Las catastróficas inundaciones que anegaron Bilbao los días 26 y 27 de agosto en 1983 marcaron un antes y un después. El Gobierno vasco decidió establecer un protocolo de actuación, conocido como Plan Especial de Emergencias, ante el riesgo de inundaciones, que se aprobó en junio de 1999 (previamente hubo otro en 1993). «Las grandes precipitaciones y sus consecuentes riadas constituyen uno de los más graves peligros naturales que amenazan a la comunidad por los daños y pérdidas en personas, bienes y servicios», señala la introducción de la disposición publicada en el Boletín Oficial del País Vasco.
El plan establece cuatro supuestos, del 0 al 3, con una gravedad gradual, y el modo de gestionar la actuación en cada caso. La «situación 3» corresponde a las «inundaciones en las que se considera que está en juego el nivel supraautonómico» y toma la dirección el Gobierno central, a través del Ministerio de Interior. Fue lo que ocurrió, por ejemplo, con los incendios que arrasaron Galicia hace dos veranos. La comunidad carecía de recursos para hacer frente a la catástrofe y pidió ayuda al Estado.
Las riadas de Getxo corresponderían al nivel 1, cuando se producen «inundaciones en zonas localizadas», cuya atención supera el ámbito municipal. El Ayuntamiento getxotarra activó su propio plan de emergencias, que queda integrado en el general. La alarma afectó también a otras localidades, aunque no a la totalidad de la comunidad autónoma, que hubiera supuesto la derivación al nivel 2.
En todos los casos la fase de emergencia parte de «las informaciones meteorológicas e hidrológicas» a través de una alerta que en el caso de Getxo nunca llegó, y que tenía que haber enviado SOS Deiak después de ser informado a su vez a través del Instituto Nacional de Meteorología o de Euskalmet, el servicio meteorológico vasco.
El plan considera «lluvias torrenciales» las intensidades «mayores a 60 mm a la hora». La única medición que ha trascendido se refiere a que en Vizcaya diluvió más de 100 litros de agua por metro cuadrado.
28 horas seguidas
La activación del plan supone informar a numerosas instituciones, desde consejeros a alcaldes, y desplegar la Mesa de Coordinación o de Crisis, que en este caso se formó el domingo por la mañana bajo la dirección de la viceconsejera de Interior, María del Yermo, cuando ya el aguacero había caído. ¿Qué hubiera ocurrido si el plan se hubiera activado antes? «Pues probablemente lo mismo», opina un responsable de los Bomberos que estuvo de guardia durante 28 horas seguidas.
«La alerta por inundaciones, derivada tanto del aviso de meteorología adversa como de un seguimiento hidrológico o del comportamiento de presas -señala el plan-, pretende crear un estado de atención y vigilancia (...) con el fin de disminuir los tiempos de respuesta para una rápida intervención».
Al no producirse ésta, los medios de emergencia no estaban preparados. «Cuando llegué a Getxo me sorprendió lo que vi, no pensé que era para tanto», confiesa uno de los responsables que dirigió la emergencia.
Todos los recursos coinciden en que la fase de normalización, tras el desastre, funcionó mejor y con más rapidez que la de emergencia, y por supuesto que la de prevención. «En la Avenida de los Chopos el domingo a las diez de la noche había un metro de agua, y unas horas después, a las seis de la mañana, se circulaba de maravilla», describe un miembro del operativo. «En la limpieza hubo un vuelco total de medios privados y públicos», señala en referencia al despliegue de personal de Obras Públicas junto a particulares que ayudaron en las labores de achique del agua de los garajes y lonjas, por ejemplo, algo que en la riada del 83 no se produjo.
En la parte negativa, «falló la coordinación. Todos los medios nos concentramos en Los Chopos: Ertzaintza, Cruz Roja...»