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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Martes, 29 mayo 2012

Sociedad

LIBERACIÓN DEL 'PLAYA DE BAKIO'
«Casi nos secuestran otra vez»
Jaime Candamil, tripulante pasaitarra del 'Playa de Bakio', desveló que otro clan de piratas somalíes intentó abordarles tras ser liberados, pero la fragata de la Armada lo impidió

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«Casi nos secuestran otra vez»
LÁGRIMAS. Candamil narró emocionado su terrible experiencia. / EFE
El atunero bermeano 'Playa de Bakio' sufrió un segundo intento de secuestro por otro clan de piratas somalíes sólo unos minutos después de su liberación, el pasado 26 de abril. Así lo desveló ayer el tripulante Jaime Candamil, de Pasaia, que ofreció una rueda de prensa en la Cofradía de la localidad guipuzcoana. La presencia de dos lanchas rápidas y un helicóptero de la fragata 'Méndez Núñez' de la Armada impidió el nuevo asalto.

Con lágrimas en los ojos, Candamil pidió protección para los barcos que faenan en el Índico. Aseguró que a los marineros «nos daría mucha seguridad que hubiese fragatas»; aunque, cuando los tripulantes del atunero secuestrado se enteraron de que la 'Méndez Núñez' se dirigía a la región, temieron un enfrentamiento. El pasaitarra hizo este relato de su odisea:

SECUESTRO

«Estábamos a unas 250 millas de la costa de Somalia. Era domingo, 20 de abril. Serían las ocho de la noche. El barco se encontraba parado. El patrón había localizado pescado y al día siguiente íbamos a largar las redes. Estábamos a punto de terminar de cenar. De pronto, el marinero de guardia vino corriendo. '¿Que viene un 'speedboat' (lancha rápida), piratas, piratas!'. Fue el caos. Los de máquinas nos fuimos para las máquinas y los del puente, al puente. A éstos no les dio tiempo a llegar. Menos mal, porque de lo contrario, no sé qué hubiese sido de ellos. Cuando todavía estaban en las escaleras, lanzaron una granada, un pepinazo que impactó en el puente. Si hubiera habido alguien allí, con la metralla que saltó, no lo habría contado.

Vinieron tres lanchas. Las amarraron al barco. A bordo subieron primero cuatro o cinco personas armadas hasta los dientes. No eran piratas de parche y pata de palo. Nos llevaron al puente. Preguntaron por los oficiales, por el capitán, el jefe de maquinas... Hablaban en un inglés pobre y nos entendíamos por señas. Querían saber cuántos formábamos la tripulación. Respondimos que 26 hombres.

Navegamos día y medio. Pretendían llevarnos lo más cerca posible de tierra. Sin embargo, el capitán y el jefe de máquinas les dijeron que allí había poco calado. No era cierto, había suficiente profundidad, pero era mejor estar un poco más alejados. Finalmente fondeamos a pocas millas. Eran las siete de la mañana del martes, día 22».

CAMBIO DE GUARDIA

«El capitán, el jefe de máquinas y el patrón permanecieron todo el secuestro en el puente. Fueron los interlocutores con los piratas. A los demás nos reunieron en el comedor. Nos decían que estuviésemos tranquilos. ¿Quién podía estarlo?

No tardaron en quitarnos los 'móviles', aunque en alta mar no hay cobertura. Luego nos dejaron ir a cada uno a nuestro camarote. Estos dos primeros días fueron relativamente tranquilos. Pero este relativo buen trato duró poco tiempo. El grupo que intervino en el asalto al barco fue relevado al tercer día. Vinieron otros. Estos también querían 'móviles', pero ya no había más. Esta gente era más agresiva. A partir del mediodía, empezaban a mascar una hierba que les mantenía despiertos las veinticuatro horas. No veas cómo se les ponían los ojos. Aquello acojonaba todavía más. Pese a todo, nunca nos pusieron la mano encima. No nos maltrataron físicamente».

JORNADAS DE TENSIÓN

«Los días transcurrían con exasperante lentitud. La tensión no decaía un solo instante. La mayor parte del tiempo la pasábamos en nuestros camarotes. Podíamos comer, pero siempre después de que lo hicieran los secuestradores. Apenas tuve hambre esos días. En una ocasión comí un bocadillo y a la media hora lo tuve que echar. Con café, leche y agua me mantenía bien. De todas formas, el que quería comer y podía no tenía ningún problema.

Ellos eran bastante desconfiados. En una ocasión le dieron una aspirina a uno de los secuestradores y le hicieron tomar otra a quien se la había facilitado. Formaban grupos muy organizados. Mientras sus jefes estaban presentes no se movía nadie. Pero cuando desaparecían, aquello era un infierno. El miedo era tremendo. Hemos llegado a temer por nuestra vida».

CONVIVENCIA

«Los miembros de la tripulación podíamos conversar entre nosotros. Nos permitían incluso ir al camarote de otro. Sólo nos dejaron subir a cubierta a partir del cuarto o quinto día. Yo no lo hice. Teníamos a bordo el pescado que habíamos capturado. Había que darle frío para que no se estropeara. Por tanto, teníamos que estar pendientes de ello. Para mí era el mejor momento, el más esperado porque estar todo el día en el camarote era un infierno. El ruido que hacían los secuestradores te ponía enfermo. Les oías bajar y ya sólo pensabas en que iban a ir a tu camarote. La tensión era enorme. Sólo piensas en que te dejen salir.

Las horas eran interminables. Ni siquiera la radio que tenía era de ayuda. Pensé que si la seguía oyendo me iba a volver loco. El primer día dijeron que había gente herida, luego empezamos a escuchar que nos habían separado por grupos, que nos había llevado al campamento. Nada era cierto».

LIBERACIÓN

«Llevábamos ya ocho días retenidos. Nosotros sabíamos que había negociaciones, pero desconocíamos los detalles. Nunca vimos dinero a bordo. El sábado, día 26, sobre la once de la mañana, nos dijeron que nos iban a soltar después de comer. Pasaron las dos, las cuatro Vimos marchar a los jefes. Allí se quedaron diez o doce chavales. No terminaban de irse. Pensé que estaban esperando a que llegase la noche para abandonar el barco.

A las siete de la tarde nos llevaron a popa. No sabíamos si era para decirnos que se iban o para limpiarnos el forro. Al final, nos manifestaron que se marchaban y precisaron que no nos moviéramos en veinte minutos. A los diez minutos, lo pusimos todo en marcha. No podíamos izar el ancla, patinaba. Al final, la cortamos. Desde el puente, el patrón avisó a la fragata 'Méndez Núñez'. «Estamos libres», les dijo. Vinieron un helicóptero y dos lanchas. Ellos veían que se aproximaba otro grupo de piratas distinto, pero la presencia de la Armada les disuadió. Si no, nos hubiesen vuelto a capturar. Fue el día que más miedo tuve. Un marinero empezó a sentirse mal. No podía respirar, creí que no lo contaba. Luego descargamos la tensión, las emociones, nos abrazamos...

Le dimos al barco toda la caña que pudimos hasta salir a aguas exteriores. Entonces empezó la fiesta. Aunque nos habían cortado todas las líneas de los teléfonos, el capitán escondía uno en un cajón y con él pudimos llamar a nuestras casas. Nos fuimos calmando. La experiencia ha sido muy dura».
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