E l Banco Central Europeo se ciñó ayer al guión que ya había anticipado hace unas semanas su presidente, Jean-Claude Trichet, y subió los tipos de interés un cuarto de punto hasta el 4,25%, la cota más elevada de los últimos siete años y cuya adopción supone quebrar la estrategia de moderación en el precio del dinero mantenida por la institución desde el estallido de la crisis financiera el pasado agosto. Trichet rebatió las críticas recibidas, entre otros del Gobierno español, recalcando el compromiso fundacional del BCE con la contención de una inflación que ha alcanzado niveles tan alarmantes como imprevistos por la carestía del petróleo y de los alimentos, lo que se traduce en que ése seguirá siendo su objetivo primordial aun a riesgo de que el repunte de los tipos frene aún más el crecimiento. Sin embargo, la positiva reacción de los mercados a la calculada ambigüedad de Trichet sobre sus intenciones futuras, interpretada como una sugerencia de que no se decidirán en breve nuevas subidas, refleja la voluntad de los rectores del BCE de escudarse de nuevo en la inconcreción para no alimentar el creciente pesimismo sobre la evolución de la economía. Pero también la paradójica necesidad de los propios mercados de aferrarse a declaraciones inciertas para combatir sus propias incertidumbres y recobrar una frágil confianza.
La pronunciada evolución al alza de los precios ha cargado de razones la política del BCE, cuestionada por contraste con las sucesivas rebajas en los tipos acordadas en EE UU. La última decisión de la institución europea constituye, sin duda, una pésima noticia para las familias españolas que ya venían sintiendo la asfixia de unas hipotecas encarecidas, pero que también deber ir tomando progresiva conciencia de las disfunciones que está provocando la singularidad de un modelo de crecimiento que no puede reproducirse en los términos conocidos. La cruda advertencia realizada por el presidente de la CEOE sobre la posible pérdida de millón y medio de empleos por efecto de la finalización de las edificaciones iniciadas constituye tanto un pronóstico de cuestionables efectos sobre una economía que ya está deprimida, como la constatación de que ninguna de las iniciativas que puedan exigirse al Gobierno deberán insistir en un patrón tan nítidamente agotado. El bajo índice de confianza del consumidor español, que en junio cayó a mínimos históricos, es el fiel reflejo de la percepción que los ciudadanos tienen del momento económico actual.