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Economía

ECONOMÍA
Cuando la política es un lastre
El deterioro de la calidad de vida en Italia demuestra, en contra de la opinión popular, que los avatares políticos no son inocuos para la economía. En Euskadi tenemos otro ejemplo
20.04.08 -

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Cuando la política es un lastre
Las recientes elecciones, ganadas por Berlusconi, han puesto el foco sobre los problemas de Italia. / REUTERS
La sabiduría popular acostumbra a asegurar que la disociación entre la evolución de la economía y los avatares de la política es algo bueno y conveniente. Cuando estos últimos van mal, cuando el cuadro político se complica -una situación que sucede con frecuencia exasperante-, la gente sensata supone que no ocurrirá nada realmente grave mientras el deterioro no alcance a la economía. Incluso, se cita siempre como ejemplo de esta saludable disociación el caso italiano. Es un lugar común el asegurar que los transalpinos han sido capaces de combinar una atormentada vida política, provocando cambios de gobierno a ritmo frenético, con una impresionante evolución económica.

Bueno, pues no es así. Con ocasión de las recientes elecciones, ganadas por esa combinación de payaso brillante y demagogo exitoso que es Berlusconi, se ha puesto claramente de manifiesto el deterioro de la calidad de vida de los italianos y la pésima evolución de sus cifras macroeconómicas. No soy capaz de asegurar la relación exacta existente entre causa y efecto, pero desde luego, es evidente que Italia ya no es un buen ejemplo para sustentar eso de que la política es inocua para la economía: tienen una atribulada vida política y una nefasta situación económica, y ambas están interconexionadas.

El país que un día fue nuestro ejemplo, el camino a seguir, hoy es un simple competidor y no precisamente de los más peligrosos. El país que antaño brilló por su dinamismo empresarial, por la calidad de su diseño, por su capacidad comercial y su agresividad exportadora, languidece hoy a la cola del crecimiento europeo y se reboza en el marasmo de la desidia administrativa y en el caos de los servicios públicos ineficaces. En los últimos cinco años no han sido capaces de superar el 2% del crecimiento del PIB y sólo en dos de ellos han pasado del 1%. La previsión para 2008 se sitúa en el 0,6%, poco más de la tercera parte de la media de la UE, y no son pocos los que auguran una caída en la recesión técnica.

Los desbarajustes organizativos de la administración, el vacío de poder en las instituciones, los enfrentamientos políticos exagerados y exasperantes no son gratuitos. Tienen un coste claro en términos de confianza, de pérdidas de inversiones y de huidas de extranjeros. No deberíamos olvidar que en los países liberales y capitalistas de la vieja Europa, dirigidos en su mayoría por gobiernos apoyados en partidos de centro-derecha, el Estado es responsable directo de más de la mitad del PIB e indirecto de otro buen trozo de él. Por eso no da igual si los servicios públicos funcionan o no, si el marco jurídico es previsible o caprichoso y si el clima social es tranquilo o crispado.

Ahora, demos un triple salto mortal con tirabuzón y aterricemos en Euskadi. Como explica el periódico hoy, la sima existente entre las cotizaciones a la Seguridad Social y las prestaciones se agranda. En los últimos seis años, la importante creación de empleo registrada no ha sido capaz de compensar los aumentos del número de los pensionistas y de la cuantía de la pensión media, lo que nos conduce a un déficit creciente y preocupante. De cara al futuro, la evolución de ambas variables no va a ser confortable. El volumen de las prestaciones por pensiones no va a dejar de crecer, como consecuencia de la prolongación de la esperanza de vida; de la jubilación de cohortes de población más numerosas y de los aumentos de las pensiones que sin duda se van a producir. Pero el tamaño de las cotizaciones dependerá de la evolución del empleo, y su suficiencia no está garantizada en absoluto, en estos tiempos de crisis económica.

¿Dónde está el nexo de unión entre la situación de Italia y la de nuestras pensiones? Pues en que, salvando todas las distancias que quiera usted poner, aquí tampoco hemos hecho las cosas demasiado bien, a pesar del bombardeo contrario que recibimos cada día. De entrada hemos expulsado a una buena parte de nuestra juventud, que se desplaza hacia otros lugares, y en especial hacia Madrid, para desarrollar su trabajo. Después de haber gastado grandes sumas de dinero en su formación, nos quedamos sin su aportación justo cuando más la necesitamos.

¿Cuántos jóvenes vascos trabajan ya fuera de Euskadi? ¿Cuántas cotizaciones perdemos con ello? Sin duda alguna este fenómeno es muy complejo y tiene que ver con variables de difícil aprehensión. Pero no cabe duda de que la esfera política ha influido en ello. Basta recordar los exigentes requisitos de capacitación en euskera para acceder a puestos de trabajo en la administración, para darse cuenta de ello. Insistir en las especificidades está muy bien, pero cuando se exageran se acaba pagando un alto precio por ellas. Poner barreras de entrada supone en la práctica disuadir a los que quieren venir y empujar a los que no les importa demasiado irse. La población de Euskadi no crece y eso es muy grave para nuestro futuro. Y la visión política tiene mucho que ver con eso. Vamos, creo yo.
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