A medida que se acerca el pleno parlamentario del próximo día 27, dos cosas van quedando meridianamente claras. La primera es que tanto el lehendakari como sus socios de gobierno tienen la firme determinación de sacar adelante, cueste lo que cueste, su propuesta de consulta. La segunda, que, o bien tal decisión les crea a ellos mismos problemas de conciencia, o bien son conscientes de que, si no a ellos, sí podría creárselos, al menos, a buena parte del electorado. Las dos cosas tienen que ver con una misma circunstancia: el apoyo que, para aprobar su proyecto, necesitan de unos parlamentarios que no han despejado aún la sospecha de actuar como brazo político de quienes asesinan, entre otros, a miembros de los partidos con los que comparten escaños en la Cámara. Y es que, al tiempo que tal apoyo es del todo imprescindible para aprobar la propuesta, su aceptación parece resultar inaceptable para quienes se mueven por un mínimo de convicciones éticas. He ahí la causa de los remordimientos de conciencia.
La firme determinación de sacar adelante el proyecto de ley, cueste lo que cueste, la han puesto de manifiesto sus promotores desde el mismo momento en que lo redactaron. Sabedores de que sólo el apoyo de la izquierda abertzale podría dar vía libre a su aprobación, tuvieron buen cuidado en no introducir en el texto nada que a aquella pudiera incomodar. De ahí la ausencia en él, pese a lo anunciado y prometido, de todo juicio ético en torno al terrorismo. Por si este argumento no es suficiente, sólo hay que sumarle, para reforzarlo, el que se deduce de la actitud de escrupulosa neutralidad o de abierta connivencia que el lehendakari y los socios menores de su gobierno están manteniendo a propósito de las mociones de censura en los municipios gobernados por la citada izquierda abertzale. Si el uno se limita, quizá para no incurrir, una vez más, en flagrante contradicción con su partido, a no pronunciarse, los otros no han tenido escrúpulo en oponerse a ellas con las más variopintas y pintorescas razones. El motivo de tal comportamiento no puede ser otro que el de evitar enfurecer a la fiera antes del día decisivo. Hasta aquí, todo claro.
Menos clara puede parecer a algunos la referencia a la mala conciencia. No resulta, en efecto, fácil achacársela a quien siempre ha tratado de presentarse ante los ciudadanos como adalid de la ética. Sin embargo, la endeblez de los argumentos que el lehendakari emplea para hacer digerible el apoyo de la izquierda abertzale a su propuesta es en sí misma una prueba de que las proclamaciones teóricas no se ven refrendadas, en este caso concreto, por el ejercicio práctico. En efecto, enfrentado a la pregunta de si los votos de la izquierda abertzale le parecen éticamente aceptables, el lehendakari suele alternar dos respuestas que resultan difícilmente compatibles. Así, tan pronto evita responder a la cuestión, diciendo que, para aprobar su propuesta, confía en los votos de «todos» los partidos de la Cámara, como arguye que también el PSE y el PP han votado en otras ocasiones con la izquierda abertzale para derrotar al Gobierno. Con la primera respuesta se hace el sueco respecto de la calidad moral del apoyo abertzale; con la segunda asume implícitamente su maldad, pero diluye culpas por el expeditivo método que inventaron los vecinos de Fuenteovejuna.
Resulta además que las dos respuestas, aparte de endebles y contradictorias, son abiertamente falsarias. Sabe quien las da, porque bien alto y claro se lo han dicho los interesados, que su proyecto no va a recibir voto alguno ni del PSE ni del PP y que su éxito depende, por tanto, en exclusiva de los que reciba de la izquierda abertzale. Y debería saber también, porque se aprende en la primera lección de política, que no es lo mismo coincidir en el 'no' que converger en el 'sí'. Para lo primero, no es necesario compartir razones; lo segundo requiere, en cambio, una comunidad de intereses. La cuestión moral no tiene, pues, escapatoria a través de tan simples subterfugios dialécticos.
¿Por qué, entonces, se hace lo que se hace y se justifica como se justifica? Sólo cabe responder a esta pregunta recurriendo al embotamiento que ha sufrido la conciencia moral de una sociedad que ha llegado a considerar una rutina más de su existencia lo que nunca debería haber dejado de serle motivo de rebelión y escándalo: la persistencia del terrorismo. Ahí se ha quedado ya éste entre nosotros como parte del paisaje que nos hemos acostumbrado a contemplar. Y la costumbre, que se adquiere por la repetición de los actos, embota la conciencia. Los líderes conocen muy bien este fenómeno. Y saben, por tanto, que, cuando ellos mismos, por intereses de orden político, acallan los remordimientos que les plantea la ética, cualquier argumento que usen para justificarse, por falsario que sea, será bien acogido por la embotada conciencia de esa parte de la sociedad que comparte sus mismos planteamientos y persigue sus mismos intereses.