
ÚLTIMOS ATAQUES
Pero los asesinatos y los atentados son el último eslabón de la amenaza de ETA. A diario, un buen número de personas sufre en las calles de Euskadi coacciones, intimidaciones y hasta situaciones de rechazo social derivadas de la existencia de la banda armada. Problemas de todo tipo que a menudo pasan inadvertidos y que con el paso del tiempo, han llegado incluso a convertirse en algo «dolorosamente cotidiano» para muchas personas.
La situación de los socialistas vascos, en este contexto, sobresale por sí mismo. Desde que ETA rompió la tregua, el pasado mes de junio, el PSE ha sufrido seis atentados: cuatro contra casas del pueblo -Balmaseda, Derio, La Peña y Elgoibar- y dos dirigidos directamente contra personas relacionadas con el partido -Gabriel Ginés, escolta de un concejal socialista de Galdakao, al que ETA colocó una bomba lapa en el asiento trasero de su coche, y el propio Carrasco-. Seis ataques que se suman a las decenas de sabotajes de kale borroka que han padecido las sedes del PSE durante los últimos meses y que, en último término, no han hecho sino confirmar que la organización terrorista está dispuesta a cumplir las amenazas lanzadas en sus comunicados contra la militancia socialista, a la que responsabiliza, en parte, del encarcelamiento y procesamiento judicial de dirigentes de la izquierda abertzale.
Esta oleada de ataques, sin embargo, preocupa pero no sorprende en las bases del socialismo. Después de tantos años en el punto de mira de ETA, después de tantos zarpazos sufridos, el carnet del partido se ha convertido para muchos militantes en un símbolo de «resistencia», de «libertad», de «dignidad personal». Y la mayoría no están dispuestos a que eso cambie. «Por muchos atentados que suframos o por mucho que en algunos sitios nos traten de hacer la vida imposible para que nos marchemos», explica Mari Carmen Muñoz.
Muñoz es la única concejal del PSE en Elorrio, un municipio de unos 7.000 habitantes gobernado por ANV. En esta pequeña localidad del duranguesado, las palabras «miedo», «acoso» y «soledad» adquieren una significado distinto. Aquí, como en otros municipios vascos, para los socialistas que se deciden a dar un paso al frente, la amenaza de ETA se puede respirar en el día a día. Para empezar, «no hay tarde» en la que Mari Carmen no tenga que tragar saliva para soportar los «insultos y amenazas» que le lanzan -«siempre son los mismos»- cuando vuelve de su trabajo.
No es la única que padece a los radicales. Hace dos años, Adolfo García, un jubilado de 72 años, se vio obligado a dimitir de su cargo de concejal en el mismo consistorio después de que apareciesen repetidas pintadas amenazantes en la puerta de su casa. La perspectiva de sentirse inseguro en su propio barrio y los deseos de su mujer, hijos, nietos y una biznieta hicieron que 'el abuelo', como le conocen sus amigos, decidiera dejar el Ayuntamiento.
García, sin embargo, cuida de la pequeña sede del partido en la localidad, que cuenta con sólo seis afiliados y que en febrero sufrió el último de sus reiterados ataques de kale borroka, cuyas huellas siguen hoy visibles en forma de pintadas. Este jubilado es el único de los miembros de la agrupación con tiempo suficiente para atender la casa del pueblo y dedicar atención al pájaro que custodia el local desde una pequeña ventana.
Rechazo
Mari Carmen Muñoz ya había conocido la soledad de los amenazados en Iurreta, donde fue secretaria general de la agrupación local durante varios años. Allí, recuerda, tuvo que enfrentarse a unos vecinos que exigían el cierre de la casa del pueblo después de un ataque de kale borroka que ennegreció los primeros pisos del edificio. Un problema que se repitió también en Durango, donde los vecinos plantearon quejas al Ayuntamiento por la instalación de cámaras de seguridad en la fachada de la casa del pueblo. «Decían que éramos un peligro y que nos teníamos que marchar. Pero yo le contesté que jamás nos iríamos. Jamás, porque se trata de una cuestión de dignidad», explica la concejala.
La portavoz del PSE en Elorrio comprende, en todo caso, que este tipo de atentados provoquen comportamientos recelosos entre el vecindario e incluso en algunos simpatizantes, que dejan de frecuentar el local del partido por miedo. «Es algo que pasa y más ahora», advierte. Sin embargo, esas reacciones acarrean «problemas» de organización, como la dificultad para encontrar quién quiera encargarse del bar o del mantenimiento del local, cuestiones que amenazan con lastrar la actividad del partido.
