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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Sociedad

SOCIEDAD

Altivos en público, apocados en privado. Todo el mundo se cree acreedor de derechos y merecedor de reverencias por parte de los otros
13.07.08 -

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Sobreestimados e infravalorados
Pocas palab ras tan mágicas, tan trilladas, tan alzadas a la categoría de dogma como autoestima. La consigna de nuestra época. Es necesario cuidar la autoestima, mantenerla elevada, no tolerar que nada ni nadie nos la dañe. No hay libro dedicado a la mejora personal donde no aparezca como talismán y panacea. Todos aseguran que con una autoestima en buen estado se llega a todas partes. Que si la cultivamos debidamente alcanzaremos el éxito sin ningún género de dudas. Pero ¿sabemos realmente en qué consiste la autoestima? Y, lo que es más importante, ¿la situamos en sus justos términos?
Casi todos los especialistas coinciden en considerar la autoestima como el juicio que cada uno hace de sí mismo en relación con su mundo de valores. Cuando vemos que nuestras capacidades y nuestras acciones encajan en aquello que consideramos válido, la autoestima crece. En cambio desciende en aquellas personas a las que el espejo devuelve una imagen con la que no están conformes. De modo que la autoestima, como resultado de un proceso de evaluación que es, depende más del baremo con que cada cual se examine a sí mismo que de la realidad objetiva. Hay personas modélicas en todos los aspectos de la vida cargadas de complejos y junto a ellas auténticas piltrafas morales o intelectuales convencidas de su superioridad sobre los demás. Ni el triunfo garantiza una buena autoestima ni el fracaso aboca siempre a la vergüenza y el abatimiento. Todo depende de cómo afecten a la consideración que cada cual tenga de su persona.
Quizá esta veleidad evaluativa sea lo que explique que una misma persona pueda sentirse al mismo tiempo orgullosa y decaída, crecida y rebajada, gigante y liliputiense según en qué cosas. La vida se comporta a menudo como una montaña rusa en la que tan pronto nos vemos alzados a la cima más alta como lanzados vertiginosamente contra el suelo. En lo tocante a la autoestima, abunda cada vez más ese perfil humano ciclotímico, hoy eufórico, mañana deprimido, resultante de las oscilaciones del proceso evaluador impuestas por los patrones culturales, sociales y psicológicos del medio.
Podría decirse que el hombre de hoy sobredimensiona su propia estima en el plano social y político mientras que la infravalora en el plano personal, emocional y afectivo. Por una parte las estadísticas de atendidos en consultas psiquiátricas muestra cómo crece exponencialmente el número de personas infelices y descontentas consigo mismas, pero por otra todo el mundo tiende a considerarse acreedor de todos los derechos y merecedor de reverencias por parte de los otros.
Altivos en público, apocados en privado. El discurso publicitario y el político transmiten al sujeto -consumidor más que ciudadano, número más que individuo- la impresión de que es importante, magnífico, perfecto. Se trata de halagarle para captar su voluntad y atraerlo hacia la marca o el partido correspondiente mediante el siempre eficaz recurso a la adulación. En el espacio social diseñado por la ficción mediática, esas voces que dicen «te lo mereces todo», «no te dejes avasallar», «tú vales mucho» invitan a mostrarse arrogante y crecido por el solo hecho de lucir un determinado logotipo en el coche o en la ropa, exigente al acudir a las oficinas públicas, valentón para manifestarse tras una pancarta y corear gritos reivindicativos en masa.
Pero esa autoestima desbordante suele desinflarse cuando uno se encierra a solas en su casa. Es el momento de afrontar la evidencia de un cuerpo que no nos gusta, de unas relaciones personales insatisfactorias, de los pequeños o grandes fracasos profesionales o afectivos que nos hacen dudar de nuestra valía. Los mensajes narcisistas del entorno ya no surten efecto cuando el individuo ha perdido la fe en sus capacidades y en sus cualidades. La evaluación da como resultado un suspenso demoledor.
Los adolescentes son un claro ejemplo de esta condición contradictoria de la autoestima. El gallito líder de grupo que maltrata a sus compañeros más débiles, el rebelde que mira al profesor como si le perdonara la vida y se crece cuantas más reprimendas recibe, o abusa de sus padres a sabiendas de que han renunciado a ejer cer su autoridad y de ese modo le han otorgado un estatus de rey de la casa, representa el lado social de una autoestima errónea. Una autoestima que desaparece a la hora de la resolución de problemas, de la construcción de una imagen aceptable de uno mismo, del abastecimiento de recursos para asimilar la frustración o el desengaño, de crecer, en suma.
Ni tanto, ni tan poco. Una autoestima sometida a vaivenes y altibajos no merece tal nombre, porque entre otras cosas el sentimiento de conformidad con uno mismo se asienta en la posesión de unas normas interiores estables. Y es que a veces da la impresión de que, como ya señaló el psicólogo Robert Ellis cuando empezaron a hacerse visibles las consecuencias negativas de tanto quererse a uno mismo, «los esfuerzos terapéuticos estarían mejor encaminados a conseguir que la gente renunciara a la autoestima».
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