
EL GANADOR
Hace tiempo que el ciclismo se empecina en el error. En alejarse de la gente. Unipublic, entidad organizadora de la Vuelta a España, lleva años cercando con vallas la carrera. Cautiva, separada del calor popular. Ayer, la Vuelta al País Vasco hizo parecido. Levantó la salida de Viana lejos de Viana. En el polígono industrial. En ninguna parte. Ciclismo anónimo. Sin su gente. Frío. Igual que el día. Otra jornada anfibia: de agua y sol. Otra etapa idéntica. Como la de Erandio o la de Viana: fuga y sprint. De las páginas iniciales de ese guión, de la escapada, se encargaron Txurruka, Lloyd, Possoni, Cataldo y Stubbe. Ellos por delante en el alto de Herrera y el equipo Astana por detrás, con las bridas de la Vuelta en el puño. Con Contador a la espera de lo que hoy pase en el muro de Aia y mañana en la contrarreloj de Orio. Las cuentas del líder.
La fuga nunca tuvo crédito. Apenas cuatro minutos. Parecía hipotecada. Un pelotón de acreedores les perseguía canino por Treviño, ese pueblo fronterizo. De Burgos en el corazón de Álava. Esquizofrenia espacial. Por allí curvea el río Ayuda. Buen nombre. A tono con el viento, que se puso de parte de los escapados en la subida a Zaldiaran, la puerta trasera de Vitoria. De la ciudad anunciada por las rotondas, por los incómodos vadenes. Gira o brinca. Había un par de charcos en el cielo. Pero no estuvieron rápidos. No descargaron. La velocidad iba por debajo, entre ciclistas. De Zaldiaran la fuga salió con tres nombres: Possoni, Lloyd y Txurruka. Amets, de nombre. 'Sueño', en castellano. Bonita historia: a sus padres les costó tener un hijo. Casi renunciaron. Hasta que un día llegó ese sueño. Amets. «Siempre me dicen que mi parto no duró nueve meses sino nueve años». Sonríe. Tardó en nacer. Es escalador. Para nada rápido. La velocidad rodaba entre Possoni y Lloyd.
Y entre las rotondas que agrietaban el pelotón. Sin velocistas (ni Freire, ni Petacchi, ni Boonen, ni McEwen, ausentes; ni Bettini, caído en Herrera cuando se ponía el chubasquero) nadie quiso reclamar el sprint. El Milram de Astarloa se había extraviado en Zaldiaran. Con timidez, el Cofidis tiró para Duque. Pero parecía tarde. Parecía que Possoni y Lloyd llevaban el nombre del ganador. Predicción fallida: los fugados sumaron dudas y restaron su ventaja entre miradas desconfiadas durante los dos kilómetros finales. Aun así, Vitoria se creía destinada a un sprint privado, de dos extranjeros y Txurruka de testigo. Pero no. La velocidad de la duda era menor que la velocidad de la ambición. Que la de Herrero, el ciclista de esta carrera. El bilbaíno convirtió el pelotón en un hervidero. Emocionó el kilómetro final. Parpadeante.
Arrancada de Herrero
Possoni iba a la velocidad de la alegría. Ya casi era su primera victoria profesional. Llevaba dos días gastándose en escapadas. Merecía el premio. Ni Lloyd ni Txurruka le podían. Pero no contaba con la velocidad de las sombras. De Herrero. Durante todo el día, Possoni creyó tener la presa. Anzuelo y pescado. Y no le quedaron ni las raspas. Le apartó del plato uno de los suyos, de su familia, de su equipo. Kirchen. El luxemburgués vigilaba a Herrero. Tuvo que elegir. Si dudas, la meta es un punto que se aleja. No dudó y entró el primero. Possoni y Herrero esprintaban para ganar. Kirchen, por si acaso. Y ganó. Imposible frenar. Vitoria no lo permite. Aquí todo es velocidad. «Le dedico el triunfo a Possoni», concedió Kirchen. No le consolará.
Hoy es otra cosa. Esperan Elosua, Santa Ageda y Aia, la rampa del 26 por ciento. La lluvia y la rueda que patina. El ciclismo a cámara lenta. Ya lejos de Vitoria.









