El Athletic necesitó noventa minutos para quitarse de encima a un pegajoso Ayamonte. Sudó, sufrió e hizo todo lo que supo y pudo para amarrar una victoria que ya tenía presupuestada en su cuenta de verano. Aduriz se enfundó el traje de salvador para desnivelar la contienda en el último suspiro, un gol que supuso un triunfo por 1-2 y que dejó a salvo el honor rojiblanco. El conjunto local, un Tercera ordenado y solidario, puso en aprietos a los hombres de Caparrós, que en ningún momento lograron someter a su rival. Una cura de humildad en toda regla que demuestra que con el escudo no se gana a nadie.
El guión de la película ya estaba escrito, el del dominio y la superioridad del grande, del poderoso visitante del norte, pero el Athletic lo traspapeló ayer por el camino hacia el campo de Blas Infante. Los rojiblancos saltaron al césped tan tiernos que les costó coger impulso para saltar, hacerse con el control del partido, pies de barro, sujetar a un Ayamonte respondón que no se paralizó ante el escudo y la historia de su rival. Los locales salieron a jugar al fútbol, dar todo lo que tenían, que no era poco dada su categoría, convencidos de que con piernas y corazón se construye un sueño: el de tutear a una escuadra de élite. Lo lograron durante todo el partido y fueron despedidos con aplausos.
El Athletic creyó que se enfrentaría a otro San Roque, plegado a su voluntad desde el pitido inicial, pero rebotó contra un pequeño pulmón que, además, acreditó cierta pericia con la pelota en los pies mientras le duró la gasolina. Los rojiblancos, desnortados y espesos, trataban de hilvanar alguna jugada de peligro para sedar la moral del Ayamonte. Pero las propuestas morían antes de nacer. El equipo se movió con lentitud, inconexo, con Gurpegui e Iturraspe en la sala de máquinas, incapaces de conectar con Yeste y Toquero, que trazaba diagonales en busca del balón y lo único que encontraba era la soledad.
Con semejante panorama llegó la bofetada. Un incomprensible error de Ustaritz, que trató de ceder de cabeza un inocente balón a Armando, fue aprovechado por el delantero local Baiano para batir sin dificultades al portero de Sopelana. Jarro de agua fría para un 'once' que no daba crédito a lo que veía en el marcador. La grada rompió a aplaudir, pero esta vez el reconocimiento sonoro fue para el modesto, con un tirachinas tensado para tumbar al gigante. La pedrada dolió. Los hombres de Caparrós trataron de reaccionar y se fueron hacia arriba, con más corazón que cabeza, pero no encontraron camino hacia la meta defendida por Miguel Rosa. Basta con decir que el primer tiro entre los tres palos llegó en el minuto 38, a cargo de Toquero, que atajó el portero ayamontino.
Falta de frescura
La carga de trabajo acumulada en las piernas de los jugadores del Athletic pesó en exceso. Faltó frescura y sobraron errores. Después del partido de Lepe, Caparrós anunció que quería ver en acción a Toquero, un jugador a la espera de minutos, pero poco pudo ofrecer el delantero vizcaíno. Estaba desasistido y apenas gozó de oportunidades para disparar con pólvora. Su bautizo goleador con la zamarra rojiblanca deberá esperar tiempos mejores. La primera parte resultó ser un auténtico tostón, sólo apto para los incondicionales del balompié.
El panorama cambió en la segunda mitad. Tampoco fue la panacea, una metamorfosis bañada en adrenalina, pero la actitud era otra. Caparrós formó con un 'once' diferente -sólo conservó a Armando, Ocio y Casas-, y se ganó en velocidad. Nada más empezar, Etxeberria puso un balón desde la banda derecha y, con bastante suerte, Gabilondo lo empujó a la red. No se descompuso el Ayamonte. Apretó los dientes y encajó el golpe. El Athletic, con más brío y sensación de peligro, embotelló a los locales y descorchó la botella de la ambición. Lástima que las burbujas tardaran en salir tanto. Una eternidad. Aduriz salvó los muebles y el honor rojiblanco en el minuto 90. La frontera mágica que se cruzó de milagro para amarrar el triunfo.