
Hasta entonces, pocos osaban cruzar ese pasadizo decrépito. Ahora se ha convertido en una atracción turística más desde que el negro de sus paredes se ha llenado de coloridas imágenes de nuestro tiempo. Hay espacio para todos: desde George Bush y Osama Bin Laden a un Elvis que enarbola metralleta en lugar de guitarra, pasando por una Mona Lisa musulmana y una chocante imagen del Papa; o más bien, media, pues la figura de Benedicto XVI, de tres metros de altura, se transforma de cintura para abajo en la de Marilyn Monroe con su falda al vuelo y sus piernas al aire.
Mientras para algunos estas obras, que podrán contemplarse hasta octubre, son arte, otros las asocian a vandalismo. El misterioso Banksy está liderando la batalla contra los ayuntamientos de Londres que quieren acabar con todas las pintadas sin distinción porque «no pueden decidir si algo es arte o grafiti». Poco después, Banksy subrayaba sus palabras con un nuevo mural, en el que un empleado municipal borra una pintura rupestre. Esta imagen, como la del Buda con collarín o la del árbol del que brotan cámaras de seguridad, alegran ahora el túnel de Waterloo; para ver sus otras obras, basta callejear por la capital británica.
Cada vez que se descubre una nueva pintura de Banksy, es noticia. Este artista, acogido con simpatía por el ciudadano de a pie, se ha convertido en un portavoz de la protesta contra una sociedad de consumo, vigilada las 24 horas del día. Lo curioso es que nadie sabe con exactitud quién es este joven con capucha; incluso su agente asegura que nunca le ha visto. Se cree que su verdadero nombre es Robert o Robin Banks y tiene 34 años. El pasado octubre un individuo lo pilló con las manos en la masa y lo fotografió con su móvil. Y aunque después su imagen dio la vuelta al mundo, eso ni siquiera ha restado fascinación por este artista que cuenta entre sus admiradores a Angelina Jolie o Brad Pitt. Y es que el mismo 'establishment' que Banksy satiriza le ha acogido con entusiasmo.






