«No falta en ningún caserío un arbolar de castaño por los indudables frutos que proporciona a la población rural», escribió en 1840 el ingeniero de montes Lucas Olazabal. Sin embargo, los bosques perdieron terreno ante la demanda de las ferrerías y las tierras de cultivo. Los que quedaron se enfrentaron a finales del siglo XIX a la enfermedad de la tinta, que pudre las raíces del castaño.
Tan grave era la situación que en 1920 la Diputación importó castañas de Japón y Corea, más resistentes a la tinta, e hizo plantaciones experimentales en Galdakao, Durango, Erandio, Muskiz o Arcentales. Pero en los años cuarenta empezó a extenderse una nueva enfermedad, el chancro del castaño, y esta vez Vizcaya quedó atrás en la investigación.








