El explosivo había sido localizado alrededor de las 5.00 horas por una de las patrullas de la Ertzaintza que controlan de forma rutinaria las sedes socialistas. Los agentes avisaron a su central y al mismo tiempo comenzaron a llamar a los timbres de las casas más próximas para que los vecinos bajasen a la calle y pudieran alejarse de la maleta. A la zona se acercaron los expertos de la Unidad de Desactivación de Explosivos. Hasta su llegada, los agentes establecieron un cordón de seguridad improvisado, que no impidió que algunas personas, en su huida, pasaran cerca de la bomba.
La tensión era total. Los ertzainas no sabían si el artefacto iba a estallar en cualquier momento o si los terroristas habían ocultado en las inmediaciones otro artefacto mortal, tal y como viene haciendo ETA en sus últimos atentados. Los ciudadanos, mientras tanto, seguían corriendo para refugiarse en la cercana estación de tren de La Peña. La evacuación se realizaba bajo la lluvia, en una estrecha calle atestada de vehículos y de una única dirección.
A las cinco y media de la madrugada se resolvieron parte de las dudas de los ertzainas. La DYA recibió un llamada que por primera vez ofrecía un plazo de tiempo a los agentes que seguían trabajando alrededor de la maleta: «Escuche con atención. Llamo en nombre de ETA. Dentro de media hora va a explotar una bomba en la casa del pueblo del barrio bilbaíno de La Peña. Gora ETA askatuta». El etarra ocultó su voz, distorsionándola mediante un programa informático, para evitar ser identificado.
Una vez conocida la supuesta hora de la explosión, los agentes continuaron ayudando a la gente a alejarse de la zona. Mediante megafonía, las patrullas comenzaron a pedir a los residentes que bajasen las persianas, se alejasen de las ventanas y procuraran ocultarse en las dependencias de las casas más alejadas de la calle. El hijo del regente de la cafetería de la casa del pueblo avisó a los ertzainas de que su perro, un pastor alemán, estaba encerrado dentro del local. Como la maleta estaba encadenada a la puerta, era imposible abrirla para que el animal pudiera salir.
A las seis de la mañana, muchos agentes permanecían todavía en las casas, dentro del cordón policial, para comprobar que las viviendas más próximas a la sede socialista habían sido desalojadas por completo y no quedaba ningún vecino en el área de peligro. La pregunta era: «¿Cuánto nos queda?»
Siete de los policías vascos resultaron heridos cuando la maleta estalló. Uno de ellos, el más grave, sufrió una torcedura de tobillo después de que la onda expansiva de la bomba le arrojase por unas escaleras. Sus compañeros sufrieron lesiones en los tímpanos ya que no habían conseguido ponerse a salvo en la zona de seguridad.
Metralla a gran altura
La detonación destrozó la agrupación socialista Tomás Meabe, un local de dos pisos que en la planta baja tiene una cafetería y en la superior la sala de reuniones de los socialistas del barrio. Una peluquería próxima también resultó con graves daños. Los restos de una verja metálica habían salido proyectados como metralla y alcanzaron a numerosos vehículos aparcados en las inmediaciones. Los impactos de los restos metálicos eran ayer visibles a varios metros de altura en las fachadas de las viviendas colindantes a la casa del pueblo. El pastor alemán que no pudo ser evacuado fue encontrado entre las ruinas. Seguía vivo aunque con graves lesiones.
El cordón de seguridad se abrió a las ocho y media de la mañana pero volvió a cerrarse unos mintuos después. La calle no quedaría abierta hasta media mañana, cuando los técnicos municipales comprobaron que una de las tuberías de gas de la zona no había sufrido daños. Una de las conducciones de agua sí que había reventado por la explosión.
Según las primeras indagaciones de la Ertzaintza, los terroristas emplearon una bomba compuesta por cinco kilos de explosivos y un temporizador para activarlos. Los expertos creen que el material empleado puede ser amonitol, un producto casero que la banda ha comenzado a fabricar a partir de combustible para aviones de aeromodelismo robado en Francia. Este tipo de sustancia ya fue localizada el pasado mes de febrero en un descampado de Getxo, oculto en un barril de cerveza abandonado por ETA.
Según fuentes de la Ertzaintza, la bomba pudo ser colocada por un hombre alto del que todavía no hay ninguna descripción. El único testigo de ese momento es un vecino que paseaba al perro por la zona, pasadas las cuatro de la mañana. Las sospechas policiales se centran en el 'comando Vizcaya', un grupo dirigido por los 'liberados' Arkaitz Goikoetxea y Jurdan Martitegi al que se imputan los últimos atentados de la banda. A este grupo se le considera responsable de la bomba lapa colocada el pasado mes de octubre en el coche del escolta Gabriel Ginés, que sufrió graves quemaduras al estallar el explosivo. Sucedió en el mismo barrio.
El ataque a la sede Tomas Meabe demuestra que ETA está dispuesta a cumplir sus amenazas contra los militantes socialistas. La explosión supone el primer atentado contra el PSE después de que el 7 de marzo la banda asesinara en Mondragón al ex edil socialista Isaías Carrasco. Antes hubo varias acciones contra casas del pueblo. Esta cadencia de atentados ha ido precedida de tres comunicados etarras, centrados todos ellos en amenazar a los afiliados del PSE.
En sus escritos, los terroristas pretenden culpabilizar de la situación al ministro de Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, a quien citan de manera expresa, y a dirigentes del PSE como Rodolfo Ares. Las reivindicaciones de los ataques han ido acompañadas de comunicados en los que la organización etarra pide a los militantes de base que exijan responsabilidades a sus dirigentes.











