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¿Deben estudiar todos los niños en euskera?
JOSÉ IBARROLA
Parece que el Departamento de Educación del Gobierno vasco ha tomado la decisión de reformar los modelos educativos actuales, para sustituirlos por otros que contemplan la utilización del euskera como lengua principal en el aula. Por supuesto, nada hay que objetar a que el Gobierno adopte las decisiones que considere oportunas, porque para eso fue nombrado. Para gobernar.

Pero pensar que una lengua minoritaria, como es el euskera, puede ser reforzada, y garantizado su uso, a costa también de que las familias que no la conocen, ni sienten demasiada simpatía, estén obligadas a enviar a sus niños a centros que no les garantizan la enseñanza en castellano, en igualdad de oportunidades, es un grave error, en mi opinión. No se trata sólo de cuestiones legales: no se trata de que esa decisión política se plasme con leyes nuevas discutidas en el Parlamento, o mediante modificaciones más o menos hábiles de las leyes en vigor. La discusión, a mi modo de ver, es previa.

Las lenguas acaban imponiéndose por distintos motivos. Los euskaltzales nos hemos quejado en numerosas ocasiones de la salvajada que cometió el régimen franquista prohibiendo en muchas zonas la utilización del euskera o castigando a los niños en las escuelas, cuando se les escapaba algo en vasco. A pesar de que no falta quien pone en cuestión que eso haya sido así, hay numerosos testimonios, numerosísimos, que prueban la salvajada. Incluso hoy, nadie puede negar el derecho que nos asiste a exigir que seamos atendidos en este idioma en un edificio público. O a manifestar nuestra preocupación por que el uso de esta lengua en algunos ámbitos sea inexistente.

Sin embargo, aun siendo importante la labor del franquismo para frenar el desarrollo del euskera, no es ésta la única razón que explique la pérdida del idioma, porque el uso del euskera venía retrocediendo con fuerza desde mucho antes siquiera de que Franco hubiese nacido. Por supuesto que las distintas leyes de educación en vigor en España, desde mediados del XIX, han tenido mucho que ver con esto, nadie lo puede negar. Pero hay otras razones de fondo que hacen que el español o el francés hayan ido ganando espacio, de la misma forma que el inglés lo va ganando hoy en día, sin leyes especiales que promuevan su uso.

El caso de los idiomas minoritarios, que perviven al lado de otros idiomas potentes, es muy distinto. Es importante que se adopten medidas para reforzarlos, máxime cuando hay una apuesta decidida por parte de la población para que se aprendan, como es el caso del euskera. Pero, si queremos tener garantías de éxito en el futuro, y que las políticas diseñadas no acaben volviéndose en nuestra contra como un inmenso 'boomerang', hay que proceder con un cuidado absoluto.

Existe un principio que no debemos olvidar nunca: el uso de los idiomas y, de manera muy especial, el uso de los idiomas minoritarios, depende en esencia de la voluntad de cada individuo. Los idiomas no quedan garantizados por la existencia de leyes ni por empujones en la inmersión, sino por la voluntad de los hablantes que, en un plano de igualdad, pueden decidir, en un determinado momento, hablar en un idioma u otro.

Por supuesto, no me estoy refiriendo a situaciones de manifiesta desigualdad: es conocido el ejemplo real de que cuando se juntan cinco personas, basta que una de ellas no entienda el euskera para utilizar el castellano. Eso es así, pero me estoy refiriendo aquí a algo previo y más elemental.

Tenemos hoy un dato del que no se disponía hace algunos años: muchos miles de jóvenes se han educado en modelos D, íntegramente en euskera. Saben hablar euskera. Pero un porcentaje importante de ellos, que cambia según edad, lugar, etcétera, utiliza de forma sistemática el castellano, no el euskera, en sus conversaciones. Basta darse una vuelta por cualquiera de las clases que se imparten en euskera en la Universidad. Los estudiantes han elegido con toda libertad aprender en euskera, lo reivindican, exigen a la Universidad que les contrate profesorado en euskera. Pero en el descanso y en la cafetería, muchos de ellos hablan en castellano. No todos, pero sí un gran porcentaje. Ésa es una realidad que nos debería hacer pensar: porque ellos, libre y voluntariamente, prefieren utilizar el castellano en lugar del euskera. Quizás nos hallamos ante la primera generación de vascohablantes que, pudiendo optar con un grado de libertad casi total (¿quién les impide hablar en euskera mientras toman un café?) para utilizar el castellano o el euskera, optan por el primero.

Este ejemplo tan simple indica que una lengua minoritaria puede pervivir sólo en la medida en que sus hablantes lo quieran. La voluntad estará siempre por encima de las leyes, por muy obligatorias que éstas sean.

Ni el castellano ni el francés corren ningún peligro, aunque se promulgan leyes que fomenten la utilización exclusiva del vasco. Tampoco hay ningún peligro con los niños: mis hijos, como es el caso de muchísimos más, aprendieron el castellano en la ikastola, en el contacto con otros niños que desconocían el euskera.

Pero, por paradójico que parezca, es el euskera el que puede verse debilitado a largo plazo (quizás no a tan largo plazo) si se promueven leyes que son percibidas como coercitivas por parte de la población. Si esa parte de la población entiende que sus hijos no pueden estudiar en castellano. No entro en discusiones legales en este punto, ni en comentarios relacionados con el aprendizaje en el idioma materno. Esos problemas pertenecen a otro ámbito de discusión. Estoy planteando cosas más elementales.

Hasta ahora, la población ha apoyado prácticamente sin fisuras el impulso al euskera, enviando a sus hijos de forma mayoritaria a que sean educados en este idioma. Los distintos gobiernos habrán tenido aciertos o no en su política lingüística, pero los resultados son los que son: hoy en día existe un mayor porcentaje de personas bilingües. Eso es un resultado extraordinario, y la sociedad debería enorgullecerse de ello. Pero existe un mayor porcentaje, también, de personas bilingües que eligen el castellano como vehículo de transmisión. Algo impensable hace no pocos años.

Las cuestiones lingüísticas son, cuando menos delicadas. Si la población entiende, sea cierto o no, que sus derechos lingüísticos quedan mermados por la nueva legislación, el euskara se habrá ganado unos cuantos enemigos de forma bastante arbitraria. Cosas que nunca se habían dicho comienzan a oírse ya. Lo harán con más fuerza en los próximos años. Y todo ello redundará en contra del euskera: una normativa que pretende impulsar el uso del euskera puede obtener, a medio y largo plazo, el efecto contrario. Porque todo esto es cuestión más de voluntades que de leyes.
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