
Manzano no es un entrenador al uso. «No estoy orgulloso del nivel cultural que existe en el mundo del fútbol», dice el preparador, que, al igual que Rafa Benítez, licenciado en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte, forma parte de una generación de técnicos con estudios universitarios que poco a poco se han ganado el respeto de las gradas. Tampoco es un hombre de tópicos. Nada de simplezas como «el fútbol es once contra once». En sus entrenamientos, sus pupilos no se dedican sólo a jugar. También quiere que piensen.
Utiliza técnicas de mentalización como 'el descubrimiento guiado'. Tras los partidos, el andaluz recuerda a los miembros de su plantilla los problemas que encontraron en el césped y, antes de decirles cómo solventarlos, intenta que ellos mismos den con una solución acertada. «Ibagaza es mi alumno más aventajado», explicó el técnico en una entrevista reciente; «casi siempre da con la respuesta antes de que yo la diga».
Ladrillo
«El triunfo final tiene un lugar de origen: el vestuario. Es el santuario donde los equipos fabrican su compromiso, sus sentimientos, la solidaridad y el esfuerzo común -escribe Manzano en su blog, donde cuelga sus reflexiones (www. rcdmallorca. net)-. Puedo presumir de tener un gran vestuario y de haber creado un buen equipo humano y deportivo».
¿Y cómo se consigue una buen escuadra? El jienense cree que la clave radica en seguir unos «principios básicos». «Los míos son tres: compromiso, rendimiento y profesionalidad. A partir de estos rasgos de identidad, trato de actuar en el equipo con la elección y el uso de las palabras adecuadas. La modulación de la voz y los gestos deben responder a las expectativas que espero de los jugadores para que vean en la actitud y en la acción de su entrenador una fuerza tranquilizante que les lleve a un mejor y mayor rendimiento».
Los métodos del psicólogo están fuera de toda duda en el Mallorca, que este año vive tranquilo en la Liga -ocupa la décima posición, con un punto más que el Athletic-. Gracias a ellos, logró una Copa del Rey en 2003 y, sobre todo, en la temporada de su regreso, el curso 2005-06, tras recoger el testigo de Héctor Cúper, el técnico logró que un vestuario poco motivado creyera en sus posibilidades de salvación. Él no saco pecho. Sólo había hecho uso de su método: «El entrenador debe ser el primero en todo e ir un paso por delante. Estaré apoyando en todo momento para que seamos un gran equipo. Decía un médico y filósofo, Albert Schweitzer: 'El ejemplo no es una de las maneras de influir en los demás, es la única'».








