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TRAGEDIA EN LA CARRETERA

La conmoción invadió ayer el arenal de Aritzatxu, en Bermeo, tras conocerse la noticia del fallecimiento de uno de sus socorristas en un accidente de moto en Loiu

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La playa de Jon
La recogida playa de Aritzatxu, presidida por el puesto de vigilancia. / MAIKA SALGUERO
A pesar del día radiante, la playa de Aritzatxu, en Bermeo, amaneció ayer con una fuerte resaca. No por la influencia de las mareas, sino por la trágica noticia del fallecimiento de uno de sus socorristas. Jon E.G., uno de los dos jóvenes que perdieron la vida el lunes en el accidente de moto ocurrido en Loiu -la segunda víctima fue su primo Imanol L.G., de tan sólo 16 años-, trabajaba en este arenal desde el año pasado. Aquí, en esta playa tan distinta de las demás, Jon se ganaba unos euros salvando vidas y, cuando su intervención no era necesaria, conversaba con los bañistas hasta que la caída del sol marcaba el final de la jornada.
Este pequeño rincón de la costa del Cantábrico no es una playa al uso. Sus características orográficas impiden que se masifique y le dan un aire familiar. Y esta circunstancia, unida al carácter abierto, «siempre alegre», de Jon, propició que el socorrista se convirtiera en un «amigo» para muchos de los bañistas. Acababa de cumplir 25 años en junio y ya tenía un círculo de conocidos entre los jóvenes que rondaban el arenal. Pero su personalidad también dejó huella entre sus compañeros de profesión. En ocasiones solía ir a Bakio, siempre montado en su moto, para compartir risas y experiencias con los colegas que trabajan en ese arenal.
Por eso la noticia cayó ayer como una pesada losa en Aritzatxu. Especialmente entre sus compañeros del puesto de socorro. Rotos por el dolor, evitaron realizar cualquier tipo de comentario. No estaban para conversaciones y optaron por ocultar sus ojos llorosos tras oscuras gafas de sol. Un día antes habían compartido con él las horas de vigilancia. Pero ayer ya no estaba. Y su ausencia se sentía en el ambiente.
El martes, como siempre, Jon llegó puntual al arenal. Eran las once de la mañana. Hasta el cierre del puesto -las 20.00 horas- tuvo tiempo para cambiar comentarios con unos y otros. «Le dije que hoy -por ayer- traería una tortilla de patatas para comer con él», lamentaba una de las usuarias de Aritzatxu. «Cuando he llegado y no aparecía me he extrañado; tanto con sol como con lluvia, Jon siempre cumplía a rajatabla su horario», explicaba otro bañista.
Todos los que le conocían coincidían en un aspecto: el joven de Erandio se hacía notar por «el buen humor que desprendía desde primeras horas de la mañana». A pocos kilómetros de allí, en Bakio, la noticia también causó una profunda conmoción. Durante unos meses, Jon trabajó como socorrista y como monitor de natación en el polideportivo. «Disfrutaba por igual en las sesiones con los niños como en las clases de 'aquagym'», recordaba la coordinadora de las instalaciones, Saioa Uriarte. «Desde que me he enterado tengo los pelos de punta», confesó. Según su testimonio, «era un chaval correcto, educado, sensato y con la cabeza bien amueblada. Un verdadero profesional».
Escalada y barranquismo
Aunque estaba centrado en el socorrismo, el muchacho tenía en mente encaminar su futuro como policía municipal. Ya había comenzado a preparar las pruebas de oposición e incluso se llegó a examinar para un puesto de agente en la comisaría local de Durango. En los ratos libres dedicaba su tiempo a la escalada y el descenso de barrancos, entre otras actividades deportivas.
El martes, a pesar de que, a falta de un cuarto de hora para el cierre del puesto, apenas quedaban tres personas en el arenal de Aritzatxu, siguió en su atalaya hasta cumplir la jornada. Como siempre. Pendiente de su gente, de su playa. Después, arrancó su moto y, junto a su primo, que se había acercado de visita, abandonaron el lugar. La tragedia segó sus vidas poco después en una carretera secundaria.
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