
Un complejo centro de control situado en la primera de las cuatro plantas destinadas a aparcamiento constituye el cerebro del edificio, el que todo lo controla. Una sola persona es capaz de activar los sistemas antiincendios, detectar la presencia de ladrones en las parcelas de estacionamiento o actuar ante una fuga de agua. «Cualquier anomalía, sea la que sea, se registra en los monitores instalados en esta sala acristalada», asegura Pereira. Encendida la alarma, la persona encargada del 'puesto de mando' se pone en comunicación con el gremio correspondiente para subsanar la avería, o con los propietarios si la anomalía se registra en una vivienda o en un vehículo estacionado en el garaje. Pero, además, Isozaki Atea cuenta con una amplia red de seguridad contra incendios que abarca desde barreras cortafuegos cada siete plantas a extintores en cada cocina «para hacer frente a pequeñas llamas», detectores, máquinas de presión...
Para que este control sea más efectivo, la habitación de seguridad dirige los objetivos de cerca de ochenta cámaras con sistema de infrarrojos que vigilan permanentemente el aparcamiento subterráneo y el exterior de la urbanización. «Todo está bajo control», asegura Juan Luis Pereira.










