A veces, las cosas son así. Y el espectáculo debe continuar. En estas frases pudo resumirse lo que pensaba el viernes por la tarde el joven pianista Yaron Herman, que padecía un problema de estómago antes de su actuación en el ciclo Jazz delSiglo XXI. Una vez en escena, el trío desarrolló el concepto musical del israelí, con numerosos elementos amalgamados. Como de costumbre en esta edición, en la que la unanimidad para valorar un concierto brilla por su ausencia, división de opiniones.
O casi. En la velada principal en Mendizorroza, la suerte estaba echada de antemano. En cuanto apareció en escena Sonny Rollins -camisa roja, pantalones blancos y sus sempiternas gafas oscuras- sucedió lo mismo que dos días atrás con Bebo Valdés: el pabellón estalló en aplausos al maestro.
Las piernas del saxo tenor apodado 'Newk', lamentablemente, han sufrido dificultades de articulación en estos dos últimos años. Como contraste, los dedos, los pulmones y la cabeza del legendario jazzman mantienen un nivel que muchos treintañeros se matarían por conseguir. Pero es que él es Sonny Rollins, el Coloso del puente de Williamsburg.
Y comenzó la tónica de la noche, con 'They Say it's Wonderful'. Los largos solos de un fabuloso trombonista como Clifton Anderson o los interminables fraseos de un más que notable guitarrista como Bobby Broom convirtieron cada pieza en un extenso vehículo para la expresión de la banda. Sobre tal concepto -tal vez exagerado para los amantes de un jazz más contemporáneo, pero es el de Rollins- el Coloso plasmó desarrollos ciclópeos con su saxo tenor.
De hecho, la sombra de un iluminado Rollins se proyectaba constantemente sobre las intervenciones de sus músicos, que en ocasiones parecían estar allí sólo para hacer de gregarios del saxofonista. Más de un oyente esperaba que volviera el potente sonido del tenor mientras asistía a solos largos que lastraron demasiado el concierto, al estirar en exceso los ocho temas que ocuparon toda la noche en el pabellón.
'In a Sentimental Mood', 'Don't Stop the Carnival'-lo más animado junto al último corte, una jam sobre un riff ostinato - o 'Where or When' compartieron la velada con 'Sonny, Please' y 'Someday I'll Find You', del más reciente cedé del veterano de Harlem, junto a fragmentos de melodías tan diversas como 'Doxy', el himno de la República Francesa o el 'Blue Moon'. Lo malo es que la excelencia no incluyera la novedad.
Noche final de bossa
Milton Nascimento y la última gran sensación de la música brasileña, la cálida y académica cantante Rosa Passos, cerraron anoche a lo grande el 32 Festival de Jazz de Vitoria, con una velada de suaves ritmos cruzados, complejidad armónica y sentimiento. La apuesta era segura en un Medizorroza atiborrado por miles espíritus y oídos muy abiertos.
La bossa nova cumple 50 años desde que se grabara 'Chega de Saudade' (basta de nostalgia), una deliciosa canción de Antonio Carlos Jobim y Vinicius de Moraes que contenía el germen de la transición de la samba a una música igualmente rítmica, pero menos estridente y con más posibilidades de experimentación.
El festival de Vitoria encomendó su celebración a uno de los cantantes brasileños más grandes de todos los tiempos; para más encantamiento, Nascimento actuó con el grupo de que comandan Paulo y Daniel Jobim -hijo y nieto del recordado Ton Jobim-; guitarra y piano, además de voces, herederos por línea directa del gran Antonio Carlos.