
Medio millar de hombres se apiñan en el buque, que navega 40 millas al norte de Finisterre. Ahora corren entre los puentes, agachando la cabeza cada poco para no golpearse en la frente contra los baos y dirigidos por los penetrantes chifles de los contramaestres.
Los pañoles y arcas de armas han sido ya abiertos. Barriles con afilados sables de abordaje, hachas, chuzos y picas aguardan el momento de ser agarrados por las callosas manos de la marinería. Las balas de los cañones, convenientemente engrasadas, se amontonan en pirámides perfectas junto a las piezas de artillería. Los equipos distribuyen suministros de boca y agua entre la gente al tiempo que los equipos de apagafuegos ocupan sus puestos. Mientras, los infantes de Marina aprestan sus mosquetes (que disparan balas redondas de 16 milímetros de calibre y causan heridas espantosas) para disparar desde las cofas contra el enemigo. Los oficiales visten de forma impecable: casacas de azul turquí con las vueltas del uniforme de color grana.
El carpintero y sus ayudantes han derribado a todo correr con sus mazas los mamparos que conforman los camarotes de fortuna donde se apiñan oficiales y guardiamarinas. Tinas llenas de arena han sido subidas a cubierta, su contenido arrojado sobre la tablazón en el callejón de combate. La arena evitará que cuajarones de sangre, inevitables en cada contienda, hagan perder el equilibrio a los marineros descalzos. Otros medios barriles, con una larga rabiza capaz de hacer llegar el cubo al agua, se reparten por las cubiertas. Arriba, hinchadas por el viento, brillan las velas. Son de lona, algodón encerado, un invento francés (de Olonne, de donde le viene el nombre) del que se han apropiado rápidamente los espías a sueldo de la Corona para ser incorporadas a la flota. A popa flamea la gigantesca enseña de la Armada.
Lluvia de astillas
Suspendidos sobre los palos, haciendo equilibrios en los marchapiés, los gavieros aferran velas y encadenan las vergas a sus palos machos para evitar que, de ser derribadas, aplasten a los defensores. Al tiempo, los marineros han redado el buque. Una red de combate, como de trapecista de circo, trata de proteger a infantes y marineros de la lluvia de madera rota que provoca cada descarga enemiga.
Obedeciendo al contramaestre, la marinería ha preparado el parapeto con los salchichones, simples bolsas de lona donde embuten colchonetas, trasportines de los «catres de firme» y coys (hamacas de mar). La defensa alcanza sus buenos dos metros de altura. ¿Su misión? Frenar el paso de la fusilería y detener el diluvio de astillas provocado por los cañonazos. Las astillas (bien lo sabe el cirujano que prepara en el sollado su instrumental para amputar y suturar) son la primera causa de mortandad en el combate.
Allí abajo, en sollados y sentina, se mueven los calafates. En combate, usan el olfato para orientarse entre el olor a madera quemada. Emplean faroles protegidos por rejillas metálicas y llevan a mano grandes espiches y tapabalas (bolas de corcho embadurnadas en betún y estopa) para taponar los disparos que el enemigo lance bajo la línea de flotación. Flaco remedio si, como acostumbra el inglés, emplea 'balas rojas', esferas de hierro puestas al rojo vivo que se incrustan en el casco donde, más tarde, provocan llamaradas inextinguibles.
Desde la santabárbara se abren paso con sus cartuchos de pólvora negra en brazos los pajes de escoba, niños, muchas veces hospicianos, enrolados en la Armada a la caza de un rancho y en busca de un futuro (algunos llegarán, por méritos de guerra, a ser oficiales patentados, dones, oficiales de mar). Como el resto de tripulantes están mejor alimentados, pagados y tratados que la media nacional. En esta época, España mantiene unos 100 barcos (sólo 30 armados para el combate) y es todavía la primera potencia naval del mundo. El país tiene unos 9 millones de habitantes y la Armada emplea unos 100.000 hombres, una cifra fabulosa y mayor que los enrolados en el Ejército.
Contra la creencia general, la mayoría son o voluntarios de la Corona o marineros matriculados, provenientes de villas costeras y que, a cambio de su servicio a la Armada, son eximidos de otras prestaciones a la nación (libres de «pagar otros pechos») y gozan de privilegios para pesquerías y comercio. Claro que, en momentos de apuro (y España ha vivido unos cuantos enfrentada a todo el mundo para defender su imperio y sus rutas comerciales) se echaba mano de cualquiera, aunque sin llegar a la empecinada ley de látigo y hierro de los ingleses. Eso sí, en la catolicísima España, la blasfemia está duramente perseguida. Al blasfemo se le castiga en la Armada con la mordaza, una pieza de cuero que le impide abrir la boca.
Arenga y aguardiente
El timonel, a una orden, apunta el botalón contra el través del adversario, aprestándose para la embestida. El comandante, con el sable al cinto, aparece rodeado por una unidad de granaderos (tiradores escogidos entre los infantes de Marina) en el alcázar. Le falta una pierna. No es nada extraño en un tiempo donde los medios hombres, mutilados por las guerras, abundan en la Armada. Los guardiamarinas, nerviosos por su bautismo de fuego, manosean sus cutos, sus afilados cuchillos de asalto. El jefe manda agrupar a soldados y marinería y les dirige una arenga que acaba con sonoras vivas al rey. Se reparte una generosa ración de aguardiente entre la tropa.
Las portas de los cañones han sido abiertas. El navío enseña los dientes y el león rampante de su mascarón de proa. Armados de poleas y palancas, los servidores de cada cañón, ordenados por ranchos, lo ponen en orden de disparo, sujeto por sus bragueros, a fuerza de brazos. Las cargas de pólvora (nunca más de cinco para cada boca) han sido colocadas junto a las piezas de hierro colado. Se aprestan los saquetes con la metralla, las granadas de mecha, las palanquetas para perforar velas.
Cada cañón (y este navío arma 70 en sus dos puentes) pesa unos 1.500 kilos. Las balas son de 24 libras (10,8 kgs.) y pueden causar daños a unos 300 metros como máximo. La potencia de fuego es impresionante: 1.000 toneladas en boca de salida.
Todo está dispuesto. El navío enemigo arbola la revolucionaria bandera francesa. El Rey Nuestro Señor desea vengar la muerte en la guillotina de su primo Luis. «Aguanten», susurra el comandante. Hasta que su voz corta el silencio. «¿¿¿Fuego!!!»
jmendez@diario-elcorreo.com








