Hay sustos que no se olvidan en toda la vida, y más si pudieran haberse evitado. Fuentes de la investigación del asalto perpetrado el pasado fin de semana a un chalé de Sopelana, a las que ha tenido acceso EL CORREO, han desvelado que la vivienda objeto del ataque ya había recibido una semana antes la visita de, al menos, otro intruso. Sorprendido cuando trataba de franquear la tapia de la casa por dos operarios de una empresa de riego, el hombre escapó en un 'Ibiza' de color gris; curiosamente, el mismo modelo y color que fue visto dos días más tarde en el intento de robo de otra propiedad, esta vez en la vecina localidad de Urduliz. La Policía local conoció lo ocurrido por boca de los testigos, si bien no comunicó entonces lo ocurrido a la Ertzaintza por considerar que se trataba de un «suceso aislado» y no hallar en las cámaras de seguridad instaladas en las inmediaciones del chalé indicios que permitieran identificar sospechosos ni apuntaran a la comisión de un delito.
Las alertas se encendieron por primera vez el pasado 30 de junio, lunes, cuando aparecieron en la parte posterior del chalé signos de que alguien había intentado colarse por la valla de este inmueble de la calle Arrietara, en las inmediaciones de la playa. Según testimonios recabados por este periódico en el vecindario, eran las ocho de la mañana cuando los propietarios repararon en que el macizo de flores que se levanta junto al muro había sido pisoteado y que un intruso había doblado el cerramiento al descolgarse al interior de la finca.
Apenas una hora después, dos operarios de una empresa de riego automático que se disponían a realizar unos trabajos en la propiedad vieron a un hombre que se disponía a saltar la tapia y que, al percatarse de que había sido descubierto, emprendió la huida. Se dirigió hacia un 'Seat Ibiza' gris que había dejado aparcado en las inmediaciones, junto a un pivote colocado para impedir el paso de coches ajenos al recinto y que a menudo son dejados allí por bañistas que se dirigen al arenal. Lo que quizá no sabía el asaltante, porque en aquella ocasión -y al contrario de lo que pasaría seis días más tarde- iba a cara descubierta, es que en ese punto hay instaladas dos cámaras de seguridad que, según los residentes, «funcionan las 24 horas». La Policía local, sin embargo, precisa que enfocan sólo el paso de cebra, por lo que no recogieron «en ningún momento» la precipitada huida del sospechoso. Las mismas fuentes sostienen que los sistemas de almacenamiento de imágenes graban sobre lo grabado cuando se determina que la cinta no contiene datos relevantes.
Las víctimas del asalto decidieron poner los hechos en conocimiento de la Policía Municipal de Sopelana, que envió dos agentes. Hablaron con los dueños de la casa y los testigos, que les detallaron el intento de invasión y la vía de escape del presunto ladrón. También supieron de la inquietud del matrimonio, convencido de que el hombre sorprendido en su seto estuviese estudiando por dónde era vulnerable la casa para planificar después el robo. Fuentes próximas al matrimonio afirman que obtuvieron de la Policía el compromiso de que avisarían ellos mismos a la Ertzaintza. Temían que se produjeran «lagunas» en la vigilancia, «ya que la guardia urbana no patrulla por las noches ni los fines de semana».
Su versión contrasta con la ofrecida por el responsable de la guardia urbana. Sostiene que les aconsejaron que, «si volvía a producirse algún problema, llamasen a la Ertzaintza». Cuando, seis días más tarde, los hechos se precipitaron, no hubo margen de maniobra para mantener alejada la amenaza.
«Una chiquillada»
La historia, lejos de engrosar el capítulo de falsas alarmas, no había terminado. El sábado siguiente, de noche, los ocupantes del chalé de Arrietara sufrieron un asalto en toda regla, perpetrado por una banda profesional formada por cuatro individuos que irrumpieron en la casa con capuchas negras, 'walkie-talkies' y guantes para no dejar huellas. Según ha trascendido, los delincuentes mantuvieron retenidos a sus ocupantes, a los que golpearon con saña, amenazaron y maniataron, para después desvalijarlos y huir con 6.000 euros en dinero y joyas. Todo ello en una propiedad dotada de alarmas, como indican los carteles colocados a la entrada.
Cuando los asaltantes huyeron y las víctimas lograron contactar con la Policía local, la primera pregunta fue por qué no habían comunicado a la Ertzaintza el riesgo que corrían después del episodio vivido seis días atrás. La respuesta que obtuvieron por teléfono -«Porque es una chiquillada»-, les llenó de indignación, aunque, según fuentes próximas a la familia, la voz del otro lado de la línea rectificó sobre la marcha al conocer el alcance del suceso. «La Policía de Sopelana no evaluó el problema en su justa medida», critican, para añadir después que el intruso sorprendido en la tapia «estaba mirando por dónde era vulnerable la casa para proceder después a violentarla». «Si la guardia urbana hubiese actuado como debía, esto no habría pasado», se lamentan.
Responsables de la Policía Municipal, por su parte, mantienen que la información que manejaban antes del asalto «no era relevante». «El operario dio una descripción imprecisa, y la grabación de las cámaras no mostraba ni el vehículo ni a su conductor. Como además habíamos recibido quejas de esa misma casa en ocasiones anteriores para denunciar celosías rotas, flores aplastadas y la presencia de gente orinando contra la valla, nada hacía pensar en que este episodio tuviera algo de especial. Tenemos por costumbre comunicar cualquier suceso trascendente a la Ertzaintza, pero éste -añadió su portavoz- no era el caso».
La Ertzaintza, entretanto, continúa investigando «en colaboración con la guardia urbana» las circunstancias que rodearon el asalto. Recaban el testimonio de los operarios que forzaron la huida del presunto ladrón al increparle, y del vecindario, que ha visto repentinamente alterada una rutina marcada hasta ahora por el ir y venir de las mareas.