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Política

CIERRE DEL 37 CONGRESO DEL PSOE

El presidente aumenta su poder en el partido y consigue que el 37 congreso deje fuera de la dirección a los barones territoriales

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José Luis Rodríguez Zapatero no irá tan lejos como habían pedido las bases de su partido. Ayer anunció que convertirá en ley las propuestas más moderadas del cónclave socialista pero dejará en el aire la iniciativa en la que el 37 Congreso del PSOE se había atrevido a ir más lejos: la despenalización del aborto en los primeros meses de embarazo. El presidente del Gobierno prometió que regulará el testamento vital y los cuidados paliativos para enfermos en fase terminal y aseguró que llevará a la práctica el derecho al voto de los inmigrantes en elecciones municipales. La apuesta por la laicidad quedará también recogida en la ya anunciada reforma de la ley de libertad religiosa. Pero de una ley de plazos, nada. Sólo el agradecimiento a las militantes por haber llevado al partido a «reflexionar en voz alta que no es posible nunca incriminar a la mujer que se siente en la necesidad de interrumpir un embarazo».
La dirección del partido ya había advertido de antemano de que nada de lo que se aprobara en el cónclave socialista celebrado este fin de semana en Madrid enmendaría un programa electoral que fue ratificado por once millones de españoles. A pesar de verse obligados a debatir sobre cuestiones que hubieran preferido dejar aparcadas, el aparato dirigido por el ahora vicesecretario general, José Blanco, logró rebajar las sugerencias más radicales de la militancia en asuntos como la eutanasia o la laicidad. Las mujeres, que tuvieron que negociar con la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega, a pesar de que ni siquiera está afiliada al PSOE, sí lograron, en cambio, ir más allá de lo prometido en campaña.
Su hazaña quedará sólo en el plano ideológico, pero nadie armará mucho ruido. Zapatero es ya el líder socialista con menor contestación interna. El sábado fue elegido secretario general con el histórico respaldo del 98,43 % de los votos delegados. Y su ejecutiva fue aprobada ayer por el 98,92% de los militantes; sólo diez votos en blanco de 930. El mismo político leonés al que gran parte de la 'vieja guardia' acogió con escepticismo en el año 2000 ha conseguido en ocho años lo que intentó ya Joaquín Almunia, y no pudo llevar a cabo: dejar fuera de la dirección del partido a los barones territoriales, que habían ganado sus posiciones en 1994 de la mano de Felipe González.
Margen de maniobra
El líder socialista se encuentra en su momento de mayor soledad política fuera de su propia casa. Pero de puertas adentro su margen de maniobra es amplísimo y la estructura de la nueva ejecutiva es una prueba de ello. En el núcleo duro ha situado a hombres y mujeres de su confianza o, en su caso, de Blanco: la secretaria de Organización, Leire Pajín, el secretario de Ideas y programas, Jesús Caldera; la secretaria de Política Internacional, Elena Valenciano; el de Ciudades y Política Social, Antonio Hernando o el secretario ejecutivo de Cultura, José Andrés Torres Mora. Muy suyo es también el golpe de efecto de incluir a la dominicana Bernarda Isabel Jiménez, la primera inmigrante en el órgano de dirección del partido.
Hecha la operación, Zapatero fue recibido en loor de multitudes, mientras con parsimonia bajaba las escaleras del abarrotado plenario con música triunfal de fondo. Se fundió en un abrazo, poco antes de llegar al final, con el ministro de Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba; un peldaño más allá con el presidente del PSOE, Manuel Chaves; luego con Alfonso Guerra y, entre fortísimos aplausos, con Felipe González. Ya en el estrado, tuvo unas palabras de agradecimiento para el combativo secretario general de los socialistas extremeños, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, que por primera vez en catorce años no estará en la dirección. El veterano político, que empezó este congreso con una crítica a la exclusión de los barones y la entrada de «bebés» en cargos de responsabilidad, se mostró muy efusivo y cariñoso con Pajín.
El evento resultó así todo un acto de celebración para el jefe del Ejecutivo, un oasis en el que reponerse de las dificultades externas, a las que no le quedó más remedio que hacer mención. Frente a los suyos ensayó la ofensiva con la que pretende dar respuesta a la lluvia de críticas por su negación de la crisis económica. Reconoció que España atraviesa «serias dificultades» y aseguró estar preocupado. Pero defendió que también es su obligación reconocer la capacidad que tiene el país para recuperarse. «Que nadie cuente conmigo para alimentar la preocupación o el desánimo», alegó.
«Formamos parte de una generación de españoles a los que las dificultades ni nos asustan, ni nos paralizan; y además de ser capaces de valorarlas en su justa medida, somos capaces de afrontarlas con el coraje y la tranquilidad de ánimo de quien está seguro de poder superarlas».
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