
La final del Parejas pudo romper algunos pronósticos, pero lo cierto es que cumplió con casi todas las expectativas. Fue un partido vibrante y descosido, jugado a oleadas; uno de esos espectáculos magníficos que provocan entre los espectadores del frontón la gustosa certeza de sentirse unos privilegiados por estar allí, cociéndose juntos en una marmita de emociones, disfrutando de ese ambiente único, denso y hume- ante de las canchas. Cuando el marcador electrónico registró ayer un inquietante empate a 17 y las pequeñas tribunas del frontón Ogueta comenzaron a agitarse y a rugir como si una comadreja hubiera entrado en el gallinero, más de uno lamentó que no existan en este país frontones de mayor aforo. Y es que, en el fondo, resulta injusto que apenas 1.800 almas puedan disfrutar de unos momentos tan intensos.
Los escuderos
La gran final del campeonato de Parejas, a la que asistieron, entre otros, el presidente de La Rioja, Pedro Sanz, el Presidente de la Denominación de Origen de su comunidad, Víctor Pascual, el presidente de la Caja Vital, Gregorio Rojo, el presidente del TAU, Joxean Querejeta, se había planteado como una cosa de dos. Una especie de choque de trenes entre las dos grandes figuras de la pelota actual, con permiso de Juan Martínez de Irujo. La resolución del duelo, sin embargo, no iba a depender sólo del trabajo de los dos genios, sino de la eficiencia de sus escuderos. Laskurain y Mendizabal II iban a tener que llevar, en buena medida, el peso del combate. De hecho, si al final fueron el delantero de Goizueta y el zaguero de Añorga quienes conquistaron la 'txapela' fue porque funcionaron como dúo. Aunque el partido tuvo unas alternativas de vértigo, con dos tacadas casi consecutivas de doce y ocho tantos, cada uno de ellos cumplió mejor que su rival de puesto.
Por encima de todos, sin embargo, se alzó ayer Olaizola II, que sacó su bisturí en el instante preciso y acabó levantando un partido que lo tuvo medio perdido con un 15-7 en contra. Hasta los seguidores más fieles de Titín III, esa legión de pelotazales que navegará sin rumbo, como el holandés errante, cuando el emperador de Tricio se retire de las canchas, acabaron reconociendo que Aimar fue superior y que su ídolo no supo ser el las grandes tardes. Del campeón navarro se destaca su precisión quirúrgica. Nadie sabe mejor que él donde le duele al rival -ya sean uno y dos- y la estrategia a seguir en los partidos. Lo cierto es que, en el caso de la final de ayer, la lectura táctica no era muy complicada. La clave estaba en martillear a Laskurain y protegerse del riojano. Y a ese plan se aplicó Aimar desde el primer tanto, siempre apoyado en su extraordinaria colocación y en su zurda, que es un don del cielo. Los pelotaris no se cansan de repetirlo, pero es que hay verdades con las que conviene insistir. Y una de ellas es que la mano izquierda de Aimar sólo es comparable a la de Julián Retegui. Dicho queda de nuevo.
Alternativas
La pareja ganadora comenzó dominando el partido hasta que se atragantó al llegar al 7-3. Entonces apareció Titín III, que había andado fuera de sitio, a disgusto, incapaz de verle las vueltas al partido. Con el cambio de pelota, el de Tricio revivió. Sin llegar a jugar nunca a su nivel, dejó un par de detalles y provocó algunos fallos de Mendizabal. También Laskurain sacó pecho. Muy firme, el de Soraluze se imponía a Mendizabal y desactivaba a Olaizola, que comenzó a fruncir el ceño. Aquello se estaba nublando. Hubo un momento en que la final pareció decidida y quien más quien menos pensó que Titín III saldría del Ogueta pudiendo reclamar legítimamente el trono de La Rioja. Entre el 11-7 y el 15-7, el delantero de Tricio fue quien es. Un gancho letal, dos tantos de saque colocando sus globos a un centímetro de la raya de pasa, un dos paredes, una dejadita preciosa...
Con sus chaquetas verdes y burdeos, los corredores de Aspe y Asegarce comenzaron a enmudecer. Sólo algunos atendían a sus móviles. Sin embargo, la marea cambió de repente. El primer fallo de Laskurain propició el 15-8 y la sonrisa de Aimar al coger del cestaño su pelota. El pequeño de los Olaizola hizo el 15-9 de un soberbio gancho de izquierda y volvió a sonreir. Su instinto de cazador no le engañaba. Tenía la txapela a tiro. La única cuestión era no fallar cuando se le presentara la hora decisiva del disparo. Ésta llegó tras el empate a 17. Titín III continuaba incómodo. Y Laskurain comenzaba a encogerse. Todo lo contrario de Mendizabal. Y Aimar no falló.






