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Bélgica ha vuelto a entrar en crisis. El primer ministro del Gobierno federal, Yves Leterme, presentó a última hora del lunes su dimisión al rey Alberto II, que se ha tomado unas horas para aceptarla mientras escudriña el margen de maniobra que le queda para recomponer los equilibrios del país sin conducirlo a unas nuevas elecciones, que nadie desea.
A Leterme lo ha dinamitado su propio partido, los socialcristianos flamencos del CD&V, que se encuentran coaligados con los independentistas del NV-A, una facción de la extinta Volksunie, formación independentista radical que protagonizó en los 80 y 90 el endurecimiento del diálogo con los valones, y que terminó saltando por los aires fruto de sus propias contradicciones. El CD&V, pero, sobre todo, el NV-A, exigía resultados a Leterme sobre la reforma institucional de Bélgica, hasta convertirla en una confederación. El plazo límite era ayer. La encomienda era imposible de satisfacer porque los interlocutores de Leterme eran sus socios francófonos en la coalición gubernamental sextapartita, y entre ellos prima el criterio de que no hay que hacer nuevas concesiones a los flamencos.
Inalcanzable
El acuerdo entre dos líneas de pensamiento que trabajan sobre supuestos de máximos era inalcanzable, y la guadaña ha terminado cobrándose la cabeza que más sobresalía, la de Leterme, embarcado por convencimiento personal en una operación a la que nadie, salvo, por lo visto, él, veía salida alguna. Debía de ser consciente, porque la de anteayer es su tercera dimisión desde que decidiera, aupado por los resultados de las elecciones de hace un año, embarcarse en la aventura de la reforma de Bélgica para convertirla en una confederación desde la estructura federal con la que el país se dotó en 1993.
Conocida la dimisión, el norte flamenco y el sur francófono se lanzaron los reproches habituales: para los flamencos, el fracaso de Leterme se explica en la cerrazón de los valones y bruselenses a transigir con una reforma del Estado que, para ellos, es imprescindible. La presidente del CD&V, Marianne Thyssen, manifestaba a mediodía que «Leterme ha hecho todo cuanto era humanamente posible para cumplir con su responsabilidad». Y si no se ha llegado a un acuerdo sobre el reparto competencial en el país es porque «se han alcanzado las fronteras de lo que es posible (realizar) a nivel federal».
La tesis de que el modelo de Estado belga no sirve ya para dar satisfacción a los flamencos la expresaba también el presidente del grupo socialcristiano en la Cámara, Servais Verherstraeten, quien afirmaba sin ambages que «el centro de gravedad debe ser desplazado a las regiones. El modelo federal actual ha llegado a su término».
Verherstraeten cree que «toca ahora a los francófonos demostrar que están dispuestos a asumir sus responsabilidades», y buscar «un nuevo equilibrio» para el país. «Estamos persuadidos de que es necesaria una reforma del Estado para realizar cambios socioeconómicos Esperamos que los francófonos vayan más lejos» (que hasta ahora, en las negociaciones para la reforma del Estado).
Demasiado lejos
Para los francófonos, son los flamencos los que han llevado las cosas demasiado lejos. La defensa a ultranza del principio de territorialidad, en la disputa eterna sobre las fronteras lingüísticas y la escisión del distrito electoral Bruselas-Hal-Vilvorde, han sido planteadas por los flamencos, según ellos, en términos absolutamente inaceptables.
La escisión de este distrito, juzgada irrenunciable por el NV-A, pasa, según los francófonos, por un aligeramiento del corsé flamenco sobre Bruselas, a través de las seis 'comunas con facilidades' lingüísticas de la periferia bruselense, que caen del lado de la 'frontera' flamenca, pero donde la población francófona es o muy significativa, o mayoritaria
Días atrás, flotaron en la prensa belga ideas de un 'corredor' -la Chaussée de Waterloo, una calle de Bruselas, que sería puesta bajo administración conjunta flamenca y francófona-, que enlazaría la francófona Bruselas con Valonia. La idea no mereció crédito a nadie.
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