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Gana en Digne y refuerza su maillot verde de la regularidad en la víspera del inicio de los Alpes

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Freire consuela al ciclismo español
Óscar Freire celebra su victoria de etapa en Digne les Bains, lo que refuerza su maillot verde de la regularidad. / EFE
Óscar Freire no usa reloj. Para qué. No es de este tiempo. Podría haber corrido en los años cincuenta con Poblet. Como él, ha triunfado en la Milán-San Remo. Como él, también, es un huérfano en el deporte español. «¿Cuántos mundiales tengo que ganar para ser portada en los periódicos de mi país?», preguntó una vez. Ya ha vencido en tres y quiere el cuarto. Ser el único. Batir a los enemigos que le quedan por superar. Los del pasado: Binda, Merckx y Van Steenbergen, a tres oros mundialistas por cabeza. Freire podría haber corrido con ellos. Y ahora. Y en el futuro. Su genio no data. En cualquier época ocuparía la primera plaza. Como ayer en la meta de Digne les Bains. O como en París si se lleva el maillot que hoy porta, el verde de la regularidad. Sería el primer español de ese color en más de cien años de Tour. A la meta de Dignes entró a las cinco menos veinte. Sin reloj. Tan puntual con la historia como siempre.
La quiromancia estudia las líneas de la mano. Adivinar el futuro. Vista la raya descendente de éste y los últimos Tours, el destino de este ciclismo es la tumba. Eso dicen las palmas de este deporte, envenenado de dopaje. Sólo tipos como Freire parecen querer cambiar el rumbo de esas líneas. Hacia arriba. En la edición de los positivos de Dueñas, Beltrán y Riccò, y en el Tour que ha vivido la salida del Saunier por la puerta trasera y la desaparición del Barloworld -anunciada ayer para cuando acabe la Grande Boucle-, Freire es un consuelo. Atemporal. Pese a sus 32 años, hace reverdecer el desacreditado ciclismo español.
«Estás demasiado verde para este Tour», le advirtió su hermano Antonio antes de inicio de la carrera. Y así era. Cavendish, el nuevo portento, ha sido el coleccionista de todos los sprints. Los ha cazado al vuelo. Sin oposición casi. Pero ayer, en la víspera de los Alpes, había un puerto de cuarta categoría, el col de Orne. Apenas nada. Y, sin embargo, allí se agitó por completo la etapa. Allí cayó Iván Gutiérrez -el último de la fuga con Casar, Tantik y Bonnet-. Y allí perdió la huella del sprint el británico Cavendish. El sol lleva días trabajando sobre los ciclistas. Ayer trepó a los 38 grados. A Cavendish, los cuatro kilómetros del puerto de Orne le parecieron cuatro minutos en el microondas. Explotó.
Colocación
«Si Cavendish está, seguro que gana», reconoció Freire. Pero ya no estaba. El Tour se iba de Provenza. De ese maravilloso paisaje hecho para la pereza. Y se arrimaba a los Alpes por un terreno arrugado. «Sabía que todos iban a llegar muy tocados», se alegraba el cántabro. Mejor para él. Todos amansados por la cuesta. Quedaba bajar y el sprint en Dignes. El sprint. Esa mezcla de adrenalina, viento, velocidad, ruido, voces y puntería. «El ochenta por ciento de la victoria viene de la colocación», enseña Freire. Es lo suyo. Instintivo. Invisible hasta que aparece a la rueda del velocista con mejor equipo. Antes de Cavendish y ayer de Zabel. Freire es un cuco. Y como ese ave, ocupa el nido de otros. Cuestión de supervivencia.
El Milram de Zabel se frenó. Como dudando. Freire mira hasta con el cogote. Notó el cambio de maniobra. Sólo temía quedar encerrado. Pero la valla suele ser su lugar. Nadie como él sale del sitio malo. El sudor picaba, emborronaba los ojos. Ojos grandes. Cabe todo. Vio a Duque y a Feillu precipitarse. A Freire le basta con sentarse a esperar sus últimos 50 metros. Justo ahí se levantó sobre la horquilla de sus dos piernas. Justo cuando notó entreabierto el flanco izquierdo de Zabel. Al entrar primero sacó la lengua. Gesto de alivio. Por su cuarta etapa en el Tour. La primera de esta edición. «Estás verde, Óscar», le recriminó su hermano hace dos semanas. Verde sigue: líder de la regularidad. El genio regular.
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