«Los ausentes siempre se equivocan», cita Christiam Prudhomme. El patrón del Tour no añora a Ullrich, Basso, Landis o Vinokourov. Ni al equipo Astana, aunque eso le impida alinear hoy en la salida de la ronda a Alberto Contador, el último dueño de la Grande Boucle. «El Tour tiene la capacidad extraordinaria de generar nuevos héroes». Autosuficiente. Con fuerza hasta para descartar al número uno. «Dejar fuera al Astana no es una medida dirigida contra Contador. Pero no teníamos otra opción que 'pasar' de ese equipo este año», subraya. Vetado por el positivo de Vinokourov en 2007. Por traición. «Volverán... si lo merecen. Nuestro deber es defender ese monumento vivo que es el Tour», zanja. La carrera por encima de sus protagonistas, incluso del dorsal '1'.
Del Tour de 2007 queda la imagen de un campo de refugiados. La de Rasmussen, líder expulsado. De noche. Con su piel pálida; el cráneo rapado; el pescuezo de pollo. Perfil calcado de las víctimas del holocausto. El danés acabó así el que iba a ser su Tour: hecho cenizas en el horno crematorio de la sospecha de dopaje. Unos días después, Contador subió al podio de los Campos Elíseos. Un campeón nuevo, espectacular, con una emotiva historia de supervivencia detrás. Aire fresco. Pero al Tour no le salían las cuentas. Por primera vez, había notado el desafecto del público: los estridentes silbidos a Rasmussen cuando aún era el maillot amarillo. Esa prenda es el Grial de la ronda gala. Mancharla es pecado. «Nuestra carrera tiene el deber moral de mostrar el camino -en la lucha antidopaje-», avisa Prudhomme. Operación de limpieza.
Pese a diez años de escándalos, el Tour es un músculo. Medio mundo se disputa ser su salida: Qatar, Tokio, Utrecht, Rotterdam, Dusseldorff, Bilbao, Lugano, Budapest, Quebec, Estonia y Estambul han cursado la petición. Le sobran escenarios. Y de la fabricación de héroes, como dice Prudhomme, ya se encarga la carrera. El Rabobank, el equipo en 2007 de Rasmussen, viene ahora con Menchov para cobrar esa deuda. El año pasado, el conjunto holandés expulsó a su líder por la presión del Tour. Menchov está a punto. Por edad y trayectoria. Tiene ya dos Vueltas a España. Y viene del Giro: «Antes de una gran vuelta, me sienta bien correr otra», dice. Es un fondista. «Llevo dos meses sin hablar con nadie, centrado en esta carrera», confiesa. Risueño. Bromista. Seguro. Es un ruso feliz: en su teléfono móvil luce la fotografía de un chuletón. Señal de su voracidad.
A su lado en la parrilla está Evans. «Cadel viene mejor que nunca», amenazan en su equipo, el Silence-Lotto. El patrocinador fabrica un aerosol bucal que evita los ronquidos. Nada de dormirse en el Tour. Evans, un corredor silencioso, oculto, ha desembarcado en Brest de día, con los dientes apretados. Es su gran ocasión para conquistar París. A Valverde, más joven, le queda más tiempo. En 2007, por fin, logró acabar la ronda gala. Sexto. Irregular. Doblado por Rasmussen en la primera contrarreloj larga, el día que se desconectó. Ahora, como dice su director Unzúe, es más maduro. Sereno. Y ha aprendido que para ganar en julio hay que renunciar a la primavera. Aprender a perder.
En esa factoría de héroes también quieren ingresar los hermanos Schleck, Cunego, Ricco... O jóvenes como Kreuziger. O fieles al Tour como Pereiro, fino estratega, o Zubeldia, un dorsal que ya ha sido dos veces quinto. En el Euskaltel-Euskadi le acompañan Astarloza y Samuel Sánchez, que vuelve cinco años después a Francia. Tras sus dos abandonos. «Soy otro Samuel», compara. El que no ha cambiado es Sastre. Serio, Fiable. «Saldré a ganar». Sastre es un ciclista conocido. Pero quiere más: ser un corredor reconocido. O ahora no nunca.
En busca de ídolos
Las listas previas de candidatos siempre engañan. La forja del Tour las redefine a diario. «El ciclismo necesita héroes. Os necesita», les lanzó Prudhomme a los participantes en la presentación de la carrera. Busca ídolos para olvidar los líos. El ciclismo mira al Tour, su faro. El High Road y el Slipstreams vinieron sin patrocinador. Crisis. No anunciaban nada. El escaparate de la Grande Boucle les ha concedido dos marcas: la ropa de Columbia y los GPS de Garmin, respectivamente.
El Tour atrae y, a la vez, se defiende. En esta edición no queda aquí rastro de la Unión Ciclista Internacional (UCI). Los jueces son franceses y los controles antidopaje dependen de las autoridades galas. No quiere sustos como el de Rasmussen en 2007. Francia protege su patrimonio. No se ve como propietaria de una carrera en extinción. Olvida a los ausentes y pedalea. Hacia delante. Hoy sale desde Brest. En julio de 2007, al día siguiente de la victoria de Contador, el diario 'L'Equipe' tituló: «Hemos tomado la curva». El giro. La vuelta al ciclismo de antes del 'caso Festina'; de cuando los ciclistas eran héroes. Aunque para eso haya que sacrificar, por este año, al último. A Contador.