Pocos vecinos habitan el barrio de Zaramillo, en Güeñes, el primero de la localidad encartada que se encuentra a su paso el corredor del Cadagua. Su población, sin embargo, crece de manera exponencial si entre los residentes se cuentan los felinos: el censo de gatos se ha disparado en los últimos meses. Son más de cuatro. Y sus habitantes están hartos. Por eso, han acudido al Ayuntamiento para pedir una solución a la invasión que, en su opinión, acarrea condiciones de «insalubridad». De momento, el Consistorio ya ha hecho pública una ordenanza que multará con entre 300 y 1.500 euros a quienes den de comer a los 'mininos'.
Entre los afectados por esta plaga se encuentra Natalia Fuica, dueña de un estanco frente a la antigua Nacional 636. «El problema es que muchos parecen enfermos y hacen sus cosas en cualquier sitio. Y ahora en verano huele fatal», denuncia. Ella tiene claro por qué hay tantos animales sueltos. «La gente les echa de comer y estos 'bichos' paren cada poco», protesta.
Incluso el enemigo natural de estos felinos les ha dado tregua. Liberada del paso de 25.000 vehículos diarios por la apertura del corredor del Cadagua, la antigua carretera ha reducido la cantidad de atropellos. «Antes les pillaban a menudo, pero ahora ven que ha pasado el peligro y campan a sus anchas», advierten los vecinos.
Más allá de las molestias ocasionadas por el mal olor de los orines -los residentes luchan contra ello con una mezcla de agua y azufre-, los gatos traen consigo las incomodidades de los parásitos. «Van a construir una biblioteca en los bajos de un edificio en el que se resguardaban y al abrirlo han tenido que fumigarlo por todas las pulgas que había», apunta Fuica. Estos pequeños insectos incluso osan a atacar a los habitantes de Zaramillo, que en muchos casos lucen piernas y brazos cubiertos de picotazos.
Pero sus críticas van mucho más allá. Y las dirigen también hacia las personas que les alimentan porque les dejan la comida en lugares por donde se divierten los más pequeños, como el parque y la zona de juegos. «Les ponen esas bolas de carne y tazas con agua que luego los niños andan tocando», clama Alberto Argüeso, residente en la zona.
Tienen aliados
La prohibición de avituallar a los gatos, por otro lado, no parece ser suficiente. Algunos vecinos reclaman medidas más severas. «Hay que evitar que tengan crías», propone Rufino Beaskoetxea. Antes su esposa les tiraba comida por la ventana, pero ahora han visto cómo ha crecido el número de 'mininos' y asumen que sólo causan problemas. «Ni siquiera nos salvan de las ratas, porque están tan alimentados que no se ponen a cazarlas», explica.
A los felinos, sin embargo, no les faltan aliados. Mónica López es una de ellos y pide que se diferencie a los que están enfermos del resto. Ella cuida cinco de estos animales y le gusta verlos rondar por el barrio porque, asegura, no hacen «mal a nadie». Al final, por más que les busquen los tres pies, los 'mininos' están tranquilos.