Era sólo un adolescente cuando empezó un martirio que le llevaría a pasar nueve años de su vida en cárceles, batallones disciplinarios e, incluso, en campos de concentración. Fue en Miranda donde sufrió uno de los peores momentos. Cada noche temía por su vida, luchó contra el hambre, y los piojos, era obligado a realizar trabajos forzados, veía cómo desaparecían sus compañeros y cómo otros eran «literalmente machacados». A sus 88 años Segundo Fernández, cántabro de nacimiento y canario de adopción, aprovecha su visita a la ciudad para hacer memoria de aquella época.
-¿Qué pudo hacer un chaval de 16 años para enfurecer tanto al régimen franquista?
-Nada. Yo era un niño y no tenía ningún tipo de ideología, aunque hoy en día soy un socialista convencido. Simplemente, era el hijo menor de unos agricultores de izquierdas. A mí me cogieron preso y a mis hermanas las cortaron el pelo al cero. Y gracias, porque muchas chicas fueron violadas por los soldados en aquella época.
-¿Cómo empezaron sus penurias?
-Cuando entraron las tropas de Franco en Cantabria nos llevaron a varios jóvenes presos. Una de las tareas que me encomendaron fue quitar un refugio que se había hecho con robles en un barranquillo para evitar el bombardeo de los aviones. Me obligaron a arrastrar todos esos troncos mientras la Guardia Civil y los falangistas iban al monte a por los maquis como el que va de caza. Mataron a cinco hombres y me obligaron a recoger sus cadáveres con la carreta y la yunta de vacas que tenía. Bajamos hasta el cementerio y los enterraron a la puerta, ni siquiera dentro.
-Vio la muerte muy de cerca.
-Tanto que nos llevaron a 40 hombres a un cementerio para matarnos y sólo yo escapé. Había ocho tumbas pero 8.000 hombres enterrados. Después estuve en casa de una tía escondido ocho meses pero acordamos presentarme a la Guardia Civil. Me metieron a la cárcel y me hicieron tres consejos de guerra donde me acusaban de ser del Partido Comunista y guardia armado del Frente Popular.
-¿Hubo demasiada insolidaridad en aquella época?
-Nadie se atrevía a protestar porque le consideraban rojo y sabían que eso les llevaría a sufrir las mismas torturas y el mismo martirio que nosotros.
-¿Cómo llegó al campo de concentración de Miranda?
-Me trajeron cuando tenía 16 ó 17 años junto a un grupo más de muchachos, todos nosotros esposados. Y aquí estábamos más de 3.000 personas.
-¿Cómo era la vida en este lugar?
-Nos tuvieron encerrados haciendo tiempo, pero luego había unos barracones rectangulares donde dormíamos en dos filas con un pasillo por el medio. Había sacas por la noche de forma indiscriminada.
-¿En qué consistían estas sacas?
-Estabas durmiendo, te tocaban en los pies y te sacaban para fusilarte. Recuerdo que a uno que estaba a mi lado se le llevaron. Debía ser alguien importante porque no paraba de repetir su nombre, pero al falangista le daba igual.
-¿Había castigos?
-Por nada te metían un paso ligero que te hacía correr sin parar mientras te vigilaba un escolta. Y pobre de ti como pararas.
-¿Pasó hambre?
-Mucha. Se dio el caso de que cuando sacaban el rancho, que eran cuatro lentejas bailando en agua, la gente se pega por coger la comida los primeros porque al final lo que quedaba era sólo agua. Incluso una vez uno se cayó dentro de la perola. De ahí hemos sacado hasta una rata.
-Dicen que las condiciones en el campo de concentración eran lamentables.
-La gente no se llega a imaginar cuánto. Había piojos por todos los lados y ya les veías hasta la pinta que tenían en sus lomos. Además, por las noches nos pegaban palizas. Los falangistas se ponían en corrillo con una fusta en la mano y uno de ellos se adelantaba haciéndote preguntas muy raras de las que no tenías ni idea. Si te escapabas de él te pegaba el resto.
-¿Qué tipo de trabajo realizaba en Miranda?
-Tirábamos de pico y pala, no había otra opción.
-¿Con quiénes estaba?
-Había presos franceses, ingleses y una mezcolanza increíble de las brigadas internacionales.
-Han pasado muchos años desde aquello, ¿se acuerda de cómo era el campo de concentración?
