El Tour empieza y acaba en el equipo Silence-Lotto. Allí está el líder: Evans. Y el último de la general: Win Vansevenant. Cada uno a lo suyo. El maillot amarillo tira por delante y el 'farorillo rojo', por detrás. El Tour por la retaguardia. Está a dos horas y cuarto de Evans. Pero es líder a su manera. Al revés: con cinco minutos de 'ventaja' sobre Sprick, el penúltimo.
«No será fácil mantener el puesto. Aún queda más de una semana del Tour». Es un frase asumible por Evans. Pero no. La pronuncia Vansevenant. Un especialista. El último. Así acabó el Tour de 2007 y el de 2006. El de 2005 se lo arrebató el navarro Iker Flores. Sprint final. «En una de las últimas etapas, me quedé atrás adrede a treinta kilómetros de la meta. Pero no sabía que Flores se había quedado veinte kilómetros antes», cuenta sonriente en la salida de Nimes, con el coliseo de decorado.
Ser el 'farolillo rojo' no es una deshonra. Mas bien, es un oficio. El primero, en 1903, fue el francés Arsene Millocheau, un buen ciclista: entre los veinte primeros de la París-Roubaix, entre los más rápidos de la París-Brest-París, la clásica de los 1.200 kilómetros. «Es mejor ser último que penúltimo», compara Vansevenant. Siempre ha sido así. Los 'farolillos' tienen acceso a los criteriums posteriores al Tour. Es una distinción. Otra manera de salir del anonimato. Un puesto simpático. «Soy un corredor publicitario». Cierto: es el último del Tour y cada día da entrevistas.
Tiene la mirada traslúcida. Y tiene ya 37 años. Es su último Tour. «Mi papel es estar con McEwen en los cien primeros kilómetros de cada etapa. Luego, me subo al autobús, a la grupetta (el pelotón más lento)». Sonríe a la cámaras. Gesto cómplice. De pícaro. En los años treinta, hubo batallas por esa plaza. Trampas. Ciclistas escondidos para perder tiempo. La organización de la carrera cambió las normas entre 1939 y 1948: cada día eliminaba al último de la general. Así se acabó la picaresca. Luego, todo se calmó.
Perder en el llano
Los hermanos Flores, navarros del Euskaltel-Euskadi, figuran en la lista de los farolillos. Vansevenant les supera. Va a por el tercer título. Tiene su método: «Algunos se empeñan en perder tiempo en las etapas de montaña. Pero es más fácil perderlo en las llanas». Ésa es su meta. Él no disputa otra. Sólo tiene dos victorias: una en Francia, en el Tour de Vaucluse y otra en un criterium belga. Sin embargo, su próxima retirada del ciclismo ha desestabilizado al equipo Silence-Lotto. «Win es como la madre del resto de los corredores. Siempre hace falta gente así en un equipo. Estamos buscando a otro Vansevenant», cuentan en el equipo belga.
«Yo no sé si sufro como el que gana, pero sí que sufro todo lo que puedo. Lo que pasa es que yo llego más tarde», dice. Su propia filosofía. Ha sabido encontrar su tesoro. Y ya piensa en lo que viene: en el futuro sin bicicleta. Sin la luz del farolillo. 'Mister Win' es ingeniero. Agrónomo. De campo. De allí viene. «Mi familia vive de la granja. Creo que por ahí iré yo».
Es su origen. En casa no gustó que se dedicara al ciclismo. «Había mucho trabajo en el campo». Nada de bicicletas. Tuvo que comprarla a pulso. Iba de feria en feria vendiendo conejos. Trabajó para ser ciclista. «Me sigue gustando este deporte. Me ha permitido ver medio mundo. Y defenderse en varios idiomas». Ahora se despide. Quiere el broche. «Me gustaría que el farolillo tuviera un maillot distintivo. ¿Color? Rojo, claro». La 'lanterne rouge'. Luchará por ella. «No será fácil conservar el puesto», repite. Frase de líder. La clasificación al revés.