Hacía frío en Europa hace 14.000 años. Mucho frío. Ya no había neandertales -se habían extinguido milenios antes-, y nuestros antepasados sobrevivían como podían en un continente medio helado. A orillas del Cantábrico, un clan de cromañones tenía su hogar en la cueva de Santimamiñe, en lo que hoy es Vizcaya. No eran muchos. «Un grupo familiar no tendría más de veintitantos miembros, porque entonces es ingobernable, ni menos, porque en ese caso es demasiado débil», explica Mikel Unzueta, arqueólogo de la Diputación de Vizcaya y coordinador del Proyecto Santimamiñe 2007. Vivían de lo que cazaban, pescaban y recolectaban, y dejaron en las paredes de la caverna su legado, un arte que se recuperó para la Humanidad a principios del siglo XX y que, noventa años después, el hombre ha aislado del mundo para su pervivencia.
Santimamiñe está en el monte Ereño, en Kortezubi, a pocos metros de la ermita de San Mamés, santo al que la gruta debe el nombre. Forma parte de la historia personal de muchos vascos: es la cueva que un día visitaron con la familia, donde tuvieron su primer, y probablemente único, contacto con el arte rupestre. Para los prehistoriadores es una joya, una de las contadas cavernas decoradas por los humanos que vivieron en Europa en el Paleolítico Superior, entre hace 35.000 y 11.000 años. Fue descubierta en 1916 por unos niños que entraron hasta el santuario, la cámara donde se encuentran 43 de las 50 figuras pintadas o grabadas en sus paredes: bisontes (41), machos cabríos (4), caballos (3), un oso y un ciervo.
Una Vizcaya vacía
Los restos más antiguos recuperados de Santimamiñe datan de hace 20.000 años y corresponden a huesos de reno, bisonte y otros herbívoros devorados en la cavidad por osos y lobos. Las primeras pruebas de ocupación humana se remontan a hace 14.000 años. En esa época, ya no hay en la región ni mamuts, ni rinocerontes, ni megaloceros, ciervos gigantes que superaban, en el caso de los machos, los dos metros de altura y estaban armados con cornamentas de más de tres metros de punta a punta. Con gran cantidad de hielo depositada todavía sobre los continentes, el mar se encuentra más lejos que hoy de la boca de la gruta y es una importante fuente de recursos para los habitantes de una Vizcaya, para nosotros, vacía. Unos 400 individuos repartidos en una veintena de clanes ocupaban el territorio en el que ahora viven 1,14 millones de personas.
El hombre de Santimamiñe viste de cuero de la cabeza a los pies -camisola, pantalón y botas de piel vuelta- y se procura el sustento a diario. «Comía todo lo que pillaba: carne, pescado, algo de marisco, frutos, las hierbas blandas que se encontraba por el camino...». La cabra, el ciervo, el salmón y la trucha son habituales en su dieta. «El bisonte no es precisamente fácil de cazar. Es un animal muy rápido, con una masa tremenda». Sus armas son de piedra, hueso y madera, e incluyen arpones con los que pescar en los ríos y a la orilla del mar. El origen del sílex se sitúa en algunos casos en Las Landas, aunque eso no implica que los habitantes de la cueva vizcaína viajaran hasta allí. «Podían intercambiarse piezas durante encuentros de clanes a medio camino».
Todo lo que se sabe de la cueva y sus ocupantes es fruto de tres periodos diferentes de excavaciones. El primero estuvo protagonizado por Telesforo de Aranzadi, José Miguel de Barandiaran y Enrique de Eguren, quienes entre 1918 y 1926 intentaron encontrar el patrón antropológico del vasco primitivo. «Es el equipo más importante que ha habido en la Prehistoria vasca», aseguraba Javier Fernández Eraso, de la Universidad del País Vasco, en las jornadas 'Santimamiñe. Un modo de entender el patrimonio', celebradas en Bilbao en abril. En los años 60, Barandiaran volvió a Kortezubi para reevaluar lo que había hecho décadas antes y, desde 2004, excava la cueva un equipo de arqueólogos dirigido por Juan Carlos López Quintana.
A cal y canto
El arte de Santimamiñe lo crearon las comunidades de cazadores-recolectores que frecuentaron la cueva entre hace 14.500 y 12.000 años. Con qué finalidad es algo que posiblemente nunca se sepa con certeza, aunque la mayoría de los prehistoriadores enmarca las pinturas y grabados dentro de rituales chamánicos en los cuales se divinizaría a animales. «No hay figuras superpuestas. Los artistas valoraban la obra de su antecesores», destaca Unzueta. Milenios después de su creación, cerca de un millón de personas admiraron ese arte desde los años 60 hasta que, primero, el santuario se cerró al público en 1997 y, luego, se decidió que las visitas no fueran más allá del vestíbulo. Todo para frenar el deterioro de unas pinturas hechas con carbón sobre la roca hace más de 12.000 años.
Las figuras más dañadas están fuera del santuario, en una zona del pasillo donde han sufrido el roce de todo aquél que ha recorrido la gruta hasta el famoso 'huevo frito', formación rocosa que marcó durante décadas el final de la visita y a partir de la cual el guía solía decir que la cueva se prolongaba varios kilómetros, hasta adentrarse bajo el mar. No es así. La gruta tiene en realidad 365 metros. Las visitas, durante muchos años poco controladas, tienen un gran impacto en la cavidad. «Una de corta duración puede provocar un aumento de 3,1º C en la cámara de las pinturas, cuando la oscilación anual normal es de 1,2º C. Y también se dispara el CO2», destacó la geóloga María Zaparain, de la firma CRN Consultores, en el encuentro científico de abril. Por eso, al final la Diputación de Vizcaya ha optado por cerrar la cueva a cal y canto. A no ser que la tecnología permita en el futuro ver las pinturas directamente sin dañarlas, Santimamiñe nunca volverá a visitarse, excepto por razones científicas. «Los aparatos lo registran todo. Hasta las vibraciones de la puerta».
Una recreación en 3D sustituye desde mediados de marzo la visita a la cavidad y permite disfrutar -el espectador tiende a agacharse cuando 'pasa' bajo una estalactica- de un recorrido por toda la gruta, incluido el santuario. Es una alternativa al cierre al que están abocadas todas las cuevas con arte rupestre si no queremos quedarnos sin esa parte de nuestra historia. «Si se descubriera ahora una en Vizcaya, no se abriría al público -adelanta el técnico foral-. Cada cueva rupestre es diferente, es una cápsula del tiempo con un mensaje. Y no podemos perder ningún mensaje».