Me dirán ustedes amigas lectoras que también los hombres utilizan el teléfono móvil, y observen que no digo hablamos, porque yo tengo mi telefonito, pero solo lo uso por necesidad y nunca para hacer tertulia. Hay que reconocer sin embargo, que también los hombres lo utilizan, pero son muy contados los que he visto aprovechar el viaje del metro para hacer tertulia telefónica.
En cambio son abundantes las viajeras que charlan largo y tendido antes del viaje, en el viaje y me imagino que también después del viaje. A mí esto no me molesta en absoluto cuando las que hablan lo hacen discretamente y medio en silencio, que por fortuna son casi todas. Si les gusta el bla,bla,bla, allá ellas. Cada cual se entretiene como le place.
Pero... (aquí viene el pero) cuando la viajera telefónica habla sin preocuparse por los que están a su alrededor, y lo hace como si estuviese en su casa y además con un volumen de voz compartido con sus vecinos de asiento (e incluso, con los que están de pie) ya el pasatiempo deja de serlo para convertirse en eso que podríamos denominar una tabarra.
No hace muchos días me tocó una de estas viajeras telefónicas sonoras, como vecina de asiento. Cuando llegué ya estaba dándole a la conversación y cuando quise darme cuenta de la tabarra no me quedaba otra solución que marcharme y viajar de pie. No lo hice porque aquella noche estaba muy cansado para semejante audacia.
Total, que durante todo el viaje tuve que soportar la charla de mi vecina de asiento, que para mas inri, no utilizaba el diálogo sino tan solo el monólogo. Ella hablaba y hablaba y su interlocutora escuchaba y escuchaba. Créanme si les digo que cuando salí al anden estuve unos segundos dejando descansar a mis oídos. Nunca hasta entonces me había parecido tan agradable el silencio.








