
Sobrevivientes del Holocausto, inmigrantes judíos de los países islámicos del norte de África y de Oriente Próximo se sumaron tras la independencia a la población ya establecida, a la que se le llamó «pionera» -sin olvidar a los 550.000 árabes que permanecieron en Israel- cambiando necesariamente la textura de la sociedad. La incorporación de judíos venidos del mundo occidental, Latinoamérica y la gran avalancha posterior a la caída de la URSS, ahondarían en la complejidad del mapa demográfico. El de un caleidoscopio de grupos, culturas e intereses no siempre compatible. No siempre feliz. Éstas son algunas de sus historias.
CLARY SCHEINWAL
Inmigrante argentina. 47 años
Uno de cada seis inmigrantes que llegaron a Israel en 2002 era argentino. Fue el año de la gran oleada. Se registró la cifra récord de 6.500 expatriados, en su mayoría exiliados que huían de la crisis que sacudió el país latinoamericano en diciembre de 2001, y que se trasladaron a la Tierra Prometida atraídos por los incentivos que ofrecían los centros de absorción judíos.
Por aquella época, Clary Scheinwald llevaba ya afincada en Jerusalén cinco lustros. Esta argentina había llegado en 1977 con un pasaje de ida y vuelta, porque su intención era pasar sólo dos meses de vacaciones con sus abuelos y tíos. Pero nunca regresó a Argentina. «Fue la mejor decisión de mi vida. Por mis hijos, que nacieron aquí, y por mi carrera: Israel es un semillero de cerebros... Tiene mucho futuro», explica.
Ella decidió hacer de Jerusalén su casa por amor, ya que encontró al que sería su marido. También porque en Argentina la dictadura cerró la Universidad donde estudiaba periodismo. Y ella quería trabajar, algo imposible en su país de origen. Pero, sobre todo, «por sionismo». «Fuimos bienvenidos y despertamos una simpatía especial... Muy distinto a lo que ha ocurrido con los argentinos que han venido a Israel a partir de 2001 porque la Agencia Judía les daba dinero. A muchos no les interesa el país, están metidos en círculos viciosos entre ellos, sin contacto con la realidad de Israel», lamenta. Hoy se calcula que la comunidad argentina en Israel cuenta con 70.000 miembros, el quinto grupo más grande del Estado.
NEHEMÍA ENYI
Pionero. 75 años
«Cada piedra, cada vestigio habla hebreo y de la historia de Israel. Los viejos ortodoxos rezaban día y noche por volver a Sion, a Israel, pero mis antepasados vinieron aquí a construir para que los judíos regresaran a esta tierra que siempre nos perteneció». El discurso de Nehemía Enyi desprende aún, a sus 75 años, buenas dosis del idealismo grandilocuente de los que habitaban en Palestina antes de 1948 y, según sus palabras, tuvieron que «combatir, primero a los británicos, y luego a los árabes» para la fundación del Estado de Israel.
Se les dio el calificativo de «pioneros». Eran medio millón cuando se declaró la independencia. Entonces el joven Nehemía tenía 16 años, y se quedó aislado en una escuela de Kfar Haroe, aunque luego consiguió alistarse en la Brigada Golani para pelear en la contienda de 1967 y en la del Yom Kippur.
Este constructor ve Israel como el único espacio de seguridad para los judíos. «Hemos sido perseguidos porque éramos extranjeros en todas partes. Seres sin tierra. Ahora ya tenemos una patria», explica.
Su firmeza se debe, en parte, a su descendencia. El padre de Nehemía construyó en 1926 una primera casa que luego daría lugar a la comunidad -«que no kibbutz», precisa- de Beit Gan, a 7,5 kilómetros de la ciudad santa. Su tío fue el primero que enseñó Cabalá en la ciudad septentrional de Safed, y su abuelo materno gastó buena parte de su fortuna en ayudar a centenares de judíos a llegar a la Tierra Prometida.
No lejos de su residencia se levanta el muro de hormigón que separa como una cicatriz Israel de Cisjordania. Nehemía lo mira sin demasiado interés. «Nosotros no queríamos una guerra, pero son ellos, los árabes, los que no aceptan las reglas de la ONU».
GUSTAVO SURAZKI
Rabino conservador. 38 años
La sociedad judía israelí está formada por un amplio espectro que va desde los ultraortodoxos hasta quienes se consideran seculares. Los primeros, incluso, se dividen en una constelación de sectas a menudo muy enfrentadas entre sí. Entre ellas, las hay incluso antisionistas.
