En la China comunista del siglo XXI, la misma que desterró dinastías tiránicas, viven cada día más emperadores. Exactamente cien millones, algo más que la población de Alemania. No gobiernan el país, pero sí tienen el poder absoluto en el seno de cada familia. La política del hijo único, introducida en 1979 para prevenir una superpoblación de efectos dramáticos, comienza a dar problemas a un país que ve cómo sus habitantes envejecen rápidamente y que, sobre todo, comprueba los efectos que ha tenido en la generación conocida como la de los 'pequeños emperadores'.
Zhu Meinu nació en 1985 en el seno de una familia de clase media del París de Oriente, Shanghai. Sus progenitores, de la etnia mayoritaria, querían la pareja, pero llegaron tarde. Deng Xiaoping ya había puesto en marcha el control de natalidad, una polémica normativa que atenta contra el derecho fundamental de las personas a reproducirse, y que, teóricamente, sólo iba a estar en vigor durante una generación. Para mayor desilusión, las esperanzas de que Meinu fuera varón se desvanecieron en el parto. Era la época álgida del infanticidio, pero sus padres decidieron que tenía derecho a vivir.
Han pasado 23 años y la familia Zhu ha prosperado gracias a la apertura económica. Como buenos emprendedores natos, abrazaron el capitalismo cuando aún era una idea difusa, y su negocio privado les ha deparado una alegría tras otra. Ahora, Meinu calza sandalias de 120 euros, viste vaqueros Calvin Klein del mismo precio, Esprit decora su blusa, y reconoce que la ropa interior le ha costado casi tanto como el resto del conjunto. Eso sí, el bolso de Louis Vuitton es falso.
Junto a su amiga Xiao Xiao, dos años más joven que ella pero igual de adicta a las marcas occidentales, se fotografía frente a los rascacielos de la ciudad en un día soleado. Las imágenes las recoge un iPhone de la primera generación, aparato que compró a pesar de que su precio supera la renta anual en el campo, y de que en China todas sus funciones no están operativas. «Es un objeto que da estatus», explica. Ambas son ejemplo y producto de la política del hijo único, «niñas mimadas al extremo de que no saben ni atarse los cordones de los zapatos», admite la señora Zhu.
Eso sí, Meinu, cuenta ya con la licenciatura de Económicas y pronto se matriculará en la Universidad de Yale, en Estados Unidos, para obtener un máster de prestigio. Cuando regrese, buscará trabajo y pareja. «Somos afortunadas. Hay tantos hombres que podemos elegir el que nos conviene». No le falta razón; por cada cien mujeres hay 118 varones con dificultades para encontrar su media naranja, un hecho que preocupa a las autoridades: aumenta la inestabilidad social y las prostitutas no dan abasto.
País de ancianos
Sin duda, la China de hoy tiene muy poco que ver con la que dirigió Deng Xiaoping. En tres décadas, la renta per capita casi se ha cuadruplicado y, con ella, la calidad de vida. Los chinos viven ya una media de 75 años, muy cercana a la de España, y el 8% de la población supera actualmente los 65. Con una tasa de fertilidad de 1,7 hijos por mujer y casi sin inmigración, ese porcentaje no dejará de crecer hasta que, según los detractores de la ley, resulte un peso insoportable para quienes están en condiciones de trabajar. «Sin un sólido sistema de seguridad social y de pensiones, ¿cómo van a conseguir los hijos únicos alimentar a sus padres y a sus abuelos?», se pregunta un internauta en el foro del diario oficial 'China Daily'.
Según las cifras oficiales publicadas por el Gobierno esta semana, la política de natalidad ha conseguido evitar el nacimiento de unos 400 millones de personas, y ha permitido la modernización del país y un crecimiento sostenido y sostenible. Pero muchos se preguntan por cuánto tiempo podrá China seguir su camino con más de cien millones de hijos únicos.
La pirámide demográfica ha perdido la forma que le da nombre para convertirse en una torre más propia de los países desarrollados. «La población envejece, y los fuertes lazos que caracterizaban a la familia comienzan a desintegrarse, lo cual tiene un efecto negativo doble», explica Xu Anqi, profesor de sociología de la Universidad de Fudan, en Shanghai. «Triunfa el individualismo y aumenta la dependencia, dos tendencias incompatibles que están introduciendo una gran presión en la sociedad».
Multas
Por si fuera poco, el auge económico ha creado una amplia base de nuevos ricos que no lo piensan dos veces antes de concebir su segundo progenitor y pagar la multa que va asociada, cuyo importe se determina por la renta familiar, un dato poco relevante en la economía gris de China. «Es más barato que matricular un coche en Shanghai», afirma una pareja que prefiere mantener el anonimato. «Cuando nos dijeron que la multa era de 37.000 yuanes (unos 3.500 euros), nos decidimos a tener el segundo». Como ellos, muchos otros optan por este camino, lo cual provoca un aumento de las ya de por sí abultadas diferencias sociales. Y, lógicamente, el enfado de las clases más desfavorecidas.
La insumisión no para de crecer, y ha llegado incluso a los miembros del propio Partido Comunista. En la provincia norteña de Liaoning, por ejemplo, el gobierno central descubrió que veintiuno de sus líderes provinciales habían quebrado la ley, y no dudó en degradarlos y ponerlos en la lista negra, pero la noticia se filtró a la prensa y el debate prendió fuego. Según una encuesta no científica del portal de Internet QQ.com, un 61% de la población está a favor de abolir ya la ley del hijo único.
Reformas en 2010
Los periódicos chinos echaron más leña al hacer público que el Gobierno también había decidido imponer grandes multas a los famosos que tuvieran más de un hijo. El futbolista Hao Haidong tuvo que abonar 50.000 yuanes, calderilla comparado con los 5 millones que le paga su club anualmente.
A pesar de que el propio presidente del país, Hu Jintao, ha asegurado que la norma estará en vigor, por lo menos, hasta 2010, el Gobierno no ha podido darle la espalda al debate, y ha prometido medidas para paliar sus efectos negativos. «Queremos cambiarla poco a poco. No puedo decir cuándo o de qué manera, pero éste se ha convertido en un tema clave entre quienes toman las decisiones en el Gobierno», declaró a la agencia Reuters la viceministra de la Comisión Nacional de Población y Planificación Familiar, Zhao Baige.
Tráfico de chicas
Es muy posible que las reformas comiencen en los lugares más afectados por el infanticidio, una práctica erradicada casi por completo, y por el aborto selectivo, llevado a cabo tras el uso de tecnología para conocer el sexo del bebé, ilegal en China. Y allí donde, como consecuencia de ambas prácticas, el desequilibrio entre sexos es mayor. En las provincias de Jiangxi, Guangdong, Anhui y Henan, por ejemplo, hay 130 hombres por cada centenar de mujeres, razón por la que el tráfico de personas, sobre todo de chicas jóvenes a las que se vende en matrimonio, se haya convertido en un negocio de dimensiones considerables. Muchas de ellas ni siquiera cuentan, porque las familias pobres que no evitan los embarazos sucesivos optan en muchas ocasiones por no registrarlas.
«Si mantenemos la ley, nuestra sociedad terminará resquebrajándose», critica Love Rabbit en un comentario de su blog. «Es necesario que el Gobierno tome conciencia del problema y permita que crezca la población. De lo contrario, todo lo que hemos conseguido hasta ahora con las reformas económicas se echará a perder». Prueba de que Love Rabbit no está solo en sus opiniones, que conforman un raro ataque público a la cúpula del poder chino, son los 147 comentarios que ayer le daban la razón de forma casi unánime.