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En la misma línea amistosa, agradeció «de corazón» a los sacerdotes que ejercen en Vizcaya la «acogida y afecto» recibidos a su llegada a Bilbao, «donde nací a la vida y a la fe, donde vive mi familia, donde está mi casa, donde están mis amigos de la infancia», evocó. Y a una tierra que «quiere con ansia y necesita la paz desde hace mucho tiempo», incidió.
Iceta eligió el euskera vizcaíno, su lengua materna, para hacer llegar sus principales mensajes en su primera alocución ante el clero vasco, entre el que se econtraban 300 sacerdotes, en su mayoría de la diócesis de Bilbao, la vicepresidenta del Consejo Pastoral Belén Rodero y los titulares de San Sebastián -Juan María Uriarte, que cumple 75 años en junio, la edad reglamentaria para jubilarse- , y de Vitoria -Miguel Asurmendi-. Lo hizo de forma breve, alta y clara, en un discurso leído de apenas cinco minutos, que tuvo lugar al término de una ceremonia de poco más de dos horas de duración a la que acudieron 3.000 feligreses y 21 obispos. Entre la curia reunida, el portavoz de la Conferencia Episcopal Española, Juan Antonio Martínez Camino; el nuncio apostólico Monteiro de Mastro; el cardenal de Sevilla, Carlos Amigo; Juan José Asenjo, obispo de Córdoba; el donostiarra José Ignacio Munilla, de la diócesis de Palencia; el arzobispo de Burgos, Francisco Gil; y el de Santander, Vicente Jiménez Zamora. Discreta fue la representación de las autoridades vascas: el alcalde de Bilbao, Iñaki Azkuna, acudió solo; y el de Gernika, José María Gorroño, acompañado de varios representantes municipales como Begoña Landa, Xabier Irazabal e Iñaki Gorroño.
Sin rastro de las voces descontentas escuchadas desde el anuncio de la designación del nuevo prelado hace dos meses, Mario Iceta se convirtió en obispo auxiliar de Bilbao a las 12.43 horas cuando, siguiendo el ritual, el vicario general de Vizcaya, Ángel María Unzueta, pronunciaba las palabras «te nombramos» y «te honramos». De manos de su antecesor en el cargo, Carmelo Echenagusía, el guerniqués recibía, con el gesto serio y concentrado, y con «emoción contenida», el báculo y la invitación a ocupar el sillón episcopal junto al que a partir de ahora será su «maestro», el obispo de Bilbao Ricardo Blázquez.
Los fieles aplaudieron el abrazo de Blázquez e Iceta. También el de Iceta y Echenagusía, que dedicó a su sucesor una sonrisa y dejó entrever un gesto de alivio. «Cuente siempre conmigo, como si de un hermano pequeño se tratara», le dedicó Iceta. Juan José Asenjo propinaba a su antiguo pupilo un 'cachete' cariñoso. Y el público, una cerrada ovación. A sus 43 años, el nuevo auxiliar se convierte en el miembro más joven de la Conferencia Episcopal y en el obispo número 58 de Bilbao.
«Llorona de emoción
Su madre, Carmen Gavicagogeascoa, su hermano Alberto, su cuñada Itsaso, sus sobrinos Gorka, de cinco años, y Aitor, de año y medio, su ahijado Juan Carlos Arriazu, su amigo de la infancia Juan Carlos Aguilar -a través de su padre conoció al obispo de Córdoba cuando Mario Iceta era un estudiante de Medicina que había sentido la 'llamada'-, y otros allegados siguieron la ordenación en la catedral. Merche Gavicagogeascoa, su tía, prefirió quedarse en casa, «llorona de emoción», explicaba su hermana.
Amigos del seminario, de la universidad, de Francia, Italia, Inglaterra y Ucrania, profesores de Iceta en el internado de Lekaroz donde cursó Secundaria, compañeros de la Fundación de Bioética de la que Iceta forma parte, alcaldes de los municipios cordobeses donde ha sido párroco y feligreses habían cruzado España en autobús para ver a su «buen amigo».
Finalizado el rito, Mario Iceta dedicaba su tiempo, paciente, con la frente perlada de sudor y el semblante colorado. A punto de dar las 15.30 horas, se despojaba de la mitra y la casulla de tisú griego en las que el párroco de Priego de Córdoba, Lorenzo Hurtado, bordó los motivos elegidos por Iceta: una barca, unas manos cruzadas, el lema 'Omniun Servus'. Los últimos en felicitar a Iceta fueron Luis Alberto Loyo, el párroco de Santiago, que dirigió la celebración, y los integrantes de las cofradías penitenciales de Bilbao, que cuidaron de la buena marcha del evento. Uno por uno, el obispo electo sirvió a todos.
i.alvarez@diario-elcorreo.com










