
La insólita profesión de nuestro protagonista -compra y vende gusanos de seda-, hace que la película intente fascinar al espectador, de modo parecido a como Hervé Joncour queda subyugado por las exquisitas larvas que pasan por sus manos. Así, una tenue emoción vertebra el desarrollo de 'Seda', sin que la historia prenda en el ánimo del espectador.
Tal vez sea por su indefinición argumental o por sus relamidas imágenes o por los bonitos paisajes, o bien porque su máximo responsable se muestra incapaz de atrapar los enigmas íntimos, la música de los sentimientos que atesora la obra original. Así pues, Girard perfila la intensidad de dichos sentimientos, su cámara no sorprende la vida, su estilo es como coger la nada, al tiempo que abandona a su suerte a los sufridos protagonistas, esquivando lo más grandioso de su romántica existencia, marcada por un amor de perdición.