En Zalla, una zona en teoría «infinitamente» más «cariñosa» con los socialistas, Miguel Berlanga ha visto cómo la sede que ha regentado durante quince años bajaba bruscamente de actividad en los periodos en los que ETA intensificaba su acoso o en los que publicaba comunicados señalando a las bases del PSE. Después de ocho horas en la obra, este albañil de 47 años trataba de sacar adelante, con la ayuda de su mujer, un bar al que, en periodos «muy prolongados», sólo acudían los incondicionales del partido. Por eso, porque «mucha gente tenía miedo de entrar» y «los números no cuadraban», el PSE decidió rebajarle hasta la mitad la tasa que pagaba por llevar el local. «No daba para comer», reconoce.
La casa del pueblo de Zalla, que estaba alquilada, se cerró hace cerca de un año. Miguel espera poder regentar el bar que el partido planea construir en un local que ha comprado en la misma localidad. Pero antes de empezar la reforma deberán salvar el escollo de algunos vecinos a los que «no les agrada» que construyan una casa del pueblo en los bajos de sus casas. Según fuentes del PSE de este municipio, los vecinos del inmueble deben pronunciarse sobre la apertura del local antes de que el Ayuntamiento conceda los permisos para iniciar las obras. Este paso previo, según las mismas fuentes, no es vinculante, pero «hay que pasarlo». «Nunca es agradable que culpen a las víctimas y no a los que ponen las bombas», explican.
Cada casa del pueblo tiene su historia. Las de Elgoibar y La Peña son las últimas de las muchas que se han visto obligadas a cerrar temporalmente por los zarpazos de los terroristas. 'Kiko' y Charo llevaban la sede del barrio bilbaíno desde hace siete años sin más pretensiones que vivir «dignamente». La bomba de ETA, sin embargo, les ha obligado a empezar de cero. Y aunque tienen fuerzas para ello, el atentado les ha incrustado en el estómago una mezcla de rabia, impotencia e incertidumbre que no resulta «fácil» de digerir.
Gente humilde
Cuando piensa en lo que le ha sucedido a sus compañeros, Daniela Redondo da gracias de disponer de cámaras de seguridad y de vigilantes en la puerta de la casa del pueblo de Rekalde, también en Bilbao. «Aquí no hay muchos ataques. Sólo me llaman hija puta y española algunas veces». Hace año y medio, esta mujer se hizo cargo de un negocio que estaba «muerto» y, ahora, con la ayuda de su amiga Dolores, trata de reflotarlo obsequiando las consumiciones con tapas y ofreciendo precios asequibles -7 euros y medio el menú entre semana y 6 euros los sábados- a los clientes que se atreven a cruzar la puerta. «Poco a poco vamos levantándolo. Incluso viene gente del PP. Pero no es fácil, porque el miedo es libre. Yo vine de Palencia con 13 años y a veces todavía hay gente que me hace sentir 'maketa' e inmigrante», reconoce.
A sólo unos pocos kilómetros de allí, Ángel Tejedor abre a diario la casa del pueblo de San Francisco a las seis de la mañana. El local está enclavado en uno de los barrios más marginales de la capital vizcaína y, en su interior, se respira un ambiente familiar: jubilados que juegan al mus en una esquina; clientes que leen el periódico y beben orujo; otros que toman café en la barra mientras piden al camarero que les fíe la consumición... «La gente que viene aquí es muy humilde, la mayoría vive en pensiones y pocos son afiliados del partido», explica este hombre de 57 años, de larga coleta, pendiente en la oreja y que vive escoltado las 24 horas del día, después de haber sido concejal de Derio durante la pasada legislatura.
A pesar de las apariencias, esta sede de la agrupación Tomás Meabe ha sido objeto de feroces ataques. A mediados de febrero, un grupo de radicales lanzó varios cócteles molotov contra la fachada, y en 2005 unas 30 personas irrumpieron en el local «amedrentando» y «amenazando» a los clientes. Pero, después de siete años y medio cuidando de su pequeño negocio y su gente, Tejedor no está dispuesto a rendirse.
-¿Por qué no renuncia?
-Si hiciese una valoración materialista del asunto, está claro que no seguiría, porque no compensa. Pero lo hago por dignidad, porque me gratifica trabajar para el partido y para toda la gente que viene a la casa del pueblo.






