudor.
La misma sensación de vergüenza ajena sienten, a su vez, los japoneses que ejecutaron a mediados de junio a unos de sus monstruos: el de Saitama. Su delito, por llamarlo de alguna manera, consistió en secuestrar, mutilar y asesinar a cuatro niñas de 4 a 7 años entre 1988 y 1989. La crueldad del japonés Tsutomu Miyazaki le llevó a grabar sus crímenes e incluso mandar a una familia los restos de su hija en una caja.
Tokio, la ciudad de la tecnología y los videojuegos, también ha experimentado situaciones sacadas del juego más violento que pudieran imaginar. Uno de sus ciudadanos atropelló hace un mes a varios transeúntes y luego se bajó del coche para rematarles y asestar más cuchilladas a los peatones, atónitos por lo que había sucedido.
Otros casos que erizan la piel son los de una abogada de 53 años, psíquicamente enferma, que tuvo presas a sus hijas a oscuras desde 1998 hasta 2005. El suceso también sucedió en Austria. Una mujer que no soportaba estar divorciada de su marido, jurista como ella, por lo que se encerró con Viktoria, Katharina y Elisabeth, entonces de 6, 10 y 13 años. Si se hace memoria, otro drama sin precedentes fue el de la francesa Lydia Gouardo, de 45 años, violada, secuestrada y maltratada por su padre entre 1971 y 1999. De él tuvo seis hijos y sufrió todo tipo de torturas como que la quemase distintas partes del cuerpo con ácido.
Se podrían enumerar muchos más casos y, sobre todo, en esta nueva era donde se han multiplicado los monstruos. Austria y Japón han sufrido los mayores horrores, pero por todo el planeta se pueden encontrar sucesos igual de dolorosos y traumáticos.
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