A la luz del espíritu de emancipación y nacionalismo que barrió la Europa del siglo XIX surgieron varios movimientos judíos, cuyos principios en favor del entendimiento entre la vida laica y la religión, le han convertido en una de las grandes corrientes religiosas del Judaísmo contemporáneo. Y una esperanza de sentido común frente a los extremismos.
Gustavo Surazki, trasladado en 2002 con su mujer a Ashkelón desde su Buenos Aires natal, representa con su discurso y su modo de vida esos valores de «Torá, tolerancia y sionismo». A su juicio, «Israel tiene que ser un paraguas que admita a todos los judíos».
Rabino de la sinagoga de Netzaj Israel, con dos hijas nacidas ya en Tierra Prometida, observa «por supuesto» el sabbat y las tradiciones, y se refiere al Estado judío como «un milagro, con toda su complejidad», con el que se siente absolutamente comprometido y dispuesto a compartir con los palestinos. «Ideas totalitarias hay en todo el mundo, y el problema surge cuando ese fanatismo se transforma en corriente dominante», concluye.
IBRAHIM DAWUD
Palestino con identidad israelí. 44 años
Cuando en 1948 las tropas británicas dejaron la Palestina histórica partida en dos, 750.000 árabes se exiliaron, pero otros 160.000 permanecieron en sus casas, enmarcadas ya dentro del Estado de Israel. Sus descendientes son hoy 1,3 millones, un 20% de la población del país.
En la otra cara de la moneda se encuentran los palestinos con documento de identidad israelí. Como Ibrahim Dawud, que en 1964 nació en el Jerusalén Este bajo dominio jordano y tres años después sería capturado por Israel en la Guerra de los Seis Días y anexionado al Estado judío en 1980. Su tarjeta azul le da el derecho a vivir en Israel, pero no a votar en las elecciones nacionales o a tener un pasaporte de dicha nacionalidad.
La madre de Ibrahim no soportó la idea de la ocupación y llevó a sus seis hijos a Estados Unidos. Todos regresaban cada año a renovar la tarjeta para no perderla. En 1987, año del estallido de la Primera Intifada, Ibrahim dejó la Universidad en Michigan y volvió a Jerusalén para quedarse. «Los palestinos vivimos como perros en campos de refugiados, caminamos entre basuras y comemos pan gracias a la ONU, pero decidí que tenía que hacer de mi vida un compromiso político -insiste hoy- porque los israelíes no se van a salir con la suya».
Padre de tres hijas, desde su acomodada posición de empresario -su familia posee el hotel 'Monte de los Olivos', por supuesto en el área oriental- y privilegiada condición de graduado universitario, resume que Israel se esfuerza por «diseñar una política del puño de hierro» para hacer a los palestinos la vida insoportable. «Es casi imposible tener un negocio en Jerusalén Este, las leyes, los impuestos que aplican están orientados a que fracase», protesta.
Según un estudio de la Universidad de Haifa, el 70% de los judíos de Israel cree que los árabes son una «amenaza para la seguridad» y el 60% quiere que el Gobierno les aliente «a emigrar a otros países».
JACKIE HENDELI
Superviviente del Holocausto. 80 años
Durante sus primeros doce años en Israel, Jackie Hendeli no se atrevió a ponerse en manga corta. El número 115.003 que le tatuaron en el brazo en el campo de concentración de Bikernau-Auschwitz, como a otros 55.000 convecinos suyos de Salónica, le avergonzaba. «Los israelíes aquí no entendían lo que era el Holocausto», recuerda.
No contó su secreto a nadie. «Hasta que en 1960 trajeron a Eichmann de Argentina», evoca remitiéndose al criminal nazi que fue capturado, juzgado y condenado a la horca en Tel Aviv. Esta historia de sangre abrió los ojos de Israel al infierno de genocidio. Pero el conocimiento público de la tragedia de los supervivientes no cambió su vida. «No había ayudas, si acaso nos daban una tienda de campaña».
Salió adelante porque hablaba alemán, francés e inglés, y fue durante treinta años guía turístico para la Agencia Judía. Pero no guarda un ápice de rencor por la pobre acogida que tuvo en ésta su Tierra Prometida. «Amo vivir, y siento que Jerusalén es mi casa». Hoy todavía siguen con vida 250.000 supervivientes y sólo un tercio de ellos reciben ayuda estatal.