-Recuerdo que había una valla y muy cerca un río, donde te fusilaban de 30 en 30. Los falangistas mataron a gente por todas partes, todas las noches.
-¿Qué es lo más duro que ha llegado a ver?
-Vi cómo hubo hombres a los que les ponían los testículos sobre un ladrillo y se los golpeaban con un palo. Y al final, a ese hombre, que era secretario del partido Comunista de Limpias, se los seccionaron y además, le echaron sal. Todos los que teníamos pañuelos le tratamos de cortar la hemorragia. Le hicieron un consejo de guerra poco después y le acabaron fusilando a los cuatro meses.
-Es terrorífico.
-Auténticamente. Por la noche era imposible dormir porque temías que te fusilaran. A partir de las doce todos estábamos en vilo.
La salida
-¿Cuánto tiempo estuvo aquí?
-Un mes, hasta que un día nos llevaron en un tren de mercancías a Madrid a 1.500 hombres. Una vez en la capital nos metieron en el colegio Miguel de Unamuno, que lo habían convertido también en campo de concentración. Allí nos tuvieron casi un mes a los que veníamos de Miranda haciéndonos auténticas burradas. Por la mañana, los escoltas gallegos nos hacían levantarnos a las seis a base de fustazos sin habernos vestido, con el calzado en la mano. Abajo nos aguardaban otros que nos recriminaban por estar así y a base de latigazos volvíamos a arriba a recibir más leña.
-Y le sacaron de allí.
-Un mes después de llegar al Unamuno formaron un batallón disciplinario, el número 91, y en principio nos dijeron que nos llevaban a África, pero una vez nos montaron en tren, nos llevaron a Cádiz. Tardamos casi dos días en llegar y para todo el viaje nos dieron dos latitas de sardina en escabeche. Pasamos tanta hambre que el tren paró en San Fernando al lado de unas chumberas, no respetamos a los escoltas, salimos de los vagones del ganado, nos echamos encima de las chumberas y cogíamos con las manos los higos chumbos. Yo los coloqué en mi gorra, pero otros, que no tenían ni siquiera eso, se los metieron dentro de la camisa y acabaron con todo el torso destrozado.
-¿Cómo fue su experiencia en Cádiz?
-Allí nos tuvieron unos días arreglando alcantarillado y cosas de la ciudad. Un día nos dejaron meternos en el agua de la playa. Nos formaron y nos hicieron desnudarnos. Después nos obligaron a darnos la media vuelta y meternos dentro, pero mucha gente no sabía ni nadar y los escoltas disparaban por encima de la cabeza para que se metieran. Cuando por fin salimos nos hicieron formar de nuevo en fila y el tranvía, que pasaba justo por la playa, hizo que las mujeres se avergonzaran al ver tanto hombre desnudo. Al final no nos llevaron a África sino a Canarias para hacer carreteras.
-Recorrió medio España como preso.
-Fui a Marruecos, a la Sierra de Guadarrama para hacer un sanatorio del Generalísimo e incluso a hacer la Cruz de los Caídos de El Escorial. Allí éramos 5.000 hombres y raro era el día que no morían uno o dos y hasta tres. Yo escapé de la muerte, otra vez, de chiripa.
-¿Qué le sucedió?
-Me nombraron para ir en grupo y hacer un rancho. Para ello debía coger maderas, pero yo no tenía fuerzas. Tenía ictericia catarral y la enfermedad me quitó las ganas de comer. Por aquel entonces no te llevaban al hospital, estaba muy cansado y, por lo tanto, condenado a ir al pelotón de castigo. Esto suponía trabajar con un saco terrero enganchado a la espalda con alambres. Te llevaban a picar con él encima.
-¿Hizo la ruta?
-Un compañero me cortó un palo para que pudiera llegar hasta el monte y allí el sargento me llevó al médico. Antes me había dicho que con unas pastillas valía, pero con la presencia del superior me ingresaron en el hospital. Me llevaron en tren hasta Carabanchel bajo. Allí estuve en una sala de presos, a cuyo frente estaba una monja, Sor Metralla. Su mote no era casual. Era mala persona.
-¿Lo pasó mal?
-Sí. Ingresé a las siete de la tarde y para las tres de la mañana un hombre que tenía lo mismo que yo ya había fallecido. Eso no animó mucho, pero al final estuve allí más de 60 días ingresado y me recuperé, así que me devolvieron a la Sierra de Guadarrama. Y así estuve de un sitio a otro durante nueve largos años. Fue una tortura.