Cuatro decenas largas de jefes de Estado y de Gobierno de la UE y la ribera meridional del Mediterráneo, desde Mauritania hasta Turquía e Israel, se reúnen hoy en París para revitalizar las relaciones de la Europa comunitaria con los vecinos del sur, los doce países que en 1995 suscribieron los acuerdos de Barcelona junto con Albania, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Montenegro y Mónaco. Libia, que no forma parte del Proceso de Barcelona, asiste a esta reunión en mera calidad de observadora. Su líder, Muamar Gadafi, la ha criticado ásperamente.
El encuentro servirá para institucionalizar el contacto entre los países europeos y los meridionales a través de una presidencia compartida por un estado del norte y otro del sur y un secretariado cuya sede no está aún definida.
Además, la cumbre euromediterránea de París permitirá poner en marcha seis proyectos a medio o largo plazo, algunos de los cuales han sido enunciados en el Proceso de Barcelona pero que languidecen debido a la falta de recursos. Se trata de la descontaminación del Mediterráneo, la creación de infraestructuras terrestres en los distintos países y la definición de varias autopistas del mar, la cooperación en materia de protección civil, la creación de una universidad, el lanzamiento de una iniciativa para investigar la energía solar y la puesta en marcha de un plan para las pequeñas y medianas empresas.
España observa esperanzada los objetivos de la cumbre. Sólo mediante un despegue económico de los estados será posible atenuar la presión migratoria africana hacia el norte, y la colaboración política y económica de Europa con el sur puede resultar muy fructífera.
Los aspectos políticos del documento de conclusiones permanecen abiertos, a la espera de las discusiones que tendrán lugar hoy. Estos conciernen a la presencia de la Liga Árabe en el Proceso de Barcelona-Unión para el Mediterráneo (PB-UMP), la declaración de Oriente Próximo como área libre de armas de destrucción masiva, la condena del terrorismo, aunque Siria mantiene sus reservas sobre qué se debe englobar bajo el concepto, la contribución del PB-UMP para la paz entre israelíes y árabes, la definición geográfica del Estado palestino, la liberalización del comercio o algunas de las cuestiones institucionales, entre las cuales una de las más difíciles de resolver es el tema de la rotación de las presidencias, ante la eventualidad de que Israel pueda terminar presidiendo a sus enemigos árabes.
Francia no descarta dejar pendientes los aspectos que más conflictivos para una nueva reunión del PB-UMP prevista en Marsella para el próximo otoño.
Escasez presupuestaria
La cuestión económica ensombrece también el futuro de la iniciativa. El presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, reconocía el pasado miércoles ante la Eurocámara que apenas el 10% de los fondos de la Política Europea de Vecindad estarán disponibles para el PB-UMP, lo que equivale a 562 millones para el período 2007-2013.
De ahí que el concurso de la iniciativa privada se revele como fundamental para el éxito del proyecto. Las cifras que se barajan en su marco son muy importantes. Sólo la descontaminación de 44 puntos negros del Mediterráneo está tasada en 2.100 millones. Faltan 1.700 millones para completar los 330 kilómetros que quedan de construir en las autopistas que unen Túnez, Argelia y Marruecos, y las inversiones para crear la red de protección civil, que actuaría en casos de catástrofes, ni siquiera están cuantificadas. Se da por hecho que Sarkozy presentará durante la reunión un paquete presupuestario, acopiado entre la iniciativa privada y con una cuantía por desvelar.
Hay otras corrientes de fondo que todavía no se han serenado y que no parece que lo vayan a hacer. Por ejemplo, Turquía. El presidente francés concibe el PM-UMP como una vía para rechazar a la república islámica en la UE, pero el primer ministro otomano, Recep Tayipp Erdogan, que asiste al encuentro, ni siquiera se lo plantea.
Reunión fastuosa la de hoy en París, pero con muchas incertidumbres sobre la viabilidad del proceso.