
Los conservadores guiados por David Cameron intentan superar la barrera del 40% de los sufragios, de tal modo que puedan presentarse como un partido que alcanza ya el umbral necesario para confirmarles como favoritos para las elecciones generales previstas para dentro de dos años.
Y los Liberales Demócratas, dirigidos ahora por el joven Nick Clegg, obtuvieron excelentes resultados hace dos años, pero aspiran a presentarse como un partido de gobierno.
La elección directa del alcalde de Londres ha acaparado la atención, aunque hay batallas electorales significativas en Liverpool, Newcastle o Reading, que ofrecerán la oportunidad de extraer conclusiones a nivel nacional.
«Lo mejor que nos podría ocurrir es que gane Ken Livingstone por poco y así podamos denunciar a los laboristas por corrupción electoral», decía privadamente hace unos días un influyente miembro del Partido Conservador. Que un cualificado 'tory' prefiera desgastar a la oposición que tener a su candidato, Boris Johnson, al frente de la capital en el camino hacia unas elecciones generales, muestra la desconfianza hacia un político que es más festejado por sus ocurrencias ante la prensa que por su presunta capacidad gestora.
Livingstone, que incluso abandonó el partido cuando Blair intentó marginarlo y que ha seguido una carrera peculiar e individualista, tampoco despierta grandes simpatías entre los altos cargos del partido -y menos en Brown, que le detesta- por lo que la elección más seguida por la prensa y el público tiene un desarrollo más truculento en la trastienda política.
Ayer, observadores de varios partidos decían que la participación en Londres era más alta que en el pasado, pero no parece que rebasará la mitad de los electores.
Indiferencia
La escasa participación electora es un signo de la extendida indiferencia hacia la política, pero también una consecuencia de la pérdida de poder de los ayuntamientos. A principios del siglo XX, los gobiernos municipales gestionaban la educación, con excepción de la universidades, y la sanidad, además de los servicios de emergencia y policía, el embrión de la seguridad social, generaban la mayor parte de la electricidad consumida localmente, suministraban el agua y construían vivienda pública.
Dos procesos contrapuestos han mermado el poder local. El primero fue la nacionalización laborista, que creó servicios centrales. Después, la privatización conservadora, que traspasó esos servicios a empresas privadas.
Los ayuntamientos gestionan ahora lo que les queda bajo el control estricto de la burocracia de Whitehall. Si en el principio del siglo XX los ayuntamientos recaudaban con sus tasas el 77% de su gasto, ahora el 75% llega del Gobierno central y la tasa municipal promedio por vivienda es de unos 1.600 euros anuales.






