El navarro, que ofició un partido con la liturgia que tan pingües beneficios le ha dado a lo largo de su carrera profesional -buscando el pelotazo que más daño puede ocasionar en las defensas de sus contrarios-, asaltó el Campeonato de Parejas y conquistó una de las 'txapelas' que venían negándosele año tras año.
Ya puede dormir a pierna suelta. Es sin lugar a dudas el pelotari más laureado del actual pelotarismo profesional. Tres títulos del Torneo del Cuatro y Medio. Dos del Manomanista, la competición reina de la modalidad. Y tenía una importante cuenta pendiente con el Parejas, que la saldó este último domingo de marzo de 2008 en Vitoria.
Es el pistolero por excelencia. El más rápido y el que mejor sabe gestionar los tiempos en este tipo de duelos. La final llevó su peculiar sello de principio a fin y siempre cuidó esas principales facetas que son indispensables para allegar al ansiado cartón 22. Le ganó la partida con creces al 'emperador de Tricio', que no tuvo su mejor tarde.
La final pintaba muy competida. Técnicos, la cátedra, ex pelotaris y pelotazales habían anticipado un partido equilibrado. Así fue. Las apuestas se cantaron de salida a la par, con una ligera tendencia a favor del riojano y su guardaespaldas. Nadie se atrevía a ofrecer un solo euro de momio. «El pescado está por vender», anticipó Juan Luis Arrarte, corredor de apuestas de Asegarce.
El primer saque le correspondió a la pareja que presta sus servicios en la promotora de los Vidarte. El benjamín de los Olaizola entró de sotamano y tiró la pelota al suelo: 0-1. A sus seguidores les dio un ataque de vértigo. Uno de sus correlegionarios, Patxi Urnieta, expresó: «Peor no nos pueden empezar las cosas».
Una dirección
Con una cortada con efecto se produjo el primer empate en el luminoso: 1-1. El 'becadero' de Goizueta, de forma aseada -pelotazo atrás y a la vuelta intentar desplazar de su sitio a su oponente en los cuadros cortos-, fue poniendo distancias de por medio: 4-2, 6-3 y 7-3. El choque no tenía nada más que una dirección.
Aritz Laskurain mantenía el tipo con un gran decoro. Titín III, en cambio, mostraba su peor cara competitiva. Las pasaba canutas para defender y a la hora de ir al encuentro de la pelota se paraba a medio camino, y en vez de activar el gancho, su mejor propuesta, dejaba botar incomprensiblemente la bola. Había extraviado gracia y arte rematador.
Le faltaba nervio. Sin embargo, por esas cosas incomprensibles que a veces tiene este deporte, se cambiaron los papeles. Al joven zaguero de Añorga le entró la pájara y su compañero perdió el control del juego. Ocasión propicia para el riojano y Laskurain, que tocó la tecla de la eficacia. El marcador se dislocó hacía su lado: 7-15.
Todo parecía que iba a decantarse en cuestión de pocos minutos. Pero Aimar se reenganchó nuevamente a la final. Y Mendizabal II se superó a sí mismo y propiciaron la remontada: 15-15. Titín III anestesió la progresión de sus oponentes con un sotamano de derecha muy pegado a la pared izquierda: 15-16. Con su cuarto saque aumentó la ventaja: 15-17.
La cátedra, con la brújula loca y las gradas hirviendo de pasión e incertidumbre. El navarro hurgó en lo más selecto de su manual y con una tacada de siete tantos dejó la final vista para sentencia: 22-17. En este recorrido hubo una jugada que resulto determinante para las opciones de los rezagados. La protagonizó Titín III.
El marcador les era favorable (19-17) a los representantes de Asegarce. Con sus contrarios desplazados de sus respectivas parcelas y ambos por el suelo, marcó una voleita, que casi todo el mundo cantó tanto, que impactó en la txapa baja del frontis. Fue el punto de inflexión del duelo. Punto final.
Tanto más peloteado
Hubo un tanto, el 21, que subió al casillero de los nuevos campeones en el que se cruzaron 87 pelotazos, el más peloteado. Laskurain terminó fundido y lanzó la pelota bajo txapa. Hay que subrayar la frescura física que exhibió Mendizabal II. Una vez atravesado el ecuador de la pelea no falló una sola pelota y fue un escudero rocoso e indemne al cansancio.
La final estuvo cargada de dinamita por los cuatro costados. Intensa, con pasajes muy bellos y los cuatro actores entregados sin desmayo alguna por la victoria. Títín muy desfigurado, pero casi siempre nadando contra corriente. Y el gran protagonista, Aimar Olaizola, que finalmente materializa un viejo sueño: ser campeón del Parejas. El material, muy desigual, con los lotes de pelotas diametralmente opuestos.








