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«Llevamos tres días casi sin comer»
El montañero alavés corona sin oxígeno la cima del Makalu (8.463 metros), su vigésimo segundo 'ochomil' «En el descenso pasamos muchos agobios», dice el hombre con más cumbres del Himalaya en su haber

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«Volver al Makalu me ha permitido coronar una cumbre excepcional, en un amanecer claro y sin viento. Y lo mejor es que estábamos los tres solos, sin alpinistas a la vista». Estas eran las palabras de Juanito Oiarzabal, agotado y deshidratado «después de tres días casi sin comer», desde el precario refugio de la tienda que compartía en el collado, a 7.850 metros, con sus compañeros de ascensión, el llodiano Roberto Rojo 'Gorri' y el sherpa Pasang Nuru.

Era mediodía. Unas horas antes, hacia las seis y media de la mañana, había pisado por segunda vez en su vida y sin ayuda de oxígeno artificial la cima de la quinta montaña más alta de la tierra, el Makalu (8.463 m.), en Nepal. Con esta nueva cumbre, Oiarzabal se reencuentra con los techos del Himalaya y alcanza su vigésimo segunda montaña de más de ochomil metros. Finalmente las secuelas de las graves congelaciones que sufrió en el K-2, en 2004, y que le costaron la amputación de los dedos de sus pies, parecen haber quedado atrás. Juanito Oiarzabal Urteaga, nacido en Vitoria en 1956, mantiene su ventaja como el himalayista con más cumbres. Es un recordman por encima del ya retirado Reinhold Messner, que subió 16, y que quizá ha sido el mejor alpinista de todos los tiempos.

El ataque y conquista de 'El Gran Negro', el significado de su nombre tibetano, ha sido modélica, de manual. Los tres alpinistas: Oiarzabal y su sherpa Pasang Nuru, y el bombero del Parque de Ayala, Roberto Rojo, salieron el viernes del collado de Makalu-La hacia el campo IV, a 7.850 metros. Iban ligeros de equipaje. «Casi con lo puesto. Alimentos energéticos y muy poca agua. Se trataba de hacer cima con la mayor presteza», contaba Oiarzabal en una conversación con EL CORREO pocas horas después de hacer cumbre. Una vez allí, se apretaron como pudieron dentro de una tienda de pared y en la madrugada del sábado iniciaron el ataque final.

«La subida ha sido larga y exigente, entre otras razones porque había menos cuerda fija que la que nos dijeron los coreanos. Una vez superado el tramo más delicado, muy vertical y con hielo, hemos ido desfilando hacia la cumbre», seguía relatando el alavés con evidentes signos de agotamiento en su voz. «Éramos los únicos. Estábamos solos en lo más alto de este copete helado. 'Gorri' estaba alucinado. Yo también. Pero una vez superada la euforia, notas que allí arriba te falta el oxígeno y nos han entrado ganas de bajar».

Caída de la temperatura

De manera especial cuando se levantó viento y comenzaron a caer copos de nieve. «La caída de la temperatura ha sido brutal. Estábamos a menos 25º y además castigados por un vendaval. En el descenso hemos pasado momentos de agobio. Hacía tanto frío que íbamos cubiertos de hielo. Nos hubiera gustado perder más metros, pero era arriesgarse a un accidente o a algo peor. Llevábamos 13 horas de marcha entre ida y vuelta y he decidido que teníamos suficiente paliza a cuestas. El campo IV era un buen punto para esperar y aquí estamos».

Oiarzabal y su compañero nos contaban sus impresiones desde el refugio de una pequeña tienda. Aguardaban vestidos, equipados y con muy poca comida a que llagara un nuevo día. «La temperatura es soportable, pero no podemos aguantar mucho sin comer. En cuanto amanezca vamos a comenzar a perder altura y a tratar de llegar hasta el campo base, a 5.300 metros», añadió el vitoriano. El llodiano Rojo también estaba cansado. Más joven (38 años) que su paisano y guía, aún tenía fijada en su retina la imagen del mundo, en este caso el Himalaya, visto de desde 8.400 metros de altura. Con todo se quejaba de la falta de alimentos. «Ahora sólo pienso en una paella». Junto a ellos el sherpa Pasang Nuru, duro como el pedernal y aclimatado por naturaleza a las alturas, dormía tranquilamente.

Oiarzabal, que se define como extremadamente friolero, nos detallaba su equipamiento para el ataque. «He subido y bajado forrado. Estoy enfundado en dos camisetas térmicas, un mono integral de forro polar, un chaleco de plumas y un buzo de plumón. En total cinco capas. La cabeza me la protejo con dos gorros y un cubrebocas. Las manos con unos guantes de seda y otros muy gruesos. Finalmente, los pies, que quizá es lo que más preocupa, con tres pares de calcetines y unas botas Millet, especiales y a medida». Una indumentaria cuanto menos excesiva en cualquier lugar de la tierra, salvo en la Antártida o en el Himalaya.

La ruta francesa

La ruta que han utilizado Oiarzabal y su equipo en su vuelta a la primera línea ochomilista, es larga y exige estar bastante tiempo en altura. Es similar a la seguida por primera vez el 15 de mayo 1955 por los famosos guías y alpinistas ya fallecidos, Lionel Terray y Jean Couzy, miembros de una expedición francesa dirigida por Jean Franco.

Además el Makalu, que ha sido ascendido en unas 130 ocasiones, es la tercera montaña del Himalaya en el ránking de peligrosidad, tras el K2 y Annapurna, cuando se valoran sólo las muertes de quienes han hecho cumbre.
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