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Sociedad

16.07.08 -

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Santimamiñe sufrió en los años 60 el azote del turismo. Se emplearon barrenos para abrir pasos, se echó grava en el suelo, se excavaron escaleras en la roca, se colocaron pasarelas, barandillas y escaleras de metal, y se hizo luz donde no había llegado en millones de años. «El primer elemento contaminante era la luz. Había que apagar la cueva y no volver a iluminarla», recuerda el arqueólogo de la Diputación de Vizcaya.
De la gruta se han sacado en los últimos años casi 300 focos, 4.500 kilos de barandillas y 2 toneladas de materia vegetal. Si no se ha levantado el suelo de grava es porque iba a ser peor el remedio que la enfermedad, por la cantidad de polvo levantado. El millón de visitantes que durante más de cuarenta años recorrió la cueva levantó a su paso partículas de polvo que se fueron depositando en las paredes, como una fina película imposible de quitar sin dañar la obra prehistórica. «Si siguiera pasando, con el tiempo, las pinturas quedarían ocultas bajo la capa de polvo».
Los bisontes grabados en una roca troncocónica del pequeño santuario están rayados por generaciones de visitantes que han apoyado sus pies en la piedra. Y unas pocas figuras presentan retoques pictóricos contemporáneos. Así, a un bisonte le salió un cuerno y ganó en intensidad el sombreado de la parte anterior del cuerpo en los años 60. Más recientemente, alguien pintó un ojo al oso y añadió un ramal a la cornamenta del ciervo.
